CLAVES DE LA POLITICA

Gabriele D’Annunzio o Vaclav Havel, un dilema que divide a la política actual

Los liderazgos actuales se mueven permanentemente entre la demanda de autenticidad y la necesidad de comunicar con fuerza.

Por Gustavo Pedace *

¿Es posible un cruce entre ambos personajes? Havel nace un par de años antes de la muerte del italiano polifacético adorado y megalómano, viven en mundo distintos pero rozados ambos por totalitarismos, de derecha uno, de izquierda el otro.

La relación entre arte y política ha adoptado múltiples formas a lo largo de la historia, pero pocas figuras representan polos tan nítidamente contrastantes a pesar de desembarcar en la política desde el mismo mundo como Vaclav Havel y Gabriele d’Annunzio.

Hay sin embargo una especie de simetría estructural en sus caminos y sus destinos. Y también diferencias fuertes.

EL POETA DECADENTISTA

Nació en Italia en 1863. Fue poeta, novelista y dramaturgo, figura central del decadentismo europeo, célebre por su prosa sensual y su culto de la belleza. Durante la Primera Guerra Mundial se transformó en héroe nacional y propagandista audaz. En 1919 lideró la ocupación de Fiume, donde ensayó una política convertida en espectáculo ritual y estético. Influyó decisivamente en la simbología del fascismo italiano, aunque nunca se integró plenamente al régimen de Mussolini. Murió en 1938, retirado en el Vittoriale, convertido en mito viviente y advertencia histórica sobre el poder de la estética política.

EL DRAMATURGO DISIDENTE

Havel nació en Praga en 1936. Dramaturgo y ensayista, fue una de las grandes voces disidentes del régimen comunista checoslovaco. Sus obras teatrales y textos políticos denunciaron la mentira estructural del poder totalitario. Impulsor de la Carta 77, sufrió censura y prisión. En 1989 se convirtió en el rostro moral de la Revolución de Terciopelo y fue elegido presidente de Checoslovaquia, y luego de la República Checa. Gobernó con una fuerte impronta ética, defendiendo la democracia liberal, los derechos humanos y la responsabilidad cívica. Murió en 2011.

Los dos fueron escritores que ingresaron a la vida pública (en momentos en los que escribir era lo más importante, hoy quizá sean otras disciplinas que también trabajen con la palabras, como los influencers o los pastores). Ambos comprendieron el poder de la palabra y ambos dejaron huellas profundas en sus contextos. Sin embargo, sus visiones de la política, del liderazgo y del lenguaje no podrían ser más opuestas.

El cruce entre la ética de la verdad que articula Havel y la estética del poder que encarna d’Annunzio son una tensión vigente y estructural en la vida política contemporánea: la disputa permanente entre autenticidad moral y eficacia simbólica.

Son dos caminos con un mismo punto de partida -la cultura- y destinos radicalmente distintos: uno entendió la política como obra de arte; el otro, como un deber moral que incomoda pero no deslumbra.

El vínculo entre ellos quizá exista como tipología, no como parentesco moral ni estético. Ambos vienen de la cultura y cruzan al poder, pero lo hacen por puertas distintas y con mapas éticos opuestos.

Tanto Gabriele D’Annunzio como Václav Havel llegan a la política desde la autoridad cultural. No son parte ni escalan puestos en partidos políticos; irrumpen.

Su legitimidad no se la da una interna, un voto de estructura, sino una obra, no llegan por el camino largo, por el dato duro, llegan desde lo blando, desde el branding.

Los dos entienden algo muy importante que no envejece:

la política no es solo gestión, es escena, es lenguaje, y es símbolo. Balcones, palabras, silencios, gestos. Los dos saben que el poder necesita relato para existir.

 

LAS DIFERENCIAS

Ahora bien, siguiendo sus historias individuales, con el mismo origen, con la misma legitimidad difieren en un punto: D’Annunzio convierte la política en estética total. El fin justifica el ritual. La belleza manda, aunque el costo sea la verdad. Su liderazgo es performático, vertical, seductor. El pueblo como audiencia.

Havel, en cambio, hace lo contrario: desconfía del espectáculo. Usa la cultura para desactivar la mentira del poder. Su concepto de “vivir en la verdad” es casi antimarketing: ética antes que épica, responsabilidad antes que épater.

D’Annunzio es el poeta que quiso gobernar como mito y Havel es el dramaturgo que aceptó gobernar como ciudadano.

Uno hace foco en lo estético de la política, la puesta en escena, el impacto emocional, el otro en la moral (aunque pague costos).

Ambos creen que la palabra precede a la ley. Que sin un cambio cultural previo, la política es puro trámite. En eso, coinciden plenamente.

