ENTREVISTA A JULIA NAVARRO, AUTORA DE ‘EL NIÑO QUE PERDIO LA GUERRA’
El siglo de las grandes fracturas
La novela relata el desarraigo de un chico español enviado a la Unión Soviética en 1939. Sus páginas recorren una época de totalitarismos, exilios, guerras y silencios impuestos.
Julia Navarro presenta con orgullo su nuevo libro El niño que perdió la guerra. Que no es solo una novela escrita de la mejor manera, sino la síntesis de una vida dedicada a entender cómo el siglo XX marcó para siempre a la humanidad.
Es que su noveno trabajo relata con exactitud histórica, el desarraigo de un niño español enviado a la Unión Soviética en los últimos días de la Guerra Civil, donde la ideología y el terror estalinista se cruzan con la memoria y la identidad.
Nacida en Madrid en el verano europeo de 1953, Navarro es periodista de formación con más de 35 años de experiencia en medios españoles como Cadena SER, TVE y Europa Press. Y pese a que su opinión y actividad marcaron el termómetro del vivo en toda España, logró convertir su mirada crítica en narraciones que conjugaban rigor documental con profundidad humana.
Así lo demostró en su primera novela La Hermandad de la Sábana Santa (2004), best-seller internacional que no solo consolidó su vocación narrativa, sino que abrió la puerta a títulos como Dime quién soy y Dispara, yo ya estoy muerto, obras que exploraron las tensiones del siglo XX desde el pulso íntimo de sus personajes.
En El niño que perdió la guerra (Plaza & Janés, 640 páginas) confluyen su pasión por la historia y la convicción de que la literatura puede iluminar la vida de quienes, en medio de conflictos bélicos o totalitarismos, ven sus destinos tejidos por fuerzas que nunca eligieron. Navarro escribe desde la experiencia acumulada de vida, viajes y entrevistas, donde las voces silenciadas, aunque sin saberlo, cobran sentido y resonancia.
EL GERMEN
-Al leer ‘El niño que perdió la guerra’, lo primero que uno se pregunta, es qué la motivó a imaginar esa historia tan fidedigna como cruel.
-Llevo toda la vida preparando esta novela sin saberlo. Cuando era muy joven leí el “Réquiem” de Anna Ajmátova y ese poema me sacudió. Quise entender quién era esa mujer y por qué había sido silenciada. Desde entonces comencé a leer sobre intelectuales rusos en el totalitarismo soviético. Ese camino, sumado a mi propio país y su posguerra, terminó por convertirse en el germen del libro.
-¿Por qué dice que tardó una vida en escribirla?
-Porque este libro es el compendio de décadas de lecturas, preocupaciones e intuiciones. No hubo un día, ni una hora exacta. Los personajes fueron llegando poco a poco, como burbujas que se fueron formando en mi cabeza. El auge actual de nuevas autocracias quizá aceleró la necesidad de contar esta historia, pero el proceso fue largo, sostenido y silencioso.
-La novela sigue dos historias paralelas bajo dictaduras diferentes. ¿Qué buscó mostrar?
-Que, más allá de los colores ideológicos, los regímenes totalitarios comparten rasgos comunes: cercenan libertades, imponen censura y temen profundamente a la cultura. Ese miedo a la palabra libre atraviesa las vidas de los protagonistas en dos países enfrentados, pero igualmente atrapados en la maquinaria del poder y del control.
INVESTIGACION
-Su investigación es minuciosa, casi al detalle. ¿Cómo construyó el marco histórico?
-La investigación empezó hace décadas como lectora, no como novelista. Porque cuando me senté a escribir, ya sabía el grueso de lo ocurrido. Luego necesité completar detalles, como puede ser cuánto costaba el pan en 1940, cómo funcionaban los Gulag o la vida cotidiana en la posguerra española. Y para todos esos datos, recurro siempre a libros y testimonios, nunca a Wikipedia, porque requiere rigor y responsabilidad.
-Sus personajes tienen mucha conciencia y sensibilidad. ¿Cómo llega a esa cercanía?
