Claves de la literatura

Flannery O’Connor y el arte narrativo

Por Fernando Adrián Bermúdez *

Un 25 de marzo de 1925 nacía en Savannah, Georgia, Flannery O'Connor. una de las escritoras estadounidenses más importantes del siglo XX, pero no tan conocida en el mundo literario argentino. En su haber podemos encontrar dos novelas tituladas Sangre sabia de 1952 y Los violentos lo arrebatan de 1960, junto a 32 relatos reunidos en sus cuentos completos y un conjunto de ensayos y reseñas sobre diversos temas, entre ellos sobre narrativa y crítica literaria. Como características estéticas de su literatura sobresalen sus personajes sureños y el ambiente de época. Algunos críticos literarios, entre otros, Harold Bloom, han dicho de la autora que: “…ha sido la narradora de cuentos más original de Estados Unidos después de Hemingway. Su sensibilidad era una mezcla extraordinaria de gótico sureño y catolicismo romano”.

Tuvo una formación muy destacada, estudiando en el Georgia State College, donde comenzó su vocación artística en la pintura y en la escritura, redactando sus primeros cuentos. En el año 1946 emprende el programa de escritura creativa de la Universidad de Iowa, donde aprende no solo técnicas narrativas, sino que adquiere los hábitos de escribir todos los días y varias horas de manera sistemática y habitual. Un año después, obtiene un Master of Fine Arts con una serie de relatos, donde destaca su cuento titulado “El geranio”. Termina su formación en la residencia neoyorquina Yaddo que promovía artistas y escritoras. Como se ve, no solo se valió de una inclinación y gusto por la literatura, sino que se preparó académicamente para cumplir acabadamente ese llamado a las letras.

En un ensayo titulado “Naturaleza y finalidad de la narrativa”, sintetiza la conferencia que dio en el curso llamado “Cómo escribe un escritor”, donde cada semana un nuevo invitado hablaba detenidamente sobre el tema de cómo escribe, es decir, una reflexión sobre sus hábitos, modos y métodos de escritura, ante un auditorio ávido de escuchar experiencias personales. Dado que en el encuentro había mucha expectativa sobre cómo escribir, inmediatamente aclara que no hablará tanto de las formas o métodos de escritura, sino de los presupuestos que hacen a la narrativa y su finalidad. Como hay tantas formas y métodos de escribir como autores existen, ella prefiere hablar sobre la naturaleza de la narrativa; cuál sería su mínimo común indispensable.

 

EL HABITO DEL ARTE

Respecto a las formas de escribir, sus hábitos externos, su estilo y métodos, afirma que todo ello está determinado por el hábito del arte, es decir, esa virtud o cualidad habitual de la inteligencia que tiene por objeto la belleza. Por eso, el arte para la escritora norteamericana es: “…escribir algo que es valioso por sí mismo y que funciona por sí mismo”. En este sentido, la base del arte no será otra que “…la verdad en su forma y en el contenido”.

A partir de esta perspectiva estética, la autora afirma que la primera característica o cualidad de la narrativa, es decir, su mínimo común denominador, es el hecho de que es concreta. De esta manera, resalta que la narrativa está determinada por la realidad y la naturaleza humana, y el escritor debe empezar por esa percepción sensible y no con meras abstracciones, como a veces se observa. Sería un error, por lo tanto, que el novelista tienda a querer escribir porque está obsesionado por una idea abstracta y no por una historia que contar, es decir, preocupado: “…por los huesos sin carne de algún concepto abstracto”. En este sentido, afirma: “Son conscientes de los problemas, no de las personas; de las preguntas y de las cuestiones, no de la estructura de la existencia; de la historia y de todo lo que tenga un saber sociológico; en lugar de todos esos detalles concretos de la vida que hacen real el misterio de nuestra situación en la tierra”.

