La justicia social es “la justicia del bien común”. A partir de esta afirmación se juzgarán mejor, en la medida de las posibilidades “aquí y ahora”, las realizaciones concretas de la justicia social.
Al definir la justicia social como “la del bien común” se la inscribe, claramente, en el orden natural de las cosas. Y en su derecho natural. Por lo que, antes que un significado jurídico positivo, la justicia social tiene un contenido moral –en el cual se justifica el jurídico– y, todavía más, virtuoso. Es del ABC de la justicia social, porque lo es de la justicia sin más, “dar a cada uno lo suyo”. Por esto, la justicia social importa más un deber que un derecho.
Puede apreciarse, entonces, que la justicia social forma parte del patrimonio doctrinal del pensamiento clásico y católico. En Aristóteles, en santo Tomás de Aquino y, finalmente, en la Doctrina Social de la Iglesia puede encontrarse “el genio y figura” de la justicia social.
Aquí conviene, en la misma línea que lo dicho arriba, formular una precisión. Es correcto relacionar la justicia social con la vida económica. En ella se ve, de modo más patente, la justa distribución de los bienes. Lo cual presupone, por otra parte, su producción en esa unidad económica que es una comunidad de vida como la empresa en la cual son protagonistas, cada cual desde su función, tanto los empresarios como los trabajadores. Y todo, no debe olvidarse, bajo la perspectiva del bien común. Sin embargo, la justicia social no se reduce a la vida económica. El motivo es antropológico y moral. El hombre es un ser personal compuesto de materia y forma, es decir, en su caso particular, compuesto de alma espiritual y cuerpo físico. Si, por una parte, su carácter corpóreo explica la debida obtención de los bienes materiales, por otra parte, dado que es persona, el hombre ha sido creado para un bien superior, es decir, espiritual. La procuración de los bienes económicos se inscribe, por lo tanto, en la búsqueda de un tipo de felicidad que debe completarse con bienes vinculados a la vida política y religiosa. Como enseña santo Tomás de Aquino, el hombre es creado para una bienaventuranza perfecta, que es tanto como decir para ver a Dios en la vida eterna.
Por esto, esa “justa distribución” a la que hace referencia la justicia social se extiende, en sentido pleno, a todo tipo de bienes que responden, de acuerdo a su naturaleza, a las diferentes formalidades del hombre: un ser material y espiritual en la unidad del ser personal con vocación sobrenatural. La autoridad política, que es la primera responsable del logro del bien común al cual hace referencia la justicia social, debe gobernar de tal manera que resulte posible para la población recibir “lo suyo”. Claro está que esta recepción de lo propio exige, obviamente, una disposición activa por parte de los acreedores de “lo justo social”. Esta justicia social que es “la del bien común” es responsabilidad de todos de acuerdo a la función social de la cual cada uno es protagonista.
La justicia social en sentido pleno es la que procura la autoridad política en vistas al bien integral del hombre conforme a las debidas responsabilidades de los integrantes de la comunidad política.
OBSERVACION HISTORICA
Por último, agrego una observación histórica a propósito de la coyuntura. Algunos ideólogos podrían apuntar que los logros sociales en el plano político y, sobre todo, económico –a su vez cuantificables y propagados como parte de un relato– que se logran en la práctica responden a la ideología que se prefiere y por la cual se milita. Lo cierto es que, si de buenos resultados se trata, se debe a otro motivo: en ellos se conserva cierto “resto” del orden natural en el cual se funda la mencionada justicia social. Porque los individuos y las sociedades no prosperan –en el más auténtico de sus sentidos– por lo que en ellos hay de apriorismos ideológicos sino, más bien, por el realismo compartido que es tanto como decir por el acierto en la cosmovisión sobre el mundo, el hombre y Dios.
Por este motivo, por el orden natural inscripto en las cosas –incluidas las sociales– es que los hombres de buena voluntad y, sobre todo, los cristianos no deben perder la esperanza respecto de la restauración del orden social según el derecho natural y cristiano. La naturaleza, y también la gracia, una y otra vez “vuelven por sus fueros”.
