Futbolpatía
La mezcla de factores que ha transformado al gran deporte en un sistema de mesmerización, dominación y manipulación de masas.
Durante cuarenta años de la segunda mitad del siglo XX, José María Muñoz, o “el gordo Muñoz” como era popularmente conocido, abría sus trasmisiones futbolísticas con un título: “Fútbol, pasión de multitudes”.
Quería en esa frase resumir lo que era el deporte mayor de Argentina, y sobre todo lo que despertaba en la gente, en la sociedad toda. A pesar de que el juego había crecido en popularidad, en 1950 conservaba aún en el país un semiamateurismo, un profesionalismo de bajo costo. Aún se trataba de una disciplina que se practicaba en pocos países, de los cuales apenas otros pocos sobresalían.
Esa pasión, un estado del alma, la alegría de apoyar un ideal, se fue reemplazando por una mezcla con otros sentimientos: el hinchismo, el insulto, el desahogo ofensivo, que fue notándose en los cánticos cada vez más agraviantes aunque divertidos. No sólo pasó en Argentina. Pasó en casi todos los países que fueron incorporando la redonda como su mayor deporte. No hace falta recordar las aberraciones en que incurrieron tantas hinchadas en el mundo.
Democracia casi animal
En países como Argentina, o Uruguay, aún hoy se puede ver en las canchas cómo los padres enseñan a sus hijos a insultar con las mayores groserías a madres y hermanas de los árbitros y jugadores, contrarios y propios. Una forma de que el nene “se haga hombre”. Un modo tribal de canalizar el instinto, de prescindir de las ideas o del razonamiento, como si se pagase la entrada para tener derecho a que se desboque el Míster Hyde, el Hulk de cada uno. Y no es una característica de ciertos sectores o niveles sociales. Es comprehensiva, no importa si el que se empuja desde el paraavalancha es pobre o rico, ni si quien lo tira lo es. Democracia casi animal. Recordarán algunos la tremenda lucha en tantos órdenes que debió librarse para que las hinchadas inglesas y alemanas dejaran de matarse entre ellas.
El fútbol no era ya un espectáculo, o no era solamente un espectáculo. Era, y muchas veces lo sigue siendo, una compulsión psicótica. Ya no era una pasión. Era un fanatismo. No era un estado superior del alma y la mente. Era un estado inferior de ellas. Ya no era un fervor. Era un fragor.
Lo mismo pasó con el juego. Mientras algunos mantuvieron el estilo y la calidad personal y de ejecución, otros se hicieron paso a costa de ser duros, rompe rodillas o tobillos, prepotentes, caudillos en una acepción supuestamente positiva. Mientras algunos preservaron su caballerosidad y deportividad, otros culminaban su partido tomándose a trompadas contra quien fuera, muchas veces para demostrar que “dejaron todo” en la cancha. No fue distinto el recorrido de los países que fueron incorporando el popular deporte. Casi como una paradoja, a medida que fueron jugando mejor, fueron comportándose peor.
“Todo queda en la cancha”, es el juramento protervo y mafioso por el que todos deben pasar. Dirigentes, jugadores, árbitros. Y en la cancha pasa todo. Insultos, provocaciones, tironeos, patadas, empujones. Basta ver un córner para entenderlo. Si a un hincha de cualquier cuadro en cualquier país se le preguntara: “Qué prefiere, que su equipo juegue bien y pierda, o que su equipo juegue mal, pero gane”, la respuesta es obvia. Ya no es un espectáculo. Es una descarga emocional, una droga.
El alto profesionalismo empeoró el sistema. Si bien lo alivió al evitar las grandes batallas tribuneras (en Europa limitando la presencia de visitantes a unos pocos con el sistema de butacas prevendidas anualmente a socios, preferentemente. En Argentina prohibiendo la presencia de visitantes o simplemente con el crecimiento de socios en muchos casos que redujo drásticamente la presencia de enemigos) lo empeoró en muchos otros aspectos.
El valor de los pases es tan alto que es difícil imaginar que hoy existe un enorme mecanismo de reparto. ¿Cuánto va para el jugador? ¿Cuánto para los managers de los jugadores? ¿Cuánto para los intermediarios? ¿Cuánto para los dirigentes? ¿Cuánto para los clubes? El sistema necesariamente tiene su parte extraoficial. Y también necesariamente el mecanismo debe ser mafioso, el juramento debe ser sagrado. Y las represalias tremendas.
