SIETE DIAS DE POLITICA

Enigma: índices económicos para arriba, imagen de Milei para abajo

La marcha de la economía define la suerte de los gobiernos, pero medios, encuestas y analistas aseguran que el humor social se ha deteriorado, a pesar de que los datos macro son muy positivos.

En los últimos días se confirmó que la inflación baja, que las exportaciones alcanzaron el récord de 8.900 millones de dólares y que el superávit comercial fue de 2.700 millones.

También que el PBI creció 5,5% en los últimos doce meses y que lo hizo en 14 de los 15 sectores identificados por el EMAE. Los sectores que más empujaron el crecimiento fueron agricultura, ganadería, energía y minería, pero también rebotaron la industria y la construcción que venían retrasadas en el programa de reconstrucción económica o de “ajuste”, si se prefiere usar un término que a la vista de lo que está sucediendo aparece contradictorio.

En realidad, el ajuste es fiscal, pero con el correr de los meses el plan se está probando expansivo para el resto de la economía, algo sin antecedentes.

A lo que hay que agregar que el Banco Central compró desde enero 9 mil millones de dólares para cumplir con el fortalecimiento de las reservas acordado con el FMI. Como consecuencia, el organismo decidió aprobar un préstamo de mil millones de dólares por haberse alcanzado holgadamente los objetivos fijados.

Otra de las razones por las que la autoridad monetaria hizo esas compras fue para que la cotización del dólar, que permanece en los mismos valores desde hace prácticamente dos años, no se derrumbara.

Estas señales demuestran dos cosas. La primera, que el programa funciona. La segunda, que es la condición indispensable para sentar los fundamentos de un crecimiento efectivo y prolongado. Apostar como hizo el peronismo (y el no peronismo también) durante décadas a la expansión sobre la base de consumo interno sin producción, poniéndole “plata en el bolsillo” a los votantes terminaría fatalmente con un 57% de pobres. Está probado.

El conocido consultor político James Carville colaboró en 1992 en la campaña del presidente norteamericano Bill Clinton. Es fama que en esas circunstancias escribió en una pizarra la recordada frase “es la economía, estúpido” para señalar que el motivo por el que se vota a un candidato es primordialmente económico, más allá de cualquiera otra consideración.

La situación actual en la Argentina parecería ser una excepción a esa regla. Los medios reproducen encuestas, opiniones de expertos y declaraciones de dirigentes de la oposición que dan cuenta de la existencia de un fuerte desgaste de la imagen del presidente Javier Milei por el malhumor social generado porque los resultados macroeconómicos no se reproducen en el bolsillo del ciudadano de a pie.

Añaden a ese disgusto el provocado por las profusas denuncias de corrupción, que por ahora no superaron el nivel periodístico, y por las disputas palaciegas. Estas últimas, sin embargo, no afectaron ni siquiera lejanamente el desenvolvimiento del plan económico y son trifulcas personales ventiladas por las redes. A la hora de la toma de decisiones relevantes, ya sean económicas o de política internacional, ha preponderado invariablemente la racionalidad económica, a pesar de las presiones y los lobbies.

Por otra parte, la gestión política no ha desentonado con la económica, a pesar del machacar constante de los medios. La semana pasada quedó en evidencia en la Cámara de Diputados que la dirigencia sabe en dónde está el poder, quién lo maneja y qué hacer para no perder el tren. El cuerpo rechazó por 20 votos de diferencia los reclamos de interpelación a Mauel Adorni y aprobó por 17 la quita de subsidios al gas por “zona fría” a 15 provincias, entre ellas, la de Buenos Aires.

Esa norma había sido impulsada por Máximo Kirchner pensando en los votos del conurbano e igualó las provincias centrales con la Patagonia. Los beneficiarios pasaron de 800 mil a 4 millones y el costo fiscal se disparó a más de 200 mil millones de pesos. Que el Gobierno haya conseguido pasar esa iniciativa por la Cámara baja, es señal de los cambios reales que la “casta” detecta en el humor social. Si la iniciativa hubiera sido tratada hace 5 o 6 años una turbamulta hubiera invadido la plaza Congreso para descargar varias toneladas de piedras sobre el Palacio Legislativo.

Pero mientras en la Cámara de Diputados la oposición fracasaba en potenciar el escándalo Adorni y el oficialismo triunfaba en la eliminación de subsidios, en el Senado pasaba bajo el radar una jornada en la que comenzó a plantearse un tema crucial para las economías regionales que están lejos del conurbano. Diputados, senadores, gobernadores, empresarios y sindicalistas pusieron en marcha el mecanismo para redactar una ley de proveedores locales de las multinacionales o, en otras palabras, qué parte de las inversiones estarán al alcance de la política.

No se trata solo de una cuestión de captar los dólares que los políticos ven venir por el boom minero (ver “Cuánto llegó ya del RIGI” en VISTO Y OÍDO), sino, especialmente, de gobernabilidad.