Con la muerte de Griselda Gambaro a los 98 años se cierra un capítulo irrepetible de la cultura argentina: el de una autora teatral clave que jamás renunció a ser una conciencia en libertad.
Nacida el 24 de julio de 1928 en la calle California, en el corazón de La Boca, hija de inmigrantes, Gambaro fue desde muy joven una lectora voraz y solitaria -Kipling, Stevenson, Jack London, Chéjov, Ibsen, Pirandello, Discépolo- que optó deliberadamente por no cursar estudios universitarios con tal de ganar tiempo para las palabras. Mientras se forjaba como escritora, trabajó en la biblioteca de la Sociedad Luz, un dato menor que sin embargo anticipa el rigor autodidacta que marcaría toda su producción.
Su debut teatral llegó en 1965, cuando el Instituto Di Tella estrenó su primera pieza bajo la dirección de Jorge Petraglia (protagonizada por él mismo junto a Lilián Riera).
La reacción ante El desatino fue una fractura instantánea entre el realismo imperante y una nueva sensibilidad que ella misma representaba. Contemporáneos como Roberto Cossa, Ricardo Halac, Osvaldo Dragún o Carlos Somigliana la miraron con recelo; el tiempo, en cambio, terminaría dándole la razón.
Un dato curioso: la pieza nació como adaptación de uno de los relatos de su libro homónimo de cuentos, que había ganado el Premio Emecé ese mismo año.
La obra sobre un hombre que despierta con un artefacto extraño incrustado en la pierna, del que no logra liberarse ya contenía en germen los temas que la acompañarían toda la vida: la opresión, la violencia silenciosa y la imposibilidad de comunicarse. El crítico Kive Staiff en la revista Teatro XX la consagraron directamente como la mejor obra del año.
LA OBRA MAESTRA
Ya en 1964, antes incluso de ese estreno, su relato Las paredes había sido distinguido por el Fondo Nacional de las Artes, y en 1968 estrenaría El campo, la pieza que muchos consideran su obra maestra: la alegoría de un hombre que despierta en un campo de concentración, escrita con la lucidez de quien intuye la barbarie antes de que esta se manifieste del todo. La obra cruzaría fronteras y llegaría, más de una década después, a los escenarios de Londres.
Casada desde 1955 con el escultor Juan Carlos Distéfano -compañero de toda una vida, también vinculado al movimiento del Di Tella y fallecido apenas semanas antes que ella, el pasado 25 de julio, a los 92 años-, Gambaro conoció el exilio en más de una ocasión bajo los sucesivos autoritarismos que asolaron al país.

Durante la última dictadura militar debió partir junto a su marido y sus dos hijos hacia Barcelona, donde se instalaron lejos del centro, en el barrio del Tibidabo. Fueron años de silencio forzado: la distancia con la lengua, la historia y el público argentinos le costó, según confesó después, la posibilidad misma de escribir.
El régimen militar prohibió en 1977 su novela Ganarse la muerte por considerarla una amenaza al "orden social" y a la "institución familiar"; años antes había corrido idéntica suerte su pieza Real envido. En 1979 su nombre fue incluido en listas negras.
Nada de esto impidió participara en 1981 del histórico ciclo Teatro Abierto con Decir sí, uno de los gestos de disidencia cultural más recordado, ni que continuara produciendo con una constancia poco común: Antígona furiosa, La malasangre, Los siameses, El desatino y Sólo un aspecto son hoy piezas de repertorio obligado, estudiadas y representadas tanto en Argentina como en universidades y teatros de toda América y Europa.
Su asociación con la directora Laura Yusem, con quien montó cerca de una docena de textos, fue una de las duplas más fértiles de la escena local. Otros nombres mayores del teatro argentino también la llevaron a escena: Augusto Fernandes, Alicia Zanca, Roberto Villanueva, David Amitín, Rubén Szuchmacher, Pompeyo Audivert y Silvio Lang, hasta su última obra estrenada, El don
, en el Teatro Nacional Cervantes en 2015.
NOVELISTA
Aunque el teatro concentró buena parte de su reconocimiento, la faceta de novelista de Gambaro no fue menor: debutó en la narrativa con Madrigal en ciudad (1963) y, además de la ya mencionada Ganarse la muerte, dejó títulos como Después del día de fiesta (1994) y El mar que nos trajo (2001), esta última un homenaje explícito a sus raíces italianas y a la experiencia migrante que fundó a buena parte de la Argentina moderna.
Los premios llegaron, aunque siempre a destiempo respecto de la magnitud de su obra: el Municipal en 1968, cuatro veces el de Argentores, el de la Asociación de Investigadores y Críticos Teatrales en 1992, el Nacional de Teatro en 1994, el María Guerrero en 1997 y el de la Academia Argentina de Letras en 1999.
En 2005 fue la primera mujer en inaugurar la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, y en 2010 pronunció el discurso de apertura de la Feria de Fráncfort en representación de los escritores argentinos.
El Instituto Universitario Nacional de Arte le otorgó un Doctorado Honoris Causa, la Fundación Konex la distinguió en reiteradas ocasiones, el Instituto Nacional del Teatro le entregó el Premio a la Trayectoria en 2016 y la Biblioteca Nacional le rindió homenaje con La rosa de cobre en 2023.
Gambaro nunca ocultó que su literatura nació también de una tensión de género en un ámbito dominado por hombres: reconoció públicamente que nunca tuvo del todo claro si el rechazo inicial de sus pares respondía a la novedad de su lenguaje o al simple hecho de ser mujer en un oficio ajeno. Fue, en cualquier caso, una autora que entendió el escenario como territorio de responsabilidad y de memoria, y que sostuvo esa convicción durante seis décadas sin ceder a la moda ni al aplauso complaciente.
Con su muerte, la cultura argentina pierde no solo a una de sus dramaturgas más traducidas y estudiadas fuera del país, sino a una de las últimas testigos directas de un siglo XX que atravesó censura, exilio y dictadura sin renunciar jamás, como bien se dijo alguna vez de ella, a la palabra propia.
