Ganar destruyendo… o ganar controlando el relato

La Doctrina Dahiya y la Niebla de la guerra 2.0 redefinen la guerra moderna.

La fuerza ya no decide por sí sola. En la guerra contemporánea, gana quien impone el significado de lo que destruye.
La llamada “Doctrina Dahiya”, asociada a operaciones de Israel frente a actores como Hezbollah y Hamas, ha vuelto al centro del debate internacional. Su lógica es brutalmente simple: aplicar una fuerza abrumadora sobre el entorno del enemigo para imponer un costo tan alto que cualquier resistencia futura resulte inviable.
El concepto remite a la devastación del sur de Beirut durante la Guerra del Líbano de 2006. Allí, la destrucción dejó de ser un subproducto de la guerra para convertirse en su instrumento principal.
Pero el verdadero problema no es Dahiya. El problema es lo que Dahiya revela.

UNA VIEJA IDEA CON NUEVOS MEDIOS
Lejos de ser una innovación, esta lógica hunde sus raíces en la tradición estratégica occidental.
Carl von Clausewitz ya había planteado que la guerra consiste en obligar al enemigo a cumplir nuestra voluntad. Giulio Douhet llevó esa idea al extremo: golpear a la población para quebrar su moral.
Durante la Guerra Fría, pensadores como Thomas Schelling y Herman Kahn perfeccionaron el concepto: la clave no era solo destruir, sino hacer creíble la amenaza de una destrucción intolerable.
La Doctrina Dahiya no inventa nada, la adapta al siglo XXI.

EL LIMITE DE LA FUERZA
El problema es que la guerra cambió. Hoy se combate -como advirtió Rupert Smith- “entre la gente”. Y en ese contexto, la fuerza desproporcionada puede producir un efecto inverso: en lugar de disuadir, alimenta el conflicto. Autores como David Kilcullen han sido claros: castigar entornos civiles puede fortalecer al enemigo que se pretende debilitar.
La disuasión extrema, entonces, enfrenta su propia paradoja: cuanto más intensa, más incierta.

EL RETORNO DEL PODER Y SUS LIMITES

El contexto global, como hemos dicho anteriormente, confirma que no se trata de una excepción, sino de una tendencia.
Según datos recientes del Stockholm International Peace Research Institute, el gasto militar mundial alcanzó en 2025 un nuevo máximo histórico, rozando los tres billones de dólares. Lejos de una desaceleración, todo indica que esta dinámica continuará en 2026 y más allá.
El dato es elocuente: frente a la incertidumbre estratégica, los Estados vuelven a una respuesta clásica: más poder, más capacidad de destrucción, más disuasión.
Pero aquí emerge una tensión clave: Si el sistema internacional se rearma bajo la lógica de la disuasión extrema, ¿por qué los conflictos no disminuyen, sino que se multiplican y prolongan?
La respuesta remite al núcleo del problema: creemos que el poder material ha crecido más rápido que la capacidad de ordenar su significado. (Y lo que algunos actuales dirigentes pueden entender)
En otras palabras, el mundo invierte en fuerza como si la guerra siguiera siendo un fenómeno exclusivamente físico, cuando en realidad se ha transformado en un fenómeno físico-perceptivo.

LA GUERRA INVISIBLE
Cada bomba, cada operación, cada acción militar es hoy inmediatamente traducida en imágenes, relatos y narrativas globales. Medios como The Guardian, The Washington Post o The New York Times no solo informan: construyen el sentido de la guerra en tiempo real.
Aquí aparece el verdadero campo de batalla contemporáneo: la niebla 2.0.
Ya no se trata de la incertidumbre del combate, sino de algo más complejo:
* Saturación informativa.
* Disputa por la interpretación.
* Manipulación del significado.

En este escenario, la victoria no depende únicamente de lo que se destruye, sino de cómo se interpreta esa destrucción.

LA LECCION PENDIENTE
Para la Argentina, el desafío no es menor. No se trata de imitar doctrinas ajenas, sino de recuperar una tradición propia que, desde José de San Martín, entendió la guerra como un fenómeno integral: militar, político y moral al mismo tiempo.
Hoy, esa tradición exige un paso más: incorporar el dominio de la percepción como dimensión central de la estrategia.

EL VEDADERO PODER
La Doctrina Dahiya plantea una pregunta incómoda: ¿es posible imponer la paz mediante la devastación?
La niebla 2.0, que venimos presentando desde esta columna, responde otra aún más inquietante: ¿de qué sirve destruir, si no se controla el significado de lo destruido? En el siglo XXI, el poder ya no reside solo en la capacidad de infligir daño.
Reside en algo más sutil -y más decisivo-: la capacidad de definir qué significa ese daño. Porque al final, no gana quien destruye más, sino quien logra que el mundo crea que tenía razón al hacerlo.