El teatro como manifiesto de vida

Jorge Suárez y Facundo Arana protagonizan ‘Visitando al Sr. Green’ en el Multiteatro. Ambos conversaron con ‘La Prensa’ sobre los mandatos familiares, el oficio de actuar y el sentido sanador de la ficción.

 

A veces, un estreno teatral pone en juego para los actores mucho más que la mera representación de un texto en escena. Eso ocurre con ‘Visitando al Sr. Green’. Para Jorge Suárez significa volver a los escenarios y a la actuación después de haber recibido un doble trasplante de riñón y páncreas; para Facundo Arana, ser testigo de primera mano de cómo el teatro, con su magia y su exigencia, ejerce un poder sanador sobre un compañero. Una apuesta donde el teatro deja de ser sólo ficción para convertirse en una celebración de la vida misma o, como dirá Arana bajo la atenta mirada de su compañero: “Este hecho teatral es un manifiesto. Es un acá nos tenés”.

 

EL ENCUENTRO

‘Visitando al Sr. Green’, la obra que el propio Arana protagonizó en 2005 junto a Pepe Soriano, regresó ahora en el Multiteatro y nuevamente bajo la dirección de Santiago Doria. La trama sigue a Ross Gardiner, un joven ejecutivo neoyorquino que, tras un incidente de tránsito en el que casi atropella al Sr. Green, un viudo mayor que vive solo, es condenado por un tribunal a visitarlo una vez por semana durante seis meses para asistirlo en las tareas que necesite.

-¿Qué fue lo que más les impactó cuando leyeron el guion?

(J. Suárez) -Voy a ser sincero: vengo de una situación de salud compleja. Entonces, cuando leí la obra, más allá de que me gustó mucho, de que conocía la historia y de que me la habían ofrecido junto a Facundo, lo cual ya era una alegría enorme, sentí una gran sensación de alivio al saber que tenía que componer a un anciano muy mayor, porque en ese momento yo estaba mucho más frágil que ahora. Pensé: “Esto indudablemente es para mí, es el momento en que lo tengo que hacer”. Me sentí pleno y feliz. Con un gran compañero, un director sensacional, una historia maravillosa y con un cuerpo que, hasta donde podía dar, encajaba perfecto con el personaje del señor Green. Hoy ya me están frenando por todos lados (risas).

“La comicidad que hay en la obra nace de la situación; no pasa por hacer algo para que la gente se ría”, asegura la dupla.

-Facundo, ¿cómo fue reencontrarse con este texto después de tanto tiempo?

-Una dulzura, porque comentábamos con Jorge que a través de los años podés mirar para atrás y vivir con mucha alegría saber que en aquel momento saltaste al vacío y dijiste: “Voy para el frente como un loco”. Aun estando un poco verde, subiéndote a escena con uno de los mejores actores que ha tenido la escena nacional y poniendo el pecho con toda el alma. Hoy, viéndome a mí mismo en el tiempo, valoro mucho aquella valentía y reconozco que estaba verde, sí.

(JS) -¡Qué valiente! Eso habla mucho de vos.

(FA) -Hoy me paro con una dulzura enorme teniendo en cuenta todo aquello, y también al ser dirigido por el mismo director, que hoy me tira las mismas consignas y ahora las entiendo y puedo apersonar.

 

DESAPARECER

-Jorge, ¿cómo es componer a un hombre bastante mayor que usted?

-Me gusta mucho componer, si no es con el cuerpo, trabajarlo con la edad, con el lenguaje, con la forma de hablar. Me gusta desaparecer de mí mismo, no me atrae mucho que digan “ahí está Jorge”. Quiero desaparecer yo para que puedan ver a alguien que uno creó; me encanta, es el juego del teatro.

-¿Cómo se encuentra hoy de salud?

(JS) -Acabo de cumplir un año y tres meses.

-¿Tenía ganas de volver a hacer teatro?

(JS) -Sí, muchas. No puedo vivir sin el teatro, me cuesta un montón. Dirigí ‘Los pilares de la sociedad’ a los tres meses de haberme operado y fue duro, pero me sacó de la cama. Mi cabeza ya estaba en otro lado; tenía mucha ayuda alrededor, pero mi mente estaba en otra parte y era una maravilla. Cuando vino esto pensé: “Bueno, vamos a ver la cabeza, la memoria”. Hacía dos años que no hacía teatro, y encima venía de hacer ‘Los mosqueteros’; imaginate, eran cuatro años sin aprender un texto de memoria. Dije: “Bueno, esperemos que funcione”. Y está funcionando.

