¿En contra del aborto pero a favor de la eutanasia?
María Guadalupe Correa
En las últimas semanas, volvió a instalarse en la agenda política y mediática un tema que, si bien no es nuevo, esta vez podría estar muy cerca de ser tratado en las cámaras de nuestro Congreso Nacional: la eutanasia.
¿Y por qué estoy escribiendo sobre esto?
Hace unos años cuando se debatía la ley del aborto supimos ser un montón los que estábamos del lado “celeste”. Esta vez parecería ser que muchos de los que allá por el 2018 estaban en contra de la IVE hoy no estarían en contra de la eutanasia.
Se escuchan cada vez más (¡e incluso entre los “defensores de las dos vidas”!) frases como “quién soy yo para decirle que tiene que seguir sufriendo”, “esta vez no son dos vidas y el asesinato de un inocente”, “yo tampoco quisiera estar acostado en coma durante años y ser una carga para mi familia”, “cuando esté muy viejo desconectenme”.
¿Pero qué pasa que parecemos no estar de acuerdo?
En frases como “quién soy yo para decirle que siga viviendo con este sufrimiento” encontramos un tema mucho más profundo que sin darnos cuenta fuimos adquiriendo.
Y el tema es el valor absoluto o relativo de la vida.
El valor absoluto o relativo de algo está determinado por el grado de dependencia que tiene respecto de otra cosa. Hace ya varios años el filósofo Emilio Komar explicaba: “En sentido estricto relativo significa relacionado. Si algo es relativo a tal cosa, depende de tal cosa, si hay mucha relatividad hay mucha dependencia. Por otro lado, el término absoluto significa absuelto, es decir, desatado. Lo que vale de por sí, no está relacionado, es decir, no es dependiente…”.
¿Cómo se relaciona esto con la eutanasia?
La vida y el valor de cada persona ha pasado a depender de un montón de variables y sobre todo de sentimientos o situaciones:
- Se justifica la eutanasia cuando la persona sufre enfermedades terminales y muy dolorosas o cuando ya tiene una edad avanzada.
- También cuando existen secuelas irreversibles producto de accidentes o enfermedades que alteran profundamente las condiciones de vida previas.
- Y también cuando el sufrimiento psicológico es considerado insoportable y no se vislumbran posibilidades de mejora.
Podríamos dar muchísimos ejemplos más, pero los más comunes aparecen cuando la persona está en coma, cuando es una “carga” económica y sentimental para la familia, cuando el sufrimiento no es tratado y acompañado, e incluso cuando la persona pierde progresivamente su autonomía y depende de terceros para realizar las actividades más básicas de su vida cotidiana.
Cada día son más los que se suman a justificar una generación que entiende que la vida dejó de valer por sí misma y pasó a tener sentido conforme a cuánto produce, cuánto le cuesta al Estado, cuánto le cuesta al sistema de salud pública, a cuánto sufre, a si tiene una discapacidad o no, a si su enfermedad o patología puede ser tratada o no.
Una vez más, en vez de buscar formas de acompañar y mirar al otro, volvemos a ser parte y justificar “la cultura del descarte”. Elegimos no acompañar y abandonar, mirar a otro lado, porque aquello que más valía ahora ha quedado atado a opiniones particulares, debates políticos y situaciones, que, si bien pueden ser muy dolorosas, no buscamos resolver sino eliminar.
Muerte para los que no quieren morir
Al igual que frente al aborto, la marea del “descarte” atrapa también a muchos que nunca lo hubiesen aceptado….