Como se puede ver, lo que denuncia es aquella actitud a veces maniquea de separar espíritu y materia, buscando la idea pura sin mediación de la existencia real y concreta de las cosas. Por eso, concluye la reflexión afirmando que: “…la narrativa es en gran medida un arte de la encarnación”.  Cuerpo y alma narrativa juntas, vinculadas en una comunión literaria. En este sentido, el novelista sería para la autora quien debe tratar con todo lo humano y nada de ello le puede ser indiferente en su obra, sino un digno reflejo y conjunción.

 

HUIDA DE LA REALIDAD

“Yo siempre me irrito mucho, afirma, con la gente que supone que escribir narrativa es una huida de la realidad. Es una inmersión en la realidad…”. Como se puede leer en la siguiente oración, la ficción, para la autora, no es una evasión de la realidad, sino una presencia real y concreta como mínimo común denominador. Ahora bien, tampoco será un mero pasatiempo o un divertimento, sino que permite apreciar y aproximarse al misterio y a la realidad. En un pasaje notable, nos dice: “El tipo de inteligencia que puede entender buena narrativa no es necesariamente una mente educada, sino que es en todo momento el tipo de mente que está deseando profundizar su sentido de misterio por el contacto con la realidad y profundizar su sentido de la realidad por el contacto con el misterio”. Por eso, para O’Connor, la ficción o la narrativa debería ser ambas cosas:  realidad y misterio, esa realidad visible y también esa realidad invisible.

En ese sentido, cita a Conrad: “…la tarea que estoy intentando llevar a cabo es, por el poder de la palabra escrita, hacer que oigas, hacer que sientas; es, ante todo, hacer que veas. Eso y nada más, y esto es todo. Si yo tuviera éxito, encontrarás allí, según tus merecimientos, tu estímulo, tu consuelo, tu miedo, tu encanto, todo lo que necesitas y, quizás, también esa misión de la verdad que se te olvidó pedir”. En tres palabras se puede sintetizar la función de la palabra, de la narrativa: hacer que oigas, sientas y veas. De esta manera, nos podemos aproximar al misterio, a través de la mirada atenta que siente y oye, asombrada por su llamado.

 

RAZON E IMAGINACION

En efecto, el gran problema de la ficción o de la narrativa es el haber sido separada de la razón, generando como resultado el final del arte para la autora. Dice: “El artista utiliza la razón para descubrir una respuesta razonable en todo lo que ve. Para él, ser razonable es encontrar en el objeto, en la situación, en la secuencia, el espíritu que lo hace ser él mismo. Esto no es algo fácil o simple de hacer. Es introducirse en lo eterno, y eso solo se hace con la violencia de un respeto leal a la verdad”.

Por esto, termina recomendando a los futuros escritores que cualquier disciplina puede ayudarles a escribir: “…la lógica, las matemáticas, la teología y, por supuesto y especialmente, el dibujo.  Cualquier cosa que te ayude a ver, cualquier cosa que te haga mirar. El escritor nunca se debería avergonzar de mirar fijamente. No hay nada que no requiera su atención”. En momentos actuales donde cada vez perdemos el contacto con las cosas y vamos mediando ese vínculo concreto y real, estas palabras deberían ser para todos nosotros que todavía no queremos perder del todo nuestra condición de humanidad, ampliando la mirada de las cosas y la posibilidad de mejorar la racionalidad, la voluntad y la sensibilidad, todo lo que nos define como seres humanos.

Bellas palabras y precisas recomendaciones: ver y mirar. El escritor debe observar, oír y mirar la experiencia cotidiana, no fusionarse con ella, y transmitirla a través de la palabra y su creación literaria. Este es el gran aporte de Flannery O’Connor: el valor de la narrativa y el arte que permite unir esos dos mundos, el visible y el invisible; la realidad y la ficción; la materia y el espíritu; carne, hueso y alma; es decir, ser puente entre estas realidades a través del arte narrativo, cuya naturaleza y función nos ha expuesto nuestra autora.

  * Docente Universitario UM – UNCuyo