-Yo siento que nada humano me es ajeno. No me cuesta ponerme en la piel de quien cree en la Revolución, de quien huye del terror soviético o de quien sobrevive en el franquismo gris. Para mí los personajes son reales, convivo con ellos. Cuando escribo vivo con su dolor, sus contradicciones y sus decisiones, y cuando termino debo despedirlos.
-Sus libros vuelven una y otra vez al siglo XX como escenario literario.
-Es que allí están las grandes fracturas de nuestra contemporaneidad. Totalitarismos, exilios, guerras, silencios impuestos. Todo lo que hoy vivimos como polarización, miedo y discursos excluyentes, tiene raíces en aquel siglo convulso. Es un territorio que aún no comprendimos del todo y que sigue ofreciendo preguntas urgentes.
-Su nuevo libro tiene dos mundos bien definidos. ¿Tiene un método estructurado para su creación o la guía la intuición?
-No escribo con brújula rígida. Sé hacia dónde va la historia, pero los personajes a veces hacen lo que quieren y me obligan a escuchar. Escribo todos los días, como una disciplina. Hay jornadas en que solo logro diez líneas dignas, otras ni eso. Es un trabajo, no inspiración romántica, y requiere constancia, paciencia y método.
PERIODISMO
-Usted fue periodista durante años. ¿Qué le dejó el periodismo para escribir ficción?
-Me dio herramientas para observar y escuchar. El periodismo permite vivir muchas vidas, tocar realidades diversas y comprender matices humanos. Una novela exige imaginación, pero también verdad emocional. Para mí literatura y periodismo son caminos paralelos y en ambos se trata de contar una historia, sea real o fruto de la imaginación.
-El libro dialoga con la memoria, con los “niños de la guerra”. ¿Hubo encuentros reales detrás de estos personajes?
-Sí. Años atrás conocí, por casualidad, a dos ancianos que habían sido niños de la guerra. Eran ingeniero y médico, habían construido sus vidas lejos del exilio. Escuchar sus relatos quedó guardado en mi memoria, aunque entonces no pensaba escribir la novela. Ese diálogo entre experiencia, pérdida y supervivencia regresa ahora como parte de la ficción.
-¿Cómo convive con la intensidad emocional del proceso creativo?
-El fin de semana es mi válvula de escape sin concesiones. Conciertos de música clásica, exposiciones, teatro. La vida cotidiana me devuelve a tierra firme. Y por supuesto mi familia, especialmente mi hijo. La escritura exige habitar mundos densos y dolorosos, por eso la normalidad y la belleza del arte son necesarias para seguir respirando.
-¿Qué lugar ocupa su lector mientras escribe?
-Lo imagino como un interlocutor inteligente y sensible, no como un juez. Escribo para acompañarlo, para invitarlo a hacerse preguntas, no para imponer respuestas. No busco moralejas. Confío en que cada lector encontrará su propia puerta de entrada a la historia y también su manera de salir de ella.
-¿Cómo vive el momento posterior a entregar una novela?
-Es un pequeño duelo. Durante meses convivo con los personajes, escucho sus voces, imagino escenas, y de pronto todo se apaga. Aparece una sensación de vacío y también de miedo. Y vienen a mi mente preguntes recurrentes: ¿estará terminado? ¿dirá lo que quería decir? Solo con el paso del tiempo acepto que la obra ya es de los lectores y no mía.
-¿La literatura es su espacio de resistencia?
-Sin duda. Cuando se pretende controlar la palabra es porque la palabra tiene poder. Los regímenes autoritarios lo saben bien, queman libros, persiguen poetas, censuran periodistas. La literatura permite pensar, sentir y cuestionar. Es un territorio de libertad íntima, aunque afuera reine el miedo o la propaganda.
-¿Está abierta a que adapten sus novelas al cine o a series?
-No escribo pensando en adaptaciones. Mi relación es con los lectores. No tengo entusiasmo por ver mis obras en pantalla. La experiencia con Dime quién soy fue larga y difícil, hasta que encontré un director dispuesto a trabajar conmigo y no contra mí. Si llega una propuesta seria, con respeto al espíritu del texto, puedo escucharla, pero no es algo que busque.
FOTO: JUAN MANUEL FERNÁNDEZ
