Muchos han oído hablar de Otto Skorzeny, a quien todos los historiadores militares, independientemente de su nacionalidad, reconocen como el más exitoso comando de la Segunda Guerra Mundial. La espectacular operación de rescate de Mussolini le acarreó a este audaz austríaco una enorme fama en vida y sus jactanciosas memorias contribuyeron a ampliar su renombre.
Muy pocos conocen empero al comando número 2: Adrian von Fölkersam, “un actor de reparto” del estado mayor de la superestrella Skorzeny, pero con un resultadismo más grande, y corriendo aventuras no menos impactantes.
Hay dos razones por las cuales este hombre es poco conocido. En primer lugar, figuraba como segundo de Skorzeny y todos los laureles iban al jefe. En segundo lugar, porque al no sobrevivir hasta el final de la guerra, no tuvo la posibilidad de escribir sus memorias. Pero aquellos que conocieron personalmente a ambos, han dicho que el discreto lugarteniente le sacaba muchos cuerpos de ventaja a su engreído jefe.
El hombre había nacido en la Rusia Imperial del Zar Nicolás II, creció en una familia donde se hablaba ruso y lo dominaba a la perfección.
Los barones von Fölkersam eran alemanes rusificados del Báltico, súbditos de la corona rusa desde los tiempos del Emperador Pedro el Grande.
El abuelo de Adrian, con el grado de almirante, participó de la Guerra Ruso-Japonesa y sus restos yacen en el fondo del estrecho de Tsushima. Adrián nació en San Petersburgo, pero durante la Guerra Civil de 1917-1920 su familia emigró y él pudo educarse y estudiar primero en la independizada Letonia y luego en Alemania.
“Tímido, muy tranquilo, un gran analista”, así definían a Fölkersam quienes lo conocieron. En 1940 ingresó como voluntario al famoso regimiento “Brandenburgo 800”, que entrenaba comandos para infiltrarlos en territorio enemigo. Los equipos de combate del regimiento cumplieron un rol muy importante en la primera etapa de la “Operación Barbarroja”, la invasión de Alemania a la Unión Soviética. Pequeños grupos se infiltraban en la retaguardia soviética y realizaban golpes de mano contra centrales de comunicaciones, puentes, puestos de comando, etcétera.
Boris Akunin, el más popular de los escritores rusos en la actualidad (exiliado en Londres debido a la persecución de Putin) ha escrito que su padre le contaba que en los días de la retirada del ejército soviético, en el 41, reinaba en sus filas una verdadera psicosis en torno a los omnipresentes “paracaidistas” - y esa histeria causaba aún más daño, que las propias acciones de los comandos.
El teniente Fölkersam comandaba la unidad de choque “Compañía del Báltico”, conformada por alemanes rusoparlantes, lituanos y exiliados rusos blancos, cuyos padres habían combatido contra los bolcheviques en la Guerra Civil Rusa. Está compañía le causó todo tipo de daños al ejército soviético. Por ejemplo tomó el puesto comando de una división entera, dejándola privada de dirección.
“EL RAID DE MAIKOP”
No vamos a enumerar todas los logros militares de Folkersam, pero vale la pena detenerse particularmente en uno, que hasta el día de hoy figura en los manuales de las escuelas de comandos de distintos países, bajo el nombre de “el raid de Maikop”.
En el verano de 1942 Hitler decidió que no valía la pena gastar fuerzas en la toma de Moscú, sino que era mejor golpear en el sur y apoderarse del petróleo del mar Caspio. Lo que más preocupaba a los alemanes era que, replegándose, los soviéticos iban a incendiar fábricas, tuberías, refinerías y demás instalaciones y demandaría muchos meses restaurarlas.
Fölkersam recibió una orden prácticamente imposible de cumplir: penetrar en la retaguardia profunda del enemigo y proteger de la destrucción la infraestructura productora de petróleo de Maikop.
De acuerdo a fuentes alemanas, en julio, un grupo de 62 comandos se infiltró a través de la línea del frente. Todos eran rusoparlantes, vestidos con el uniforme de la NKVD (la policía política soviética posteriormente llamada KGB). Y Folkersam tenía documentos falsos a nombre del “mayor Trujín “.
