En vísperas de la gran rebelión

Tres veranos 

Por Margarita Liberaki 

Periférica. 319 páginas 

No debería sorprender que esta novela publicada hace 80 años en Grecia, donde es un clásico moderno, encuentre eco en el siglo XXI y fuera de su ámbito cultural específico. Sus temas, que podían parecer novedosos y hasta revulsivos en el lejano 1946, casan bien con ideas y costumbres que hoy son moneda corriente en todas las sociedades occidentales.

Se ha dicho que Tres veranos, de Margarita Liberaki (1919-2001), fue una suerte de Mujercitas actualizado. En efecto, sus personajes principales son tres hermanas (no cuatro) que salieron o están por salir de la adolescencia. Viven con su madre, Anna, la tía Teresa y el abuelo materno en un pueblo de campo en las afueras de Atenas. El padre está ausente pero no porque haya marchado a la guerra, como en la novela de Louise May Alcott; está divorciado de Anna y vive en la capital, a discreta distancia de sus hijas, que cada tanto lo visitan.

Con algunas sutiles excepciones, todo el libro está contado al modo impresionista y en primera persona por Caterina, la menor de las tres hermanas. Ella es la más fabuladora e inquieta de la familia. María, la mayor, deslumbra a los muchachos con su belleza serena; Infanta, la segunda, es introvertida y, aunque valiente, se muestra apegada a la muy recta y asustadiza tía Teresa, quien carga con un horrendo trauma de juventud.

Los tres veranos del título, de fecha imprecisa aunque alguna vez se menciona al pasar el año 1945, condensan la etapa de transición de las hermanas entre la niñez y la vida adulta. El trayecto está dominado por las primeras experiencias sentimentales del trío, más algunas leves intrigas familiares según lo que recuerda la imaginación a veces atolondrada de Caterina.

“Aquellos domingos permanecerán intactos en mi memoria, tal y como los viví. El olvido no se llevará ninguno de sus detalles -promete la narradora-. Fue en aquel entonces cuando conocimos el mundo del mar. Nosotras, que vivíamos con las hormigas, las lagartijas y las ranas, nos quedábamos perplejas ante las olas. Dejábamos que los cangrejos nos clavaran las pinzas en la carne para que nuestra sangre se mezclara con la sal, que los peces nos rozaran el cuerpo para notar lo fríos que estaban. Y deseábamos que el agua formara remolinos para sentir la dulzura de la muerte, pero sin llegar a morir”.

En su manera de presentar la narración se aborda el dilema femenino que recorre toda la novela: la tensión entre las mujeres que quieren liberarse y las que aceptan someterse. Caterina se ubica en la primera categoría, inspirada en la enigmática historia de su abuela materna (“la abuela polaca”) que décadas antes abandonó a su esposo y a sus hijas pequeñas para emprender una vida libre de ataduras familiares.

 La rebeldía que personifica Caterina le causa incomodidad con la madre y las hermanas pero no llega a desatar un conflicto. Podría sugerirse entonces que la obra, desbordante de cariñosas descripciones de personas, de la naturaleza y de la vida animal, finaliza en las vísperas de una ruptura íntima, espejo del quiebre más general que pronto desgarraría a la vieja Europa y a la joven América. 

Elogiada por Camus y comparada con Virginia Woolf, Liberaki se crió con sus abuelos, que eran dueños de una librería y editorial claves en la vida intelectual ateniense. Dramaturga, traductora y guionista, la autora encarnó en su vida personal mucho de lo que en la novela atribuye a la “abuela polaca”, símbolo no expresado de lo que todavía no se llamaba “liberación femenina”.