El síndrome de los Montescos y Capuletos: ¿Por qué odiamos?

Parece uno de esos enunciados de los teoremas de geometría euclidiana que nos hacían memorizar en el colegio: “Falta que se junten un número x de humanos para que, después del tiempo suficiente, aparezcan, por lo menos, dos grupos antagónicos”.
En este enunciado, “x” es cualquier número superior a dos y el tiempo suficiente puede ser de 48 horas o más, aunque se conocen casos en que un día es suficiente para que haga aparición lo que he dado en llamar el síndrome de los Montescos y Capuletos, con su secuela de gritos, peleas, violencia y odios intestinos, como señaló el gran Willy en su ‘Romeo y Julieta’.
Vale aclarar que existe un síndrome de Romeo y Julieta. Así se llama al enamoramiento súbito, intenso y trágico (‘star-crossed’ lo llamaba Shakespeare), que surge en un ambiente hostil.
Para que exista esta pasión juvenil y desafiante, antes debe existir hostilidad entre dos o más grupos.
‘The Most Excellent and Lamentable Tragedy of Romeo and Juliet’ fue publicada en 1597, aunque dicen que el autor estaba trabajando el tema desde 1592, después de haber visto la puesta en escena del libro de Matteo Bandello (1480-1560), con adaptación de Arthur Brooke (1493-1563), quien, a su vez, se había basado en la traducción del texto de Bandello al francés hecha por Pierre Borel de Touard en 1559.
La versión de Shakespeare no agotó el tema, tomado por otros autores, pintores, cineastas y músicos como Bellini y Prokófiev, pero es un magistral balance entre tragedia y comedia, con apasionados sonetos románticos (“Mi amor es profundo, / cuanto más te doy / más obtengo y lo siento infinito”), un drama in crescendo hasta culminar en “que nunca una historia ha sido más triste que la de Romeo y Julieta” (acto V, escena III).
Pero la esencia de la obra no es solo el amor, sino su interacción con el odio.
“Mi único amor nace de mi único odio”, exclama Julieta en el primer acto al sentirse atraída por el joven Montesco.
¿Por qué se odiaban ambas familias? Nadie lo sabe y Shakespeare no se molesta en aclararlo, quizás para resaltar su irracionalidad. Curiosamente, los dos apellidos aparecen en ‘La Divina Comedia’ y Dante los ubica en el purgatorio (canto VI), donde figuran con otras familias nobles, enemistades entre sí, para mostrar las luchas por el poder (el poder, el poder… siempre el poder) que dividía a las ciudades italianas.
En este caso, era la guerra entre güelfos y gibelinos en la ciudad de Verona, donde los Montesco eran partidarios del emperador y los Capuletos del Papa.
El mismo Dante había sido víctima de estos enfrentamientos, al punto de no poder volver a Florencia y estar condenado a morir en Rávena, donde concluye su obra maestra.
Pero todo esto transcurrió doscientos años antes del drama shakespeariano, aunque la historia de odio entre familias o clanes es tan antigua como la humanidad. Cada grupo de cazadores-recolectores, en los tiempos prehistóricos, marcaba su espacio de caza y cualquiera que lo violase estaba atacando su propiedad y amenazando su existencia, porque el alimento era entonces un recurso muy limitado. De allí que repeler al intruso con la fuerza era necesario y esencial para sobrevivir. Y si tal agresión se repetía, el odio era la forma de perpetuar esa lucha.
El odio es una emoción compleja, pero, a su vez, muy primitiva. Surge del miedo y de nuestra necesidad de sobrevivir, tanto como individuos como en grupo (más aún si comparten los mismos genes). El tribalismo impulsa a agredir a todo lo que es ajeno al grupo, más aún cuando es diferente, aunque las diferencias sean sutiles y con el tiempo necesiten una construcción sociológica para exaltar las diferencias.
Este es el origen del prejuicio y el racismo.
La amígdala cerebral está constantemente buscando situaciones amenazantes, en alerta ante todo lo que sea inusual o extraño, mientras que el sistema límbico es responsable de organizar la respuesta ante la agresión, que es una de las reacciones básicas de esta parte tan primitiva del cerebro: huir o atacar.
Estas son las formas de asegurar la supervivencia y la consiguiente expansión de nuestros genes sobre los vecinos, adversarios o enemigos.
Por eso se dice que el odio es una reacción primaria, que comparte circuitos con el amor y llega a tener reacciones tan intensas como este.
‘Romeo y Julieta’ es el choque entre estos dos sentimientos: el amor intenso de los jóvenes en el marco del odio profundo entre dos familias que ya no saben por qué se odian, pero los mantiene alertas y suspicaces, atentos a cualquier agresión.
Siempre me he preguntado qué pasa el día después de las grandes historias: ¿cómo siguen esas vidas después del momento cúlmine? O, más aún, ¿qué hubiese sido si Romeo y Julieta sobrevivían a este “error de pócimas” y huían del odio entre las familias?
¿Qué hubiese ocurrido de haber “comido perdices”, convertidos en una pareja feliz? Julieta (que entonces tenía tiernos 13 años), ¿hubiese crecido a ser una señora añosa, perdidos sus encantos juveniles que tanto encandilaron a Romeo?
Este enamoramiento, como todas las pasiones, es un festival de feromonas para atraer a la jovencita, activando su sistema dopaminérgico, las endorfinas y la feniletilamina que encienden la llama del amor carnal.
Y si Romeo hubiese echado panza gracias a los fettuccini, perdido su leonada melena y el vigor de sus músculos, ¿seguirían amándose apasionadamente, esperando el resplandor del amanecer o, gracias a la oxitocina, se hubiesen convertido en una amable pareja de ancianos que espera el ocaso tomados de la mano?
No hay una respuesta. Azarosos e inciertos son los caminos que se bifurcan, como decía Borges.
Pero sí es más probable que el odio inexplicable entre las dos familias continuase de una forma u otra, porque el asesinato de Teobaldo, el primo de Julieta, a manos de Romeo, retroalimentó el círculo vicioso del odio que, como tal, tiende a no prescribir.
No se necesitan dos familias enemistadas por vaya a saber qué razón: cualquier empresa, consorcio o club vecinal es terreno adecuado para que se libren las batallas propias de este síndrome.
Sé que esta es una conclusión poco edificante, pero basta repasar las páginas que anteceden al artículo en este periódico para justificar mi escepticismo y la fórmula casi matemática del síndrome que he bautizado con los nombres de estas familias beligerantes que merecieron la condena del Purgatorio.
¿Alguna vez accederemos al Paraíso? Cada uno tendrá su opinión al respecto.
Creo que ustedes adivinarán la mía.