Camino al objetivo, “Trujín” detuvo a soldados del Ejército Rojo que huían del frente, los avergonzó por su cobardía y los hizo formar en una columna. Luego se los entregó al comandante de la defensa de Maikop, que se puso muy contento de recibir ese refuerzo. En medio del caos del catastrófico -para los soviéticos- agosto de 1942, no se observaban las formalidades. El general invitó al “mayor de las fuerzas de Seguridad” a acompañarlo en la recorrida por las posiciones claves de la defensa de la ciudad. Fölkersam trataba de que los soviéticos se acostumbraran a verlo entre ellos.
Cuando el 8 de agosto los tanques alemanes se acercaron a Maikop y comenzaron los preparativos urgentes para destruir las instalaciones petroleras, los comandos se dividieron en 15 grupos móviles. Uno de ellos se apoderó del punto central de comunicaciones, desde donde transmitió a todas las unidades soviéticas la orden de emprender urgentemente la retirada. Varios “quintetos» imitaron, con la ayuda de lanzagranadas, un ataque de artilleryía, para crear pánico. Otros se desperdigaron por las plataformas de perforación y demás instalaciones impartiendo órdenes de que se cancelen las explosiones planificadas. Toda esta mecánica -aventurera, pero minuciosamente calculada- funcionó: Maikop fue abandonada por los soldados rojos que no ofrecieron mayor resistencia y las plataformas de perforación quedaron incólumes. Fölkersam recibió la más alta condecoración militar: la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro.
Luego de la exitosa liberación de Mussolini, Skorzeny obtuvo la posibilidad de incorporar a su fuerza de comandos a los mejores especialistas en tareas de sabotaje. El capitán Fölkersam se convirtió en jefe de estado mayor y ayudante principal del “hombre de la cicatriz”, y se ocupaba de la preparación de todas las operaciones importantes. Así por ejemplo desarrolló los planes de secuestro del mariscal francés Petain y del asesinato del mariscal Tito. Sin embargo estas acciones fueron canceladas a último momento.
En octubre del 44, Folkersam calculó y realizó impecablemente una operación dificilísima: “Panzerfaust”. (Skorzeny la describe detalladamente en sus memorias, pero como le era habitual, allí brilla principalmente el mismo).
El aliado de Alemania y regente de Hungría, almirante Miklos Horthy, a través de su hijo, estaba realizando negociaciones secretas con la Unión Soviética para pasarse de bando. Lo cual revistaba gran importancia estratégica, por cuanto atravesando el territorio húngaro el Ejército Rojo tendría una salida directa a la frontera alemana y eso podría acortar la guerra en varios meses.
Los comandos de Fölkersam atacaron primero a la guardia personal de Horthy junior, lo capturaron, lo envolvieron en una alfombra y lo fletaron en avión a Berlín. Cuando el almirante Horthy, a pesar del secuestro del hijo, igualmente anunció que abandonaba a sus aliados, los comandos de Skorzeny-Fölkersam, en un golpe de mano sorpresivo, se apoderaron del Castillo de Budai, la residencia de Horthy, casi sin tener que combatir, sufriendo mínimas bajas. El regente fue derrocado, al frente de Hungría fue puesto otro militar, Ferenc Szalasi, y la guerra siguió su curso.
Luego tuvo lugar la operación a gran escala “Greif”, en las Ardenas, donde Fölkersam, que hablaba inglés tan bien como el ruso, le causó mucho daño a los desconcertadas tropas estadounidenses.
En enero de 1945, la fracción de élite “Jagdverband-Ost”, encabezada por Fölkersam, fue lanzada a tapar el agujero del frente oriental ante el avance soviético. Pero contra los tanques y la artillería de Stalin era poco lo que estos comandos, maestros en el arte del sabotaje, podían hacer. De ochocientos hombres solo sobrevivieron quince. Sin embargo, tratando de abrirse paso hacia el grueso de las fuerzas alemanas, estos hombres llevaban en una camilla a su comandante mortalmente herido. Un gesto harto revelador del afecto que le profesaban.
