Güemes: la herida que no cierra
Por Jorge Giorno *
La muerte de Martín Miguel de Güemes es una escena fundadora del drama argentino: un jefe popular, defensor de la frontera norte, cae no sólo por la bala enemiga, sino por la fisura interna de una sociedad incapaz de reconocer en el adversario a un compatriota. En junio de 1821, cuando el coronel realista José María “Barbarucho” Valdés penetró en Salta y sorprendió al caudillo, la guerra de la Independencia mostró su costado más amargo: la Patria nacía amenazada desde afuera, pero también desgarrada desde adentro.
Güemes no murió en un campo de batalla solemne. Murió tras días de agonía, herido, negándose a capitular y ordenando a sus gauchos que no aceptaran trato alguno que favoreciera al enemigo. Esa negativa final tiene la estatura de un testamento. Allí no habla sólo el militar; habla el político que comprendía que la independencia no era una declamación de salón sino una defensa concreta del territorio y de los pobres de la campaña.
Pero en esa muerte hay una palabra que incomoda: traición. La caída de Güemes fue posible en un clima de intrigas, odios de facción y complicidades locales. La elite salteña que lo detestaba por su alianza con los gauchos no podía perdonarle que hubiera convertido al pueblo armado en sujeto político. Allí está la raíz del crimen moral: no se quería derrotar una estrategia; se quería eliminar una presencia. No se discutía una idea; se buscaba suprimir al hombre que la encarnaba.
En el centro de ese dolor aparece Macacha Güemes. Hermana, confidente, mediadora y organizadora de la guerra gaucha, no fue un personaje lateral de la epopeya sino una de sus inteligencias más firmes. Para ella, la muerte de Martín no fue apenas la pérdida de un hermano: fue la mutilación de una causa, el derrumbe íntimo de una construcción política hecha con riesgo y lealtad. En las grandes tragedias nacionales las familias lloran primero; después la comunidad descubre que ha perdido una parte de sí misma.
La Argentina conoce demasiado bien esa pedagogía sombría. Liniers, héroe de la Reconquista, terminó fusilado por la Revolución que no toleraba la amenaza de la contrarrevolución. Dorrego, gobernador legítimo de Buenos Aires, fue ejecutado por orden de Lavalle sin juicio. Quiroga cayó en Barranca Yaco, emboscado en un camino que convirtió la política en acechanza. Monteagudo, pluma brillante y áspera de la emancipación, fue apuñalado en Lima, como si el pensamiento que incomoda sólo pudiera ser respondido con acero. Bouchard, corsario de la independencia, murió también de manera violenta, lejos del reconocimiento sereno que merecen quienes entregaron su vida a empresas mayores.
No todos esos finales tienen la misma causa ni admiten idéntica explicación. Sería injusto confundir procesos, responsabilidades y contextos. Pero todos permiten advertir una constante argentina e hispanoamericana: demasiadas veces, cuando faltó grandeza para debatir, sobró decisión para destruir. El adversario fue visto como una anomalía a extirpar, no como una parte inevitable de la vida pública.
Ese reflejo no pertenece sólo al siglo XIX. Cambian las armas, los lenguajes y las formas de la eliminación. Ya no siempre se mata con fusiles, lanzas o puñales. A veces se intenta matar civilmente, destruir reputaciones, cancelar trayectorias, expulsar al otro del espacio común, negar su derecho a existir como voz legítima. La violencia política tiene muchas máscaras, pero siempre nace del mismo pecado: creer que una idea propia se vuelve más verdadera cuando el adversario desaparece.
Recordar a Güemes no es encerrarlo en el bronce ni reducirlo a una postal norteña. Es rescatarlo como advertencia. La Nación no se construye suprimiendo al que piensa distinto, sino obligándonos a convivir con la incomodidad de su presencia. El disenso no debilita a la República; la debilita el fanatismo que sueña con una unanimidad obtenida por miedo.
Macacha, ante el cuerpo herido de su hermano y ante la causa vulnerada que ambos habían sostenido, debió comprender esa verdad amarga: cuando se mata a un hombre por lo que representa, no se clausura una disputa, se inaugura una herida. Güemes murió el 17 de junio de 1821, pero la pregunta que deja sigue viva: ¿seremos capaces de cambiar la lógica de la supresión por la cultura del reconocimiento?
* Expresidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), diputado en la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires en dos oportunidades, diputado (mc) en el Parlamento Mundial, político, escritor y ensayista. Actualmente preside el Partido de las Ciudades en Acción y es promotor del proyecto Argentina Esperanza Azul.
