El turismo y la psoriasis: las vacaciones de Isabel II de España

Si hubo alguien que le hizo daño a España, ese fue Fernando VII. No solo perdió un imperio, sino que ocasionó la muerte de miles de súbditos por su obstinada actitud de ser un monarca absolutamente absolutista.

De haber sido algo más inteligente y menos intransigente, España hubiese negociado una transición pacífica con sus colonias. Usted dirá: “Es fácil decirlo con el diario del lunes”, pero entonces había varios pensadores españoles, como el conde de Aranda, Agustín de Argüelles, Muñoz y otros, que habían propuesto una unión constitucional y hasta un proyecto de confederación para evitar el derramamiento de sangre con los súbditos de las colonias. El mismo general San Martín discutió esta posibilidad con las autoridades realistas del Perú. En cambio, Simón Bolívar era renuente a entrar en esas tratativas.

Dejemos de lado las guerras de independencia porque hoy hablaremos de las vacaciones de Isabel II.

Esta hija de Fernando VII se encuentra entre los daños que su padre ocasionó a España, porque casi a último momento, en su lecho de muerte, dispuso que ella lo sucediese en el trono, despertando la ira de su hermano menor, el infante don Carlos, quien intentó recuperar el poder por la fuerza, desatando las guerras carlistas que, de una forma u otra, continuaron hasta la Guerra Civil de 1936.

Resulta que Isabelita no solo no estaba preparada para gobernar España ni la prepararon para manejar su propia vida. ¿Cómo iba a gobernar a sus súbditos?

La joven, además de no ser muy brillante, padecía una afección dermatológica que entonces los médicos llamaban ictiosis nacarada. Los dermatólogos tardaron varios años en ponerse de acuerdo sobre la terminología en la clasificación de sus patologías, porque lo que en un país llamaban de una forma, en otro recibía una denominación que nada tenía que ver.

Hoy se sospecha que Isabel padecía una forma de psoriasis, enfermedad que compromete a casi el 3 % de la población mundial. La psoriasis reconoce varias formas clínicas y, además, se asocia con otras afecciones, como la artritis y la enfermedad celíaca.

En tiempos de Isabel solo existían tratamientos tópicos que aliviaban algunas molestias y mejoraban transitoriamente la irritación de la piel. Esta enfermedad debe haber sido particularmente molesta para Isabel, que tenía una activa vida sexual: estuvo doce veces embarazada, tuvo nueve hijos y solo cinco llegaron a la edad adulta.

Aunque todos fueron reconocidos por su marido y primo, Francisco de Asís de Borbón, todos los historiadores coinciden en que el matrimonio no se consumó y los hijos pertenecían a los distintos amantes de Isabelita.

Los doctores Carrasco, Damián y Castellón, a cargo de la salud de la reina, le recomendaban, como era costumbre en la época, ir a baños termales, como los de Esparreguera. Como Isabel no estaba satisfecha con los resultados, decidieron arriesgarse y aconsejar un método novedoso en la Península, pero que ya se usaba con éxito en Francia e Inglaterra.

Hacia 1750, el doctor Richard Russell afirmó que el agua marina albergaba propiedades terapéuticas excepcionales, gracias al yodo, el cloruro de sodio y el sulfato de magnesio que estaba diluida en sus aguas. Russell sostenía que los baños de mar podían curar enfermedades dermatológicas y otras, como la tuberculosis (bañarse en las heladas aguas del mar del Norte no creo que los haya ayudado mucho).

En realidad, Russell retomaba una antigua costumbre de la oligarquía romana: la vacatio. Cuando llegaba el verano, los romanos de buen pasar se iban hasta sus villas ubicadas sobre la costa, disfrutaban del clima más benigno y chapoteaban en las aguas mediterráneas.

Así que ese verano de 1845 se rompió la costumbre de la corte de salir del sofocante Madrid y encerrarse entre los pinares de La Granja para dirigirse a la playa de El Sardinero, cerca de Santander.

Como todas las cosas que hace la realeza, creó un “copying behaviour” entre aristócratas y burgueses adinerados: las vacaciones, que entonces eran el debido descanso de quienes descansaban todo el año…

La costumbre se había difundido a tal punto que, en julio de 1847, un periódico madrileño publicó un artículo llamado “Baños de oleaje, Santander”, donde se relataba que la hasta entonces solitaria playa de El Sardinero se había convertido en un concurrido paseo tanto de “naturales” como de “forasteros”.

Vale aclarar que la reina no se exhibía ni desafiaba sola las olas. Llegaba a la playa en una carroza tirada por ocho caballos; allí la esperaba una caseta instalada sobre rieles. Un par de bueyes tiraba de esta caseta hasta introducir a la reina en el mar, donde se bañaba vestida, con cuello alto, mangas hasta el codo y faldas hasta las rodillas.

Siempre había un fornido bañero presente, por cualquier percance.

Fue así como comenzaron a gozar de vacaciones primero los reyes y nobles, después los burgueses adinerados y, por último, se convirtió en un derecho universal y la gran industria sin humo que nació gracias a una ictiosis nacarada que solo respondía al sol y al agua de mar.