POR TOMÁS I. GONZÁLEZ PONDAL
Fue una suerte de lamentación, y fue ayer por la tarde que oí la expresión: “Otra vez lunes”. Pensé en las veces que tiempo atrás habré dicho lo mismo, y pensé también en la vivencia futura que tiempo atrás no calibré.
La expresión tiene su nacimiento en el día domingo, y me parece advertir algunos de sus motivos. Hace tiempo que el domingo no es considerado verdaderamente un día de descanso, mas no de cualquier descanso sino del correspondiente al día del Señor. Se torna así en un día en donde sigue sobrevolando la lucha económica que aqueja la vida del hombre en los otros días de la semana. Resulta así que el domingo se torna entonces en una suerte de ‘jornada víspera’, un tiempo preparatorio del laborioso lunes. No hay una desconexión, y las cavilaciones sobre el lunes van amargando las horas domingueras.
El tercer mandamiento del decálogo nos indica santificar las fiestas, y también, de pequeños, hemos aprendido en el catecismo el precepto de ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar. Si el corazón está duro, si está seco, si está indiferente, verá molestia, pesadumbres y enojo en el cumplimiento consabido.
“¿Por qué me obliga Dios a eso?”, es la queja del egoísta, del que gira sobre su propio ombligo. Un pensamiento tal no entiende de amores, mucho menos del amor de los amores. Bien que no nos quejamos del respirar a cada segundo, siendo que eso es obra de Dios, querido así por Él, impuesto por Él sin nuestra participación, para nuestro bien y dado por amor. Y así como el respirar le hace bien a la vida humana, el santificar el día del Señor es –valga la analogía- el respiro del alma.
SANTA MISA
La Santa Misa del domingo es el gran descanso del alma, y es, si bien se mira, el honor de los honores. En la Santa Misa el Sumo Amor, la Suma Caridad, la Santísima Trinidad, invita a la hechura de barro llamada hombre al Sacrificio del Amor infinito, descanso por antonomasia. Es un honor indescriptible, un honor donde toda palabra queda corta para describir lo que significa esa invitación, esa participación.
Es en el Sacrificio del Altar donde de manera especialísima se concretan las palabras del Amigo sin igual, Jesús, palabras de descanso: “Venid a Mí todos los agobiados y los cargados, y Yo os haré descansar. Tomad sobre vosotros el yugo mío, y dejaos instruir por Mí, porque manso soy y humilde en el corazón; y encontrareis reposo para vuestras vidas” (Mt 11, 28-29).
Si a alguien le dijeran que el Papa le espera a doscientos kilómetros de donde vive pues quiere mantener una conversación, ¿acaso faltaría a esa reunión? Si nos dijeran que un gobernante egregio, poderosísimo, rico, que no solo nos guarda un especial cariño si no que nos ha llenado de bienes, desea vernos unos minutos, ¿quién sería tan loco en rechazar el encuentro, en ver como una carga a eso?
Ahora, a la Santa Misa no nos convoca un hombre cualquiera, nos llama Jesucristo, Hombre-Dios, el Dador absoluto de todo cuanto tenemos: ¡locura humana en dejar de asistir! ¡Perdona Señor nuestras locuras pasadas!
Quien no cumple con el día del Señor, por más que diga que ha descansado no descansó, y si la muerte le halla en pecado mortal, por más que en su entierro se diga “que descanse en paz”, no tendrá ni descanso ni paz por los siglos de los siglos.
“Otra vez lunes”. En breve nos llega el instante en que no tendremos la oportunidad de ver otro “otra vez” en el tiempo porque se acabó para nosotros el tiempo. La muerte se acerca a nuestra puerta segundo a segundo, no galopa sino que corre raudamente hacia nosotros. Por eso, descansemos cuanto podamos, descansemos en el Corazón de Cristo, vayamos a la Santa Misa.
Los Evangelios relatan como regalo singular de Jesús al Apóstol San Juan, el que le haya dejado reclinarse sobre Su Corazón; ahora, ¿reflexionamos cuán cerca de Él estamos cuando Le recibimos en la Divina Eucaristía?
Descansemos aquí en el Sagrado Corazón de Jesús no sin antes descansar en los brazos de la Corredentora. Sirvámonos de tan singular descanso, que es descanso en la Vida y Vida en el descanso. Que la Virgen Santísima Corredentora nos haga oír siempre la melodía bienaventurada de las palabras del Señor:
“Venid a Mí todos los agobiados y los cargados, y Yo os haré descansar”.
