El regreso del general San Martín
176 años después, el conductor que la Argentina necesita volver a descubrir (Cuarta y última parte).
El 17 de agosto de 1850, a las tres de la tarde, moría en Boulogne-sur-Mer José de San Martín. Tenía setenta y dos años. Había pasado buena parte de los últimos veintiséis lejos de la tierra cuya independencia había contribuido decisivamente a conquistar. Murió lejos de la Cordillera que había atravesado, lejos de Mendoza, lejos de Buenos Aires, lejos de aquellos granaderos que había formado y conducido. Pero acaso la paradoja más profunda sea otra: ciento setenta y seis años después, todavía estamos intentando que San Martín regrese plenamente a La Argentina.
Ése ha sido el propósito de esta serie. No solo recordar al héroe de bronce, ni repetir mecánicamente las fechas escolares, ni volver una vez más sobre el Cruce de los Andes como si se tratara de una extraordinaria pero lejana hazaña militar. Hemos querido buscar al hombre, al soldado, al estratega, al político, al cristiano y al conductor. Y, sobre todo, al argentino capaz de hablarnos todavía en medio de nuestras incertidumbres. Porque San Martín no pertenece únicamente al siglo XIX, pertenece también al porvenir de la Argentina.
Para comprender a Jose de San Martín era necesario comenzar antes de 1812. (Asi lo hicimos en “San Martín y la tradición militar Española”). El gran capitan, no apareció misteriosamente en Buenos Aires a los treinta y cuatro años. Cuando regresó al Río de la Plata era ya un teniente coronel experimentado, con más de dos décadas de servicio militar. Había conocido África, Portugal y los campos de batalla de la guerra contra la Francia revolucionaria y napoleónica. Había combatido en Bailén. Había visto ejércitos avanzar y retroceder, gobiernos caer, pueblos levantarse, imperios tambalearse y antiguas legitimidades entrar en crisis. Había aprendido algo muy importante: había aprendido a mandar.
Y mandar, en la tradición militar en la que se había formado, no significaba simplemente dar órdenes. El Marqués de Santa Cruz de Marcenado comenzaba sus Reflexiones Militares hablando de las virtudes morales, políticas y militares que debía poseer un general. Antes que la maniobra estaba el hombre; antes que la batalla, el carácter. Calderón de la Barca había definido al ejército como aquella singular comunidad donde el mérito debía imponerse al nacimiento y donde “la más principal hazaña es obedecer”. Cervantes, soldado antes que novelista, había enseñado que el fin último de las armas era alcanzar la paz. Ese universo espiritual, cultural y militar ayuda a comprender a San Martín, porque detrás del estratega encontramos siempre una determinada concepción del hombre.
San Martín luchó por la independencia de América, pero sería históricamente pobre interpretar aquella lucha con las categorías ideológicas que aparecerían después. No necesitó odiar a España para amar a América. No necesitó renegar de la tradición en la que se había formado para comprender que había llegado la hora política de la independencia. Y quizá ningún episodio lo demuestre mejor que Punchauca.
En 1821, frente al virrey José de la Serna, el vencedor de Chacabuco y Maipú tenía un ejército capaz de continuar combatiendo. Sin embargo, intentó alcanzar una solución política. Propuso la independencia del Perú, un gobierno provisional y una monarquía constitucional vinculada a la propia tradición dinástica hispánica. Más aún: imaginó la reconciliación entre los ejércitos que hasta entonces habían combatido. Aquella propuesta revela mucho más que una preferencia institucional. Revela una concepción de la política. San Martín comprendía que la victoria militar no bastaba: había que construir un orden, evitar la anarquía, reconciliar y fundar.
ENSEÑANZA EXTRAORDINARIA
Aquí aparece una enseñanza extraordinariamente actual. Los verdaderos conductores no confunden la destrucción del adversario con la construcción de la Nación. Saben que después de la guerra debe existir una paz posible, que después de la revolución debe existir un orden y que ninguna comunidