El actor cumple un sueño con la apertura de la sala Almagna

Gastón Cocchiarale se la juega: inauguró un teatro en Almagro

A partir del crecimiento de su escuela de actuación, y junto a un socio, Jorge García, fundó su propio espacio con capacidad para cien espectadores, donde asume el rol de director artístico y curador.


Para Gastón Cocchiarale, “el arte está para hacernos sentir un poco menos solos”. Ese compromiso casi militante con el oficio lo llevó primero a armar su escuela de actuación Crear es creer, y ahora a fundar su propia sala de teatro, Almagna. En ese espacio del barrio de Almagro, él habita un rol clave y mucho más silencioso del que estamos acostumbrados a ver en los sets de filmación. Como director artístico es el encargado de moldear la identidad y la mística del lugar. Para Cocchiarale, este rol implica el desafío de darle una impronta y una curaduría propia a la sala. No se trata simplemente de “llenar la programación”, sino de elegir estratégicamente qué tipo de teatro se quiere exhibir, bajo qué valores se va a trabajar y, fundamentalmente, de qué manera se le va a abrir la puerta al barrio y al público.

Formado en el teatro independiente, para el público más comercial es el ayudante de Eliseo Basurto en ‘El encargado’, Maguila Puccio en la película ‘El clan’, de Pablo Trapero, y Lowenstein en ‘Argentina, tierra de amor y venganza’. Desde hace un año y medio sube al escenario en ‘Empieza con D, siete letras’, junto a Eduardo Blanco y Victoria Almeida, ahora en gira por todo el país.

AUTOGESTION

-¿Cómo se animó al desafío de abrir un teatro?

-(Risas) No sé si es que me animé o que simplemente no lo pensé mucho; cuando uno no piensa mucho, avanza. Esa es un poco mi filosofía de vida con las cosas que deseo o me gustan mucho. No las pienso desde la lógica sino desde la intuición, el amor y la pasión porque la verdad es que era un proyecto que desde todo punto era riesgoso. Pero bueno, también se conjugaron varias situaciones. Una es que yo tengo una escuela de teatro, Creer es crear, desde hace muchos años. Arranqué con doce alumnos y actualmente tengo 250, entonces necesitaba un lugar porque el Patio de Actores, que es donde yo las daba, es una sala divina pero me estaba empezando a quedar chica. Después, con la escuela se empezaron a generar algunos proyectos con alumnos. Yo siempre fui muy autogestor; a pesar de haber trabajado en el circuito comercial, en paralelo hice muchas cosas en el independiente. Pero el punto inicial fue que Jorge García, mi socio, en un estado de locura, quería poner un teatro y me empezó a picantear con eso. No lo pensé demasiado y dije: “bueno, vamos”. Tenía unos ahorros de toda la vida que los quemé sin ningún tipo de problema y acá estamos.

-¿Con Jorge son amigos?

-No, curiosamente es mi alumno. Jorge es un hombre de cincuenta y pico de años, casado hace mucho tiempo, hijos adolescentes, con una vida en lo laboral resuelta con varias empresas y negocios, y que de pronto se encontró con la necesidad de hacer algo nuevo y empezó a estudiar teatro. Arrancó conmigo hace cinco años y se enamoró de la actuación y de todo el universo teatral. Ese vínculo mutó a un encuentro distinto porque empezamos a producir una obra que se llama ‘Amantes, casados y desconocidos’ con alumnos de la escuela, y terminó siendo un éxito. Así que ahí nos conocimos laburando, por fuera del vínculo maestro-alumno, y pegamos buena onda. Y después llegó su idea de poner un teatro.

-¿Cómo fue el proceso de construcción del teatro?

-Fueron meses agotadores donde le tuvimos que meter mucha energía y dinero, pero cuando ves la sala terminada y cómo empieza a habitarse con proyectos, obras, ensayos y clases, ahí todo se resignifica y uno agradece ese proceso tan largo y cansador.

La nueva sala, ubicada en Guardia Vieja 3783, busca convertirse en un puente entre artistas consagrados y noveles, y la comunidad.

OBRERO DEL ARTE

-Antes de que García le proponga abrir un teatro, ¿había fantaseado en algún momento con una sala propia?

-Yo creo que todo artista en el fondo tiene el deseo del espacio propio, de poder tener un lugar donde darle rienda suelta a su deseo en cuestión de proyectos, de armado de equipos, de cuentos a contar, y eso me parece que siempre habitó en mí. Lo que pasa es que nunca lo vi como una posibilidad porque económicamente no era viable; imaginate que yo no tengo ni casa propia. Tener un teatro nunca estuvo en mi cabeza por lo económico, por eso al entrar Jorge a la ecuación con la parte más financiera (aunque yo también puse una parte, no es que no puse nada), pero cuando apareció él con toda su logística y sus ganas, eso me motorizó muchísimo a mí.

-¿Cuál es su trabajo dentro del teatro?

-Yo soy el director artístico, me ocupo de generar la programación. Tengo que darle la impronta a la sala, hacer la curaduría de qué tipo de teatro se va a exhibir, cómo lo vamos a trabajar, de qué manera lo vamos a mostrar al barrio y al público.

-¿Qué quiere que transmita el espacio?

-En principio, tengo varios faros. El primero que a mí me gusta mucho es la diversidad, que haya obras de distintos géneros. También me gusta la mixtura de artistas, que pueda venir alguien como Luciano Cáceres y después haga una obra un alumno mío, generar ese encuentro entre el consagrado y alguien que está en formación. Que no haya sólo búsqueda de excelencia sino que sea un teatro popular, que interpele, que lo entienda desde el teatrista más intelectual hasta alguien del barrio que no suele ir a ver una obra. Me gusta que se dé ese encuentro.

-¿Tiene algún referente o sala que lo inspire en ese trabajo?

-Sí, sin dudas tengo varios faros, uno de ellos es el Picadero, con Sebastian Blutrach a la cabeza, que tiene una curaduría espectacular y siempre ha respetado mucho eso. He trabajado varios años en el Picadero con varias obras y lo he disfrutado un montón. Un poco la idea es esa, generar comunidad, un lugar donde uno sepa que va a ver una buena obra, más allá de que una historia te pueda gustar más que otra. Sabés que vas a ver algo profesional, de calidad; eso a mí me identifica mucho. Otros espacios un poquito más independientes con los que me pasa eso son Timbre 4, El Camarín de las Musas, Dumont 4040, sitios a los que he ido a ver mucho teatro y me he encontrado con proyectos muy buenos.

-¿Qué lo enamoró del teatro, más allá de la actuación?

-¡Tantas cosas! Creo que lo que más me enamora es el hecho de contar historias. Me retrotrae a la niñez, a esa necesidad humana de que nos cuenten un cuento antes de dormir para relajar la cabeza y conectar con algo lindo. En el teatro todo es posible: de pronto podés reconocerte a vos mismo, a un familiar o a una pareja. Para mí el arte está para hacernos sentir menos solos. Por eso escuchamos música triste cuando estamos tristes o vamos al teatro y una obra nos recuerda a nuestra propia vida, haciéndonos notar que no somos los únicos a los que nos pasan las cosas. Eso me parece un hecho potente y valioso. Aunque a veces se debata la importancia de la cultura, lo que nos devuelve es invaluable. Siempre soñé con dedicarme a esto y hoy tengo la suerte de vivirlo. Lo que más me fascina es la posibilidad de vivir un montón de vidas sin correr sus riesgos reales. Es una exploración humana maravillosa. Por eso considero que la actuación es una herramienta de autoconocimiento que debería implementarse en la educación escolar. Hay una gran diferencia entre identidad y humanidad: la identidad es lo que creemos que somos (o lo que nos dijeron que somos); la humanidad es todo lo que realmente llevamos dentro. Si te etiquetaron como alguien tímido, quizás nunca levantes la voz, pero si un personaje te lo exige descubrís una fortaleza oculta que siempre estuvo ahí.