Formidable regreso de la Filarmónica de Berlín al Colón

Con dirección de Kirill Petrenko y el pianista islandés Vikingur Ólaffson.


Brahms: Concierto N° 1, en re menor, para piano y orquesta, opus 15: R. Strauss: ‘Así habló Zaratustra’, opus 30. Por: Vikingur Ólafsson, piano, y la Orquesta Filarmónica de Berlín (direc.: Kirill Petrenko). El miércoles 21 en el Teatro Colón.


 

 

Todavía flotan en Colón los estremecedores efluvios del Adagio final de la Novena, de Mahler, que Claudio Abbado concertó magistralmente en mayo de 2000 al frente de la Filarmónica de Berlín (el público, estremecido, tardó unos instantes en comenzar a aplaudir). A diferencia de la Filarmónica de Viena (otra de las orquestas más importantes del mundo), que nos visitó en varias oportunidades, incluso con Richard Strauss en el podio, era la primera vez que el célebre organismo alemán, fundado en 1882, venía a la Argentina Ahora, y después de un paréntesis menos largo, la agrupación volvió a presentarse el miércoles en el mismo recinto, en una jornada decididamente magnífica, en la que revalidó con amplitud sus antecedentes y su altísima tradición musical.

 

BRAHMS Y EL PIANO

Compuesto por Brahms en tiempos juveniles y elaborado cuidadosamente durante varios años, su Primer Concierto para piano muestra una notable médula sinfónica de base, a la que incorporó un inspirado discurso para el teclado, que él mismo interpretó en el estreno de 1849. En la ocasión que nos ocupa, asumió el papel solista Vikingur Ólafsson (42), remarcable pianista oriundo de Islandia, formado en su país y en la Juilliard School de Nueva York. Ganador de muchos premios y con importante carrera internacional, el artista de Reikiavik puso en evidencia antes que otra cosa, un toque de exquisita sutileza, singulares diminuendi y apagamientos de sonido. A ello cabe añadir sus deliciosos pianísimos agudos en legato, casi al límite de lo perceptible.

En el rondó, el reemplazante de Daniil Trifonov en esta gira que se inició en Estados Unidos, exhibió con inquebrantable firmeza sus capacidades virtuosísticas. Pero fue en el Adagio, un oasis de meditativa calma titulado por Brahms ‘Benedictus qui venit in nomine Domini’, dedicado a Schumann, que estaba muy mal y a quien quería tanto, donde su fraseo (casi desmenuzando cada nota) se deslizó con toque diáfano y admirable digitación, discurso raigalmente suave, nostálgico, de dolorido ensueño y penetrante llegada (en un único bis, con su blando pizzicato de cuerdas, el Largo del Concierto para clave BWV 1056, de Bach, autor al que está abordando en la actualidad, corroboró su inclinación por un clasicismo manso y profundo).

La orquesta, por su lado, siempre perfectamente dimensionada y en un intercambio de estrecha compenetración e interacciones con Ólafsson, se mostró compacta e impetuosa en el Maestoso y el último movimiento, con sus cargas dramáticas y acordes limpiamente netos, y agraciadamente tenue en el restante.

RICHARD STRAUSS

Inspirado en la pieza homónima de Nietzsche, de la cual Richard Strauus, según lo aclaró, jamás quiso ser su expositor filosófico-musical, el poema sinfónico ‘Así hablaba Zaratustra’ (1896) es una obra magna, de un sinfonismo esplendente, capaz de poner a prueba las condiciones técnicas e interpretativas de cualquier agrupación (además de un orgánico muy numeroso, incluye dos arpas, cuatro timbales y un par de tubas bajas).

Conducida por Kirill Petrenko (su director titular desde 2019, cuando sucedió a Simon Rattle), la Filarmónica de la capital germana acreditó encumbrado vuelo, excelencia en ataques y cierres, diafanidad en las filas de violines (especialmente en el riesgoso sector colectivo sobreagudo). Ello, al igual que maderas de irreprochable ajuste, bronces acampanados, sin dejar de destacar la homogénea calidad de todas las familias y un sonido global alejado de una tendencia brillante, un metal “a la Karajan”, como se lo ha querido denominar, con plataforma de sostén en la cuerda baja.

De enorme recorrido en el panorama de la los conciertos y el teatro lírico (tuvo a su cargo en tres temporadas la Tetralogía en Bayreuth, se desempeñó al frente de la Ópera de Munich, empuñó la batuta en elevadas veladas sinfónicas), el maestro ruso nacionalizado alemán (54), solvente, seguro, inundó el Colón con volúmenes sonoros restallantes, de perfecto control, afinación y ensamble (es su estilo), y exhibió equilibrio alquímico de planos, a la vez que desplegó enorme aptitud para el maleable manejo de las gradaciones. Esto, sumado a una gestualidad muy expresiva según los momentos, permitió asimismo el logro de climas de ensueño, y la elaboración de un lenguaje envolvente, de singular elocuencia, todo a partir del inicio, verdaderamente electrizante, con el ingreso llameante de las trompetas y timbales sobre el pedal piano de los contrabajos (Kubrick, ‘2001. Odisea del espacio’). Su versión, en definitiva, de acabada plasticidad, siempre tensa y vibrante, desplegó un exquisito arco dinámico de cabo a rabo.

La Danza Húngara N° 5, de Brahms, en una chispeante y valseada traducción, sirvió como cierre del cometido de una orquesta que acababa de cumplir un esfuerzo realmente agotador. Un punto débil: en un acontecimiento de tan encumbrado nivel no hubo programas de mano.

 

Calificación: Excelente