La FIFA todopoderosa
La FIFA tiene una reserva de 4.000 a 6.000 millones de dólares para “organizar futuros mundiales”. Y además un poder absoluto sobre el fútbol mundial. Puede por ejemplo a su sólo arbitrio decidir que un país o sus clubes no puede jugar en ningún torneo ni sus jugadores pueden ser vendidos a ningún miembro de la FIFA. Suspender el fútbol de un país indefinidamente. A su vez, los directivos de cada país tienen un enorme peso político en cada uno de ellos. Ganar un mundial, o simplemente ser amable con el presidente de la nación o ignorarlo tiene una colosal importancia política. Casi un certificado de impunidad. Y de utilidades.
Estados Unidos se animó a romper el acuerdo mafioso cuando se interesó por el negocio del fútbol y se postuló para el mundial que se adjudicó sin embargo a Qatar. Indignado porque sospechó que esa decisión había sido rentada o aceitada, la emprendió contra la FIFA y asociados y terminó con una alta cantidad de dirigentes presos y con el entonces presidente de la FIFA obligado a renunciar para salvar el pellejo. Algunos argentinos también cayeron en la volteada. Este mundial reciente fue una especie de compensación negociada por aquel desprecio.
Un caso resume tal vez todas las dudas. Recientemente el Real Madrid compró a una joven promesa argentina y abonó por su pase 42 millones de dólares y fijó un importante sueldo al jugador. Éste jugó poquísimos partidos y en el 90 % de las veces que jugó lo hizo por 15 minutos o menos. ¿Cómo se explica eso? La columna no le encuentra explicación. O sí.
Las hinchadas profesionales se benefician con el derrame. Hacen su tarea de aumentar el fanatismo, la ceguera y el odio, que ayuda a que no se vea la realidad. Su expertise es tal, que los barrabravas son contratados para patotear, amedrentar e insultar en huelgas y otros eventos porque se los considera expertos en esos menesteres. Algunas barras son famosas por su agresividad y peligrosidad. Es una fuente de trabajo.
La figura del dirigente multimillonario que percibe una parte del contrato, o del sueldo de cada jugador, la del dirigente que prohíja jugadores amateurs y les cobra ese servicio con un porciento de sus ganancias futuras, (el dirigente profesional, como el dirigente político profesional que tanto odiaban y temían los griegos) los jugadores que ya no juegan por amor a la camiseta, los cientos de torneos copas, copitas y torneítos que se disputan cada año. La famosa acusación de que el seleccionado argentino no tiene negros, no quiere decir nada. Si Kunta Kinte o Kamejiro Sakagawa hubieran sido eficaces referentes de área, podrían haber sido ciudadanos franceses, ingleses, alemanes o italianos y jugado en sus seleccionados. La idea de “representar al país” también se murió.
(El autor no quiere cometer la torpeza de aclarar quienes eran los nombrados porque eso sería implicar que sus lectores no lo tienen claro).
Ludopatía incurable y job opportunity
Hay un juego que está de moda en los países sudamericanos, que juegan los chicos que serán futuros cracks. No. No es una suerte de Metegol digital donde cada uno demuestra sus habilidades para atacar o defender o hacer goles. Consiste en que cada uno vaya saltando sucesivamente de club a club, de país a país, hasta llegar a alcanzar el máximo precio posible en el mercado de pases. El fútbol ha pasado a ser una job opportunity, los jugadores son ahora emprendedores. Todo sea por la camiseta.
Es un buen resumen de lo que ocurre en la práctica. Cada jugador tiene un cortejo de familiares, asesores, community managers, especialistas en impuestos e inversiones y abogados que lo guía, lo cuida, lo halaga. Lejos están las medias caídas de Sívori o Grillo, o los Liberty, los Ducó, los Valentín Suárez, que hicieron grandes a los clubes de barrio, claro. Hoy los jugadores tienen obligatoriamente que usar canilleras, dando por supuesto que va a recibir toda clase de patadas.