Son dos modelos opuestos de lo mismo: ¿Qué hace un intelectual cuando el poder lo convoca? ¿Cómo gestiona eso nuevo que le es encomendado como si fuera una obra por encargo?

El italiano se mirará al espejo y se coronará. El checo suspira… y acepta el cargo como una carga.

SERVICIO O ESPECTACULO

Vaclav Havel llegó a la política casi a regañadientes, arrastrado por las circunstancias históricas de Europa del Este y por su compromiso ético con la verdad. Su pensamiento parte de una convicción sencilla pero radical: la política debe estar anclada en la responsabilidad moral del individuo. En obras como El poder de los sin poder, la figura del “ciudadano que vive en la verdad” simboliza una resistencia que no busca conquistar masas, sino despertar conciencia. La autoridad legítima, para Havel, no proviene de la fuerza ni del carisma, sino de la coherencia entre palabra y acción.

Gabriele d’Annunzio representa la vereda completamente opuesta. Para él, la política es escenario, rito, estética, intensidad. Su experiencia en Fiume -con sus liturgias cívicas, su liturgia del líder, su exuberancia simbólica- condensa su visión: el poder se ejerce a través de la fascinación. El líder no se justifica por su integridad sino por su capacidad de movilizar emociones y componer imágenes que unan a una comunidad en un mito compartido. Donde Havel ve compromiso ético, d’Annunzio ve performatividad.

EL DILEMA DE SIEMPRE

Comparar estas dos concepciones ilumina un dilema persistente: ¿Qué sostiene la legitimidad política en nuestras sociedades: la verdad moral o la potencia narrativa? ¿El gobernante ejemplar o el gobernante seductor? No se trata de elegir uno u otro, sino de entender la tensión que ambos representan.

Aunque ambos provienen del mundo literario, su comprensión del lenguaje es radicalmente distinta. En Havel, la palabra es un instrumento de claridad, casi de higiene moral. Su escritura -irónica, transparente, reflexiva- busca iluminar la estructura del poder, desnudar el absurdo burocrático, devolverle al individuo su capacidad de juicio. Su influencia no proviene de la exageración ni del pathos, sino de la honestidad intelectual.

D’Annunzio, en cambio, empuña el lenguaje como un arma estética. Su prosa -sensual, exuberante, casi musical- busca despertar sensaciones, no clarificar conceptos. Como político, su oratoria no informa: convoca. No pretende que el ciudadano piense, sino que sienta. El objetivo no es la reflexión sino la adhesión emocional.

Estas dos posturas siguen presentes hoy en el debate público. La palabra puede ser un acto moral que invita a la responsabilidad personal —la tradición de Havel— o una herramienta para construir identidades colectivas mediante imágenes potentes —la tradición d’annunzziana.

La política contemporánea oscila entre ambas lógicas, y comprender esta oscilación ayuda a leer fenómenos que van desde campañas electorales hasta discursos institucionales.

SUTILEZA EXQUISITA

Hace unos años me topé con la primera biografía de Havel, me motivó algo tan banal como bajar de un avión en Praga y ver que el aeropuerto lleva su nombre, ese texto, sumado a otros me ayudaron a descubrir a un hombre que, desde la cultura, se animó a plantarse frente a un régimen que ocupaba todos los espacios. La sutileza de hacerlo con sus textos es exquisita.

Hace menos tiempo vi una serie documental sobre Mussolini, el hijo del siglo, y ahí me topé con d’Annunzio, y despertó mi curiosidad.

El cruce entre ambos Havel–d’Annunzio es caprichoso, pero a poco que lo empecé a pensar se me presentó como una especie de herramienta casera de análisis del presente.

Los liderazgos actuales se mueven permanentemente entre la demanda de autenticidad y la necesidad de comunicar con fuerza. Esta tensión es muy impactante en nuestro presente, la autenticidad que derrama de comunicar son intermediarios, a través de redes sociales por ejemplo y el fondo de esos mensajes.

Vemos, por un lado, una creciente valoración social de la transparencia, la integridad y la honestidad emocional (una herencia haveliana). Pero, al mismo tiempo, asistimos a la expansión de estrategias comunicacionales que privilegian la imagen, el impacto simbólico y la creación de relatos movilizadores (una herencia d’annunzziana reformulada para la era de las redes sociales).

El aporte del cruce es permitir leer estos fenómenos sin reducirlos a moralismos simplistas o a cinismos comunicacionales. Nos muestra que la vida política necesita, al mismo tiempo, una ética de la verdad y una estética que movilice. Sin ética, la política se vuelve manipulación; sin estética, se vuelve irrelevante.

* Profesional de la comunicación corporativa, director de RRII de un importante grupo empresario argentino. Es miembro de número de la Academia de Artes y Ciencias de la Comunicación y desarrolla una sostenida actividad de reflexión sobre comunicación, política y cultura.