A pesar de la repercusión que, aún hoy, tiene el título de su obra más conocida, pasó desapercibido en el mundo cultural, el hecho de que este año se cumplieron 175 años de cuando desencarnara Mary Wollstonecraft Godwin (conocida como Mary Shelley, apellido de su marido, nacida el 30 de agosto de 1797 en Londres y fallecida el 1 de febrero de 1851 también en Londres), quien fuera escritora, dramaturga, ensayista y biógrafa autora de una novela (clasificada como gótica) titulada Frankenstein o el moderno Prometeo. Obra considerada la primera novela de ciencia ficción moderna; siendo realmente la que inaugura este género literario y sigue reeditándose en diversos idiomas así como se han hecho largometrajes y obras de teatro.
La novela narra la historia de un tal Víctor Frankenstein, que no es un médico como suele creerse sino un estudiante de Filosofía de la Naturaleza en la Universidad de Ingolstadt (Alemania) que consigue dar vida a un ente, de apariencia antropomorfa, pero de dos metros y medio de altura y aspecto repulsivo. Tal entidad en ningún lugar de la novela se lo señala con nombre y apellido, aparece sólo con denominaciones tales como "ser demoníaco", "engendro", "criatura" u "horrendo huésped".
Lo que en la imaginería popular es “el monstruo”, creación realizada por Víctor Frankenstein, que logra algo tan singular (aún hoy imposible de hacer) como lo es el generar vida usando materia inerte.
Cabe destacar que, para ello, utiliza una forma de energía natural como lo son los rayos de las tormentas eléctricas. Allí radica lo esencial y causa de asombro permanente en esta novela: haber logrado generar vida humana usando para esto trozos de un cadáver y, lo más extraordinario, trasplantando una cabeza completa.
LARGO INVIERNO
La primera edición de Frankenstein (título original en inglés: Frankenstein; or The Modern Prometheus) apareció el 1 de enero de 1818; fue la culminación de una iniciativa comenzada dos años antes y de una manera muy infrecuente. Porque fue durante el verano del hemisferio norte de 1816; meteorológicamente conocido como “el año sin verano” por tratarse de un largo y frío “invierno volcánico” debido a la erupción del volcán Tambora.
En esa fecha Mary Godwin y su marido Percy Bysshe Shelley realizaron una visita a su amigo Lord Byron (quien también ha quedado en la historia de la cultura mundial), quien entonces residía en la localidad suiza de Villa Diodati a orillas del lago de Ginebra. Entonces comenzaron a entrelazarse una serie de hechos que tuvieron como desenlace la escritura del libro que aquí nos ocupa.
Sucedió que, tras leer una antología alemana de historias de fantasmas, Byron retó a los Shelley y a su médico personal John Polidori –quien también residía con ellos– a componer, cada uno, una historia de terror.
El clima imperante que hacía casi imposible las salidas ayudó a que la autora tuviera tiempo más que suficiente para abrirse a su imaginación. Claro está que ese encierro involuntario, pero obligatorio climáticamente hablando, ha de haberle permitido reflexiones y especulaciones que –de otro modo– nunca habrían estado en su mente.
De los cuatro, solo Polidori completó la historia, pero Mary concibió una idea: esa idea fue el germen de la que es considerada la primera historia moderna de ciencia ficción y una excelente novela de terror gótico.
ALTERACION
En auxilio de esa idea sucedió algo que habría hecho las delicias psicoanalíticas de Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, ya que Mary tuvo un sueño pesadillezco (hay versiones que dicen que fue una “ensoñación”, algo como un estado alterado de consciencia), lo cual le permitió escribir el cuarto capítulo del libro.
Las condiciones están dadas para ello. Esa noche, la tormenta desatada desde hace días potencia frente a los elementos de la Naturaleza su sufrimiento. Está alterada. Sufre una crisis nerviosa. Le es difícil dormir. No logra hacerlo con tranquilidad. En tal situación y mientras el sueño se apodera de ella, se abre desde lo profundo de su inconsciente una historia singular.
Mary Shelley despierta entonces, exhausta, pero satisfecha. El esfuerzo ha sido grande. Pero no vano. Su mente retiene aquella vivencia, ese viaje a lo desconocido. Una novela que transcenderá el tiempo saldrá de su pluma. Mary Shelley explicó, en su momento, que imaginó el nombre “Frankenstein” durante un sueño o una repentina visión sin poder precisar más de cómo aparece lo que habrá de ser el título del libro. Y digo el título y no el protagonista puesto que el papel protagónico aquí es del “monstruo.”
Para completar su obra se basó en las conversaciones que mantenían con frecuencia Polidori y Percy Shelley respecto de las nuevas investigaciones de Luigi Galvani (médico, fisiólogo y físico italiano, sus estudios le permitieron descifrar la naturaleza eléctrica de la galvanización fundando la ingeniería electroquímica que estudia las baterías eléctricas además de descubrir el impulso nervioso fundando la biofísica) y de Erasmus Darwin (médico, naturalista, fisiólogo y filósofo británico, que escribió profusamente sobre temas de medicina y botánica) que trataban sobre el poder de la electricidad para revivir cuerpos ya inertes, descubriendo lo que se conoce como experimentos galvánicos.
Recordemos que, en la novela, la criatura adquiere vida propia y alcanza inteligencia humana por la acción de electricidad natural de las tormentas.
A mi entender, esta idea está asociada a las jornadas que les tocaba atravesar con nubes, lluvias y tormentas eléctricas. Mary habría sumado algo de lo que experimentó en esos momentos. Pero, también, pone en relieve la necesidad de una intervención energética venida del cielo para que pasar de lo inerte a lo orgánico sea posible y, con ello, el siempre anhelado y controvertido tema de la inmortalidad que en todas las culturas y tiempos genera nuestra atención.
* Antonio Las Heras es doctor en Psicología Social y magister en Psicoanálisis; filósofo, historiador y escritor. www.antoniolasheras.com.
