A PROPOSITO DE ‘LO QUE QUEDA DEL DIA’, DE KAZUO ISHIGURO

Elegía de las virtudes menores

 

POR NICOLAS LEWKOWICZ

Vivimos en la época de lo “ilimitado”, como lo describe Roberto Calasso en La ruina de Kasch. La modernidad fomenta la hiperconectividad fácil, que deriva en relaciones superficiales, fluidas y efímeras. También empuja al ser humano fuera de lo íntimo y hacia lo público. La conciencia colectiva, que no es en realidad dominio eminente sino que está muy bien controlada por intereses de grupo, tiende a sacar al ser humano del ejercicio de las virtudes menores y a dirigirlo hacia cosas que no otorgan sentido.

Lo que queda del día, obra magna de Kazuo Ishiguro, escritor británico de origen japonés, publicada en 1989, nos retrotrae a una época de espacios íntimos, habitados por hombres y mujeres que tallaban su espíritu mediante la práctica cotidiana de las virtudes menores.

La novela es narrada por Stevens, mayordomo de Darlington Hall, ya cerca de su jubilación en la Inglaterra de posguerra. El viaje tiene un tono existencial: Stevens reflexiona sobre su vida, sobre los cambios que trajo la “victoria ficticia” de 1945 (como bien la define Peter Hitchens) y, principalmente, sobre la dignidad como forma de virtud.

 

DIGNIDAD

 

Stevens define a la grandeza como la capacidad de mantener “la dignidad que corresponde a su posición” de mayordomo. Su trabajo le hacía aspirar a una grandeza que se adquiere a través del dominio de sí mismo. Del control de las emociones, del duelo íntimo en el momento de las tragedias personales y de las interacciones con seres humanos centrados en mejorar sus almas a través de la acción, sea esta de mínimo o mayor alcance. Para Stevens, la grandeza obtenida a través de la dignidad se manifiesta como el “paisaje inglés”: con calma, sin estridencias.

En su viaje de reencuentro con Miss Kenton por el oeste de Inglaterra en 1956, veinte años después de la partida de esta de Darlington Hall, Stevens reflexiona sobre la moderna definición del concepto de dignidad.

El Gobierno de coalición encabezado por Churchill en 1940 había implantado el Estado de Bienestar. También había propagado algo que él consideraba una fuente equivocada de dignidad. La gente común, ensalzada en términos de bienestar, había distorsionado las jerarquías conferidas por el conocimiento en un área particular. La gente común tenía “opiniones fuertes” sobre mucho de lo que acontecía en el ámbito social. De su relación con Lord Darlington, Stevens había asimilado la idea de que la democracia, en definitiva, era un choque entre “sentimientos fuertes”.

BUENAS INTENCIONES

Mr. Stevens confiaba en la alta moral y el sentido del honor de Lord Darlington, veterano de la Gran Guerra y afectado por la miserable situación económica y social del otrora enemigo.

Darlington Hall había sido sede de conciliábulos informales en los que se examinaba la posibilidad de evitar una segunda contienda con Alemania. Las buenas intenciones de Lord Darlington, insuficientes para ese propósito, le valieron en la posguerra el mote de traidor y apaciguador, una perspectiva formulada desde el conocimiento generalizado de los actos de brutalidad cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Stevens no dudaba de las buenas intenciones de Lord Darlington, aun cuando, en el ambiente de posguerra, resultara expeditivo distanciarse de este personaje caído en desgracia.

Para Stevens, su virtud se acrecentaba por el hecho de servir a alguien que intentaba, mal o bien, “contribuir al progreso de la humanidad” desde el espacio que ocupaba. Stevens no ignora las equivocaciones de Lord Darlington; equivocaciones concebidas como tales por el resultado de la Segunda Guerra Mundial.

En la década de 1930 se discutía mucho sobre la validez de la democracia. Lord Darlington y su círculo íntimo, algo parecido al Grupo de Cliveden, convenido por la vizcondesa Nancy Astor, estimaban que el sistema parlamentario era incapaz de resolver los problemas sociales que también acuciaban al Reino Unido. Tanto Alemania como Italia y la Unión Soviética disponían, según ellos, de los instrumentos políticos para mejorar la condición social de sus países.

Era también conveniente en esa época mantenerse alejado de personas de origen judío que buscaban refugio en el Reino Unido. Lord Darlington había coqueteado brevemente con los Camisas Negras, comandados por Sir Oswald Mosley. Sin embargo, todo esto no disuade a Stevens. Él había rendido servicio a un hombre noble y bienintencionado.

SENTIMIENTO

De vital importancia en la narrativa es la forma en que Stevens vive su relación profesional con Miss Kenton, una de las gobernantas de Darlington Hall.

Miss Kenton acusaba a Stevens de no visibilizar lo que sentía. De “fingir”. De todas formas, era ese recato y esa prolijidad en el trato cotidiano lo que la atraía. Una atracción que fue siempre correspondida, aunque mediada por el compromiso y la devoción de Stevens a su trabajo.

Esa atracción tenía un tono paternal: Stevens representaba para Miss Kenton lo que Lord Darlington representaba para Stevens. Alguien a quien tener como referente. Alguien a quien admirar.

La falta mayor, a los ojos de Miss Kenton, y motivo de su frustración existencial, era, en realidad, que Stevens no obedeció a sus sentimientos. Una unión romántica entre los dos podría haberse sellado en un propósito superior compartido.

En esa reunión de 1956, su “corazón se quiebra” cuando Miss Kenton, ahora Mrs. Benn, casada y próxima a ser abuela, le confiesa tener momentos en los que piensa en la vida que podría haber tenido con él. Ese quiebre emocional se resuelve cuando Stevens se da cuenta de que, a pesar de la desgracia personal sufrida por su patrón y del romance no consumado con Miss Kenton, su tarea había sido realizada. Había que disfrutar de lo que le quedaba por vivir.

LA TRADICION

La versión cinematográfica de 1993, que tiene a Anthony Hopkins y Emma Thompson en los respectivos roles de Stevens y Miss Kenton, tiene algunos momentos de pathos que no están presentes en el libro, sin duda debido a la participación de Harold Pinter, como Ishiguro, Premio Nobel de Literatura, en la escritura del guion. Ishiguro, inadvertidamente, inyecta a la narrativa una temática tradicionalista que no está a simple vista relacionada con lo sacro, pero que no está desprovista de ribetes de religiosidad.

El libro invita a reconsiderar la importancia, señalada por Roger Scruton, del sentido de responsabilidad individual y del moralismo que informaba el carácter inglés antes de 1945. Lo que queda del día es la celebración de la vida de un hombre común, dedicado a labrar su espíritu a través de las virtudes menores y a consagrar su existencia a una causa que lo trascendía.