LA BELLEZA DEL ARTE

Evocar es volver a viajar

Por Danilo Albero *

Día por medio, con Beatriz caminamos veinte cuadras ida y vuelta. Ella baja por ascensor, yo por escalera desde el píso 10. Al regreso subo de nuevo hasta el 10, desciendo a planta baja y vuelvo a subir.

Cuando hago la escalada, regreso en evocaciones a países y ciudades que he visitado, pepitas -ya que no de oro fino- de tiempo; el futuro es un narrador con grandes promesas no siempre cumplidas; el pasado da conversación, pero también recuerdos, entre ambos, el presente de las evocaciones y proyectos. Así, revisito calles, museos, arquitecturas, bibliotecas y circunstancias; y, al final, algunos de aquellos viajes se reducen a una diminuta ráfaga de humo en mi memoria.

De Nueva Orleans, la casa donde Degas vivió cinco meses en 1873, la desfachatez políticamente incorrecta de los new orleanians o nawlins. El French Quarter, sus librerías y casas de antigüedades, Mardi Gras, el Café du Monde y sus beignets, músicos de jazz callejeros, y la impronunciable calle Tchoupitoulas -todos recreados de manera formidable en la serie Treme.

El Museo de la Segunda Guerra Mundial con una dedicatoria a Andrew Higgins quien, basado en la experiencia con sus embarcaciones de fondo plano usadas en Luisiana para contrabandear alcohol durante la Ley Seca, diseñó la lancha de desembarco de los marines en la Segunda Guerra Mundial.

El olor a magnolia, de los cuentos de Old Creole Days (1879), de George Washington Cable, las historias de Marie Catherine Laveau, la Voodoo Queen y recordar a Louis Armstrong ejecutando en su trompeta When the Saints Go Marchin In.

El bar del hotel Monteleone tras el espíritu de Truman Capote, huésped frecuente, y su Carousel Bar, redondo, montado sobre una plataforma giratoria que disimula el efecto de los asesinos Bloody Mary.

En las riberas del Mississippi embarcar con Mark Twain y vivir sus aventuras como piloto. O subir al tranvía que llevaba al barrio Deseo y ver a Marlon Brando, de camiseta musculosa gritar como un energúmeno a su esposa Stella.

PRAGA

Vuelvo a Praga, a la Malá Strana, a la casa de Jan Neruda y a sus Cuentos de la Malá Strana, a la Sinagoga Staronová donde el rabino Judá León, creó al Golem.

Muy cerca, una torre con un reloj y números en caracteres hebreos marca las horas, pero sus agujas giran de izquierda de derecha, desandando el tiempo. En la Galería Lucerna emblemático complejo Art Nouveau de principios del siglo XX, sentado en los escalones de acceso al cine Kino Lucerna, veo la escultura Caballo de David Černý, que cuelga del techo patas arriba, en su vientre va montado el rey San Wenceslao.

Desde el ventanal del bar del primer piso vuelvo a ver la escultura y pienso si no es el efecto de la absenta que acabo de beber y que no se disipa cuando, frente a la Casa Danzante, desde el hormigón y el vidrio siguen bailando Ginger Rogers y Fred Astaire.

A pocas cuadras de la Galería Lucerna, en la plaza San Wenceslao, una placa recuerda a Jan Palach que se roció con nafta y prendió fuego en protesta por la invasión rusa. Un grupo de comandos checos hiere mortalmente al carnicero de Praga; visito el último refugio de los comandos, donde se suicidaron, el sótano de la iglesia San Cirilo.

En esta ciudad supe que buscar por sus calles Kafka era rastrear la cucaracha -o el insecto que fuera- de Metamorfosis; estar condenado a no encontrarlo para descubrir que todos somos cucarachas.

NUEVA YORK

Nueva York, ver en dos oportunidades al Guernica antes de ser trasladado a Madrid, subir a la antorcha de la Estatua de la Libertad, la magia del MOMa y del Metropolitan Museum, las salas en los pisos en helicoide del Museo Guggenheim. Esperar a King Kong en el último piso del Empire State, donde Roy Rogers subió con su caballo Trigger.

En Sintonía de amor, una noche, el viudo Sam Baldwin manipulado por las trapazas de su pequeño hijo Jonah se encuentra con Annie Reed, periodista de Baltimore que está a punto de casarse, pero siente que algo esencial falta en su vida. Muchos años antes un B-25 se estrelló contra el piso 80, y se pueden ver los restos de un motor.

Regresar al atardecer desde Staten Island y ver las hoy desaparecidas Torres Gemelas. En la Public Library, con un rugido de simba, un barbado nigeriano vestido con su túnica colorida se despereza. Todas estas vivencias llevado de la mano por el cinismo y humor negro de Cuentos de hadas en Nueva York y la sátira del mundo literario neoyorquino de El cazador oculto.

ESTAMBUL

La magia y sabores del Gran Bazar y el Mercado Egipcio. Orham Pamuk nos guía con Estambul, ciudad y recuerdos y Ara Güler la ilustra con fotos en color y blanco y negro. Desde el mirador de la Torre de Gálata alcanzamos a ver los confines del Mar Negro donde estaba la Cólquide, meta de Jasón en su búsqueda del vellocino de oro, hacia el oeste, el Mar de Mármara y, más allá, se imagina el Mediterráneo; de improviso, desde centenares de minaretes del lado europeo y asiático, se eleva el canto de los muecines llamando a la oración vespertina y se funde en la atmósfera hasta los confines de todo el horizonte circular que alcanzamos a vislumbrar.

De regreso al Pera Palace, una calle con típicas casas estambulíes de madera y prolífica en gatos, el silencio vespertino nos rodea, titilan las primera luces, desde algún cuarto, una mujer ríe. En la Cisterna Basilica Sean Connery y Darko Kerim, desde un periscopio espían una reunión en la embajada Rusa. Años después, Daniel Craig persigue al villano en moto por los tejados de del Gran Bazar.

BUDAPEST

Budapest, la París del este, del imperio austrohúngaro, ciudad de mendigos lectores, en días de una gélida e incipiente primavera; el Danubio -que no es azul sino verde turmalina- empieza a descongelarse, en una de sus riberas el “Muelle de los Zapatos”, una hilera de zapatos de hierro, memorial que recuerda a veinte mil judíos, apresados por paramilitares filonazis de la Cruz Flechada que los obligaron a descalzarse y, atados en parejas, les dispararon sólo a uno de ellos en la nuca para luego arrojarlos al agua; sólo usaron diez mil balas.

En el piso superior del Mercado Central, barandas con negocios de comida miran hacia planta baja. En algunas mesas hay platos tapados con servilletas de papel y un pan, pero nadie comiendo. Optamos por niños envueltos en repollo y salchicha húngara. Nos sentamos en un largo mesón enfrentado a la baranda al lado de un plato tapado con su pan. Un mendigo, con una mochila y valija con ruedas pasa, destapa el plato y almuerza. ¿Dónde se proveerá de libros y revistas? Robert Capa, famoso fotógrafo húngaro, autor de la toma del miliciano muerto en la Guerra Civil Española y de las primeras del desembarco en Normandía, acuñó una frase que sintetiza su estética, tanto en la paz como en la guerra: “If your pictures aren’t good enough, you’re not close enough”.

Escalados mis veinte pisos por escalera; trato de no disipar las ráfagas de humo en mi memoria; me siento y las fijo por escrito.