Dirigida por Santiago Doria, ‘Visitando al Sr. Green’ sale a escena de miércoles a domingos en el Multiteatro.

-Para usted, Facundo, ¿cómo es interpretar a alguien varios años menor?

(FA) -Mirá, no tanto. No se habla explícitamente de la edad de Ross pero creo que a los 30 o los 40 años, la edad que el público imagina que tengo, lo que le está pasando a él le pasaría de la misma manera, o incluso peor, porque ha tenido más tiempo para transitar lo que vive. Así que sería como una garrafa con más presión. vista a lo largo del tiempo. Acá el que está componiendo un personaje con máscara es Jorge, quien, además, cuando arrancamos a ensayar estaba delicado en serio y se puso la obra al hombro. Ver sanar a un artista sobre el escenario es un regalo muy grande. Verlo bajar las mismas escaleras con dos meses de diferencia me da muchísima felicidad, porque cuando arrancamos ni sabía si íbamos a usar micrófono; le costaba componer a este señor más grande y ahora le tenemos que decir: “Menos, menos, pará, pará”, porque le está poniendo la misma energía de antes, pero con un cuerpo recuperado. Va mucho más allá del hecho de hacer una obra de teatro extraordinaria. Este hecho teatral es un manifiesto. Es un ‘acá nos tenés’.

 

RESILIENCIA

-La obra tiene diálogos muy filosos y situaciones que pesan tanto como las palabras. ¿Cómo trabajaron el ritmo de la comedia dentro de un drama tan denso?

(JS) -Nosotros no la trabajamos. La comicidad que hay en la obra nace de la situación; esa es la verdadera comicidad. Como yo la entiendo, no pasa por hacer algo para que la gente se ría sino porque, a partir de lo que está sucediendo, aparece una respuesta, una manera o un gesto que el público cierra con una risa. Eso es la verdadera comedia dramática, y la comedia-comedia también debería ser así. Pero bueno, hay muchos estilos, muchas formas y todos tienen su derecho a hacer lo que quieran. Para mí, en el teatro el lenguaje es así, sin perder de vista que sabemos que es una comedia y que en algún momento la gente espera algo de las situaciones. Hay una obra, hay algo que contar mientras nos vamos riendo y divirtiendo; hay algo que pesa, que es hermoso, que es el encuentro entre dos personas que nunca pensarías que se van a cruzar en la vida. Es muy bueno lo que dice el afiche: “Hay personas que llegan demasiado tarde y, a la vez, justo a tiempo”. Ese es el personaje de Ross Gardiner, que llega a mi vida justo a tiempo, y yo a la de él. Entonces, hay un obrón atrás, hay algo hermoso si lo hacemos bien.

-La historia habla de los mandatos familiares y el peso del que dirán. ¿Sienten que las nuevas generaciones la tienen más fácil para soltar esas cargas o sólo cambiaron de forma?

(JS) -No, para nada. Los mandatos van cambiando de color pero son exactamente iguales o más pesados, y de acuerdo con la clase social en la cual la persona se va desarrollando pueden llegar a ser todavía más violentos. Para los chicos y chicas más necesitados, los mandatos nacen del corazón porque a veces los padres ni siquiera los imponen, pero los hijos sienten la necesidad de ayudar a su familia. Esto pasó siempre. Hace unos días lo veía a Palito Ortega hablando en ‘Otro día perdido’ y no hacía otra cosa que reverenciar su imagen pensando de dónde viene este hombre, lo que ha hecho, los hijos tan talentosos que le dio al mundo y cómo los nietos van a seguir esta milonga. Quiero decir: los mandatos dependen un poco de dónde te desarrollés y por dónde te vaya la energía para sacarlos adelante con altura, con alegría y con las ganas de ayudar.

-¿Qué reflexión les gustaría que se lleve la gente después de ver la obra?

(JS) -A mí me encantaría escuchar los comentarios a la salida.

(FA) -Yo corro con un poco de ventaja porque ya hice la obra y sé lo que le pasa a la gente y lo que va a suceder nuevamente. Es algo que Santiago me retó por habérselo espoileado a Jorge. Yo le dije: “Vas a ver a la gente que se queda sentada agradeciendo lo que acaba de pasar y eso te lo regala el Señor Teatro”.