Como si hubiera faltado algo en esta mafia mundial, aparece el monstruo de las apuestas. No sólo genera una ludopatía inmediata entre los fanáticos, sino que aumenta ese fanatismo, al quitarle todavía más importancia a la calidad de juego, permitiendo apostar por cualquier cosa, además de por el resultado. A tal extremo llega, que hasta se puede apostar por la derrota del propio equipo. Si cualquier lector de más de 50 hubiera cometido semejante sacrilegio en su juventud, habría sido expulsado de su casa con efecto inmediato. Claro, está bien disimulado, se llama eufemísticamente “seguro contra derrotas”. Como todo juego, apela a la estupidez de sus víctimas.
El resultado final es que, combinada con las redes sociales e internet, las apuestas son tan fáciles de realizar, aún durante el partido, que hoy son parte del “deporte”. Ninguna otra trampa lúdica tuvo tanto efecto en tan poco tiempo. La ludopatía de los fanáticos jóvenes es fenomenal, altamente dañina y creciente. El peor de todos los vicios unidos bajo el lema del saludable fútbol. Y creciendo. Como las abejas africanas, las “casas de apuestas” legales e ilegales, han tomado la colmena y apresado a todas las abejas obreras a las que han dejado sin miel sin que se dieran cuenta.
La ludopatía es incurable y siempre tiende a ampliarse y eternizarte. Una vez que se cae en el vicio, no hay límites ni en el monto ni en el objeto. El que está preso del juego apuesta hasta por la terminación de la patente del próximo auto, hasta que se queda sin patrimonio propio y de su familia. El fútbol ha sido colonizado.
Cualquier transmisión futbolística en cualquier parte del mundo está plagada de avisos en la cancha, en la transmisión en sí, en la camiseta de los clubes. Además de aumentar el número de usuarios fatalmente cautivos, eso le permite influir para investigar las derrotas o victorias que luzcan amañadas y en consecuencia alteren las probabilidades y afecten sus ganancias. Pero ¿llegan hasta ahí solamente? ¿No están tentadas de hacer justamente lo mismo que se suponen quieren evitar?
Una mafia dentro de otra mafia
Los árbitros, los dirigentes, los técnicos, los jugadores, ¿no son objetivos apetecibles para torcer su voluntad con semejante poder económico? Muchos de los temas sobre los que se apuesta ni siquiera tiene que ver con el resultado de un partido. ¿No habrá relación alguna con ese asqueroso despliegue publicitario? Parece demasiada suspicacia. Sin embargo, la UEFA acaba de prohibir toda esa publicidad dentro del sistema futbolístico. Demasiado suspicaz, se ve. Una mafia dentro de otra mafia. ¿Cuál abeja triunfará? ¿O surgirá algún nuevo virus reforzado como en la gripe aviar? Una pena. ¡Eran tan útiles esos comentarios finales en cada aviso: “jugar en exceso puede ser dañino para su salud”! Enorme hipocresía. Jugar es dañino para la salud. Siempre. La futbolpatía es ya una enfermedad que afecta a los hinchas del mundo entero. De aquí en adelante sólo puede empeorar. El deporte ahora esclaviza. No es una pasión. Es un vicio.
Sobrevolando ese escenario, casi usufructuándolo, a veces con personajes con un doble rol, está el lavado de dinero. Un protagonista infaltable, y un aspirante más a Padrino jefe de la mafia. Sabido es la preferencia de los lavadores por las obras de arte. Hay una razón de fondo. Al no haber una lista de precios de Monets o Picassos, nadie puede usar como prueba la compra. Si alguien dice que vendió por mil millones de dólares un cuadro, la operación está blanqueda, porque no hay una lista de precios de obras de arte.
Y aquí viene la pregunta: ¿hay una lista de precios de los futbolistas, el valor de sus transferencias y sus renovaciones? Food for thought, dicen los ingleses. Para meditar, se podría traducir.
El reciente Mundial fue un compendio de todo eso. Comenzando por la organización del torneo en sí, que repartió las sedes a dedo, y obligó a muchos países a pasar por verdaderas odiseas. O a jugar a las tres de la tarde con 35 grados de calor, o a las ridículas pausas para hidratación, o a reducir a la nada sus tiempos de descanso y entrenamiento por las demoras de sus vuelos. Agréguese el cotillón norteamericano en los estadios, la inconsistencia en los fallos arbitrales, la figuración de Trump en la ceremonia final.
