Por Martín Buteler
El pasado 4 de octubre se conmemoró un hecho que extrañamente ha pasado casi desapercibido, bien que no para la Iglesia, que ha convocado un año jubilar en torno a el; más sí para el mundo secular. Nos referimos a los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís. Extrañamente, decimos, porque la trascendencia de la figura hubiese ameritado algo mas de realce a la efeméride.
La vida y obra de San Francisco y su posteridad, tuvieron sin duda la máxima relevancia para la historia de Occidente, comparable a la de los monasterios, siglos antes, en la conservación de los fundamentos de la cultura occidental. Ello no sólo por la colosal grandeza de su figura, sino también por haber dado origen a una orden que se cuenta entre las mas gloriosas de la historia de la Iglesia.
Los franciscanos, particularmente, que se destacaron en su tarea evangelizadora de la América del norte y del sur. Y el nombre del bendito San Francisco se ha diseminado, seguramente a partir de dicha tarea benemérita, hasta dar nombre a pueblos, iglesias, e instituciones varias de nuestro continente; de manera tal que es bien familiar para nosotros su imagen y su legado.
El gran San Francisco, reconocido paradójicamente por su profunda humildad, nació el año 1181 (o 1182, no se puede precisar con exactitud), en la ciudad de Asís, en la región italiana de Umbría.
La ciudad se encuentra a aproximadamente una hora de Roma en tren, y aun hoy sigue siendo una pequeña localidad. Como muchas de la antigua Cristiandad, ha crecido de arriba hacia abajo, permaneciendo el casco histórico sobre la ladera de un monte o pequeña elevación, y una parte mas moderna desarrollada a medida que se desciende al llano.
Francisco era hijo de un comerciante, Pedro Bernardone, acaudalado pero ajeno a la nobleza. No tuvo una infancia prodigiosa ni mucho menos; tampoco su primera juventud fue particularmente edificante. Sin dejar de ser buen cristiano, mostró entonces una inclinación a cierta prodigalidad un tanto irresponsable. Esta frivolidad fue cediendo a medida que se fueron manifestando en su vida algunas señales de la Providencia: una breve convalescencia, luego un cautiverio, y finalmente, un sueño en que se le anunciaba una vocación única.
Pasados los 20 años vivió la experiencia conocida frente al crucifijo de San Damian, una pequeña iglesia derruida de las afueras de Asís: la voz del mismo Cristo lo impulso simbólicamente a restaurar esa pequeña capilla, pero lo que en realidad hacía era conferirle una misión única para la restauración del espíritu cristiano, en franca decadencia. Misión que cumplió con creces, pero siempre en la Iglesia y con la Iglesia. Nada de las tonterías revolucionarias que se han querido vender en su nombre, por tanto.
Los rasgos de su carisma son bastante conocidos: pobreza y desprendimiento radicales; alegría, amor a la Creación, humildad. Pero por encima, y como fuente de todo, el amor a Cristo. Fue su objetivo primordial, o único en realidad, el parecerse a Cristo Jesús, y de ahí manaron todas sus elecciones.
Hasta tal punto llego esta identificación, que pocos años antes de su muerte recibió la impresión de las llagas del Señor, o estigmas. Esto sucedió el 17 de septiembre de 1224. Es el primer santo conocido en la historia de la Iglesia en recibir este privilegio místico.
Los últimos años de su vida, en que apenas se podía decir que viviera en esta tierra, transcurrieron entre enfermedades, en un retiro casi total de actividad pública. Ya era un alter Christus (“otro Cristo”) consumado, tal como lo conoció la posteridad. Murió la noche del 3 al 4 de octubre de 1226 en la Porciuncula, pequeña iglesia de la Orden y uno de sus lugares emblemáticos, hoy dentro de una gran basílica.
Pensamos que alguien de la talla de este gran Santo, figura singular de la historia de la Iglesia y la humanidad, merecía como mínimo unas líneas de homenaje. San Francisco de Asís, ruega por nosotros.
