El síndrome de John Wayne: la violencia está en nosotros

 

Una generación se crio mirando cómo el rudo sheriff, el comandante de caballería o el guerrero del Álamo, encarnado por John Wayne (cuyo verdadero nombre era Marion Robert Morrison, 1907-1979), imponía la justicia a fuerza de puños, sablazos y humeantes Colts... que, curiosamente (o no tanto), los norteamericanos llamaban ‘The Pacifier’, el Pacificador...

Millones de personas nos criamos con ese ejemplo que ha dejado su impronta, más o menos profunda, en las distintas culturas. De hecho, existe un síndrome de John Wayne reservado para aquellos que actúan con convicción moral absoluta y no escatiman el uso de la violencia como herramienta legítima, autopercibiéndose como restauradores del orden.

Para ellos la mejor forma de alcanzar la paz es, paradójicamente, con la violencia.

En su esquema mental, el mundo se divide en buenos (John Wayne), malos y las víctimas de estos malvados, que el sheriff o el capitán de caballería está dispuesto a rescatar sin obedecer los límites de la ley.

John Wayne impone sus normas sin restricciones ni lamentos. Su mundo es blanco o negro, no hay grises.

John Wayne y sucedáneos pasan por la vida con una actitud de vulnerabilidad, ignorando su propia fragilidad y entonces ocultan sus emociones, no piden ayuda y asumen un rol heroico muchas veces inalcanzable.

Cuando no pueden lograr el éxito propuesto (o a pesar de lograrlo) la situación deriva en un estrés postraumático, con una secuela de culpas. Así es como estos héroes frecuentemente caen en adicciones. Ahogan sus penas en alcohol.

Este cuadro del salvador del mundo afecta frecuentemente a policías, militares, bomberos y hasta médicos. A ellos los empuja una idea distorsionada de la masculinidad: “The macho man”, inspirada en personas como Wayne, Rambo, el Llanero Solitario y esos superhéroes que solos combaten contra la maldad y la injusticia para salvar a personas en peligro o avasalladas y luchan contra la adversidad, aunque en las películas no se arrugan el traje ni se mojan los zapatos.

Este síndrome no es una entidad clínica, es un patrón de comportamiento.

La actitud del macho duro, estoico y resistente, con altos valores tradicionales de fuerza y poder, está ligada al comportamiento masculino dominado por la testosterona (¡atención!, que la testosterona también es segregada por el ovario y las glándulas suprarrenales, así que las mujeres no son inmunes a este síndrome).

La administración de testosterona a animales los convierte en más egoístas y violentos, proclives a castigar al contrincante.

También existe una asociación importante entre los niveles de testosterona en sangre y personas que toman riesgos en las decisiones financieras.

La correlación entre nivel de testosterona y agresividad en humanos ha sido demostrada, aunque sabemos que no es la única hormona que incita a la agresión. También se ha visto esta tendencia con el uso de estradiol y estrógeno, que son compuestos relacionados con la testosterona, es decir metabolitos de su bioquímica, pero que se encuentran en mayor proporción en las mujeres.

EL CEREBRO Y LA DOPAMINA

En estas personas propensas a reaccionar violentamente también hay una alteración del metabolismo de la dopamina en el cerebro.

Estos héroes sin cabeza buscan una reconfortante descarga de dopamina ante la novedad o el peligro que le da cierta percepción de plenitud o recompensa, más cuando recibe un reconocimiento social.

La dopamina regula la atención, la memoria, la toma de decisiones y el aprendizaje. Niveles altos contribuyen a la euforia o a satisfacer con exceso nuestras necesidades vitales.

JOHN WAYNE Y LA SOCIEDAD

Lo curioso de este síndrome es que no solo se aplica a individuos que buscan ser reconocidos como héroes, sino que también puede comprometer a una sociedad o parte de ella.

A lo largo de la historia han existido países que se creyeron con la misión mesiánica de rescatar a otras naciones de su barbarismo o de su atraso.

Más allá de sus ansias de conquistas, Alejandro, Julio César, Carlomagno y Napoleón, entre otros, justificaron el sometimiento de otras naciones bajo un disfraz de legitimidad que les daba una supuesta superioridad moral.

Quisieron imponer su civilización, su religión o sus valores a otros pueblos.

Y lo hicieron con violencia y altanería, con la convicción moral de que ellos estaban en lo cierto y que solo su actitud agresiva podía salvar al otro pueblo del error en el que habían caído.

Si esta imposición de su perspectiva implicaba matar a niños, mujeres o ancianos, se lo ve como daños colaterales, sacrificio inevitable para imponer sus valores superiores.

Generalmente estas conquistas son acompañadas de frases altisonantes como “Veni, vidi, vici”, o las muchas expresiones de Napoleón: “Lo imposible es el fantasma de los tímidos y el refugio de los cobardes”, o las que últimamente escuchamos del presidente Trump. “El real poder es el miedo”; “El límite al poder global es mi propia moralidad, no necesito las leyes internacionales” (7/01/26). O “Las guerras son para siempre”.

Más allá de todas las discusiones, justificaciones geopolíticas, la presente guerra también cuenta con la actitud del héroe que desafía los límites e impone sus normas, como lo hacía John Wayne en sus películas.

Es algo que hemos visto, y probablemente veremos con asiduidad, porque las guerras entre los machos alfa y la conquista de la manada es un fenómeno enraizado en lo más profundo de nuestros cromosomas.