El goipe final
El Mundial fue el colofón, el golpe final que entronizó todos esos vicios descriptos y los expuso aún más descaradamente. La cúlmine de la inflexión hacia la manipulación total a las masas de hinchas habitués y de hinchas improvisados. El accionar de Trump, capaz de hacer negocios personales con la muerte de muchos, con las guerras propias y de otros y cambiar de posición cada medio día sin empacho alguno, comprando voluntades con dinero o con miedo, descubrió el negocio del fútbol. Todo lo descripto antes le vino como anillo al dedo. Experto en recolección de basura, está dispuesto a transformar el soccer en basura, también. Pasó por arriba a las abejas africanas que habían destronado a las abejas obreras. La anécdota de su gestión para que se levantara la roja que se le había mostrado a un jugador norteamericano que le impedía jugar el siguiente partido, es un dato menor.
Bajo su influencia, la FIFA declaró que estaba dispuesta a abrir la organización de los torneos mundiales a las empresas privadas, como si hiciera falta para algo, en un torneo que se disputan todos los países para hospedar, los anunciantes para avisar y los aficionados para asistir. Las amenazas contra la continuidad de Infantino como presidente, (y de paso de algún juicio contra la FIFA como el que se ha comentado antes, que de refilón afecta a Chiqui Tapia) hicieron efecto.
Felizmente la UEFA se plantó fuerte de nuevo y declaró oficialmente que si eso ocurría se retiraría de todos los torneos organizados por la Federación. Habrá que ver cuántos presos costará esa toma de posición. La reelección o no de Infantino y el futuro de Chiqui Tapia están en el mismo paquete y se negocia cada punto. La discusión no ha terminado. La película tiene un final abierto, pero cada vez aparece como más terrorífico.
Hay más. Como si se tratase de un aquelarre de todos los demonios apareció otra raza de abejas que quiere apoderarse de los invasores que se apoderaron de los invasores originales: entra en escena la manipulación de masas. Amparados en el fanatismo rencoroso, odiador y muchas veces ignorante (de fútbol y otras cosas) a medida que los participantes iban siendo eliminados se dedicaron, con el clásico estilo cancelador de las redes, más la inteligencia artificial, más la no inteligencia de sus audiencias, a descalificar el torneo del que acababan de ser eliminados.
El argumento más fácil fue decir que el torneo estaba arreglado, y apelar al odio que genera Argentina, por el estilo nacional, futbolístico o no, por haber ganado el mundial previo, o simplemente usando cada evento, con razón o no, para generar el concepto de que, en una colosal maniobra orquestada por miles de participantes, la copa estaba arreglada para que el país triunfara. Cada jugada originaba un comentario que estaba acompañado de un video o una foto. Algunas de esas imágenes erar manipuladas o incompletas. En muchas de ellas lo que se afirmaba en el texto no estaba corroborado por la imagen. Por supuesto, se omitían prolijamente imágenes donde la “victima” era algún argentino. (Recordar al entrenador de Egipto, que terminó acusando a la hinchada de racismo porque había ondeado una bandera israelí.
Odio, inconducta, ignorancia y calumnia
Un odio antiguo de varios países del continente, que excede al fútbol y es más abarcativo, y una inconducta lamentable de algunos estúpidos jugadores argentinos luego de terminar la final, echaron más nafta al fuego. Un ídolo mundial, admirado por su juego y por su conducta y humildad, pasó a ser un tramposo para millones, que de pronto vieron lo que no vieron, quien sabe por qué razón, y sin tener en cuenta la cantidad de patadas, empujones y agarrones que recibe en cada partido hace 20 años.
La lapidación de Argentina como racista, de una gratuidad que se mezcla con la ignorancia y la calumnia, es otro efecto realmente notable.
La transformación del hincha en fanático. La sumisión de la masa al algoritmo, a la cancelación, a la repetición y al fanatismo. Millones, más allá de saber de fútbol o no, siguieron el mandato y se volvieron fanáticos. Un colosal experimento de masas que muestra que se puede manejar una multitud sin necesitar siquiera ser un dictador. De una eficiencia apabullante. No. No se trató de “la pasión de multitudes”. Se trató de la sumisión de masas.
Es posible asegurar, sin temor a equivocarse, que el futuro mostrará más ejemplos similares. El barra, el aficionado, el hincha, ya son meros esclavos, personajes de Orwell, zombis, como se les quiera llamar. El fútbol es la palabra clave para sumir en la hipnosis idiotizante. Y el proceso continúa. Es una enfermedad inducida, del alma y la mente. Futbolpatía.
-Peligro de gol- diría el gordo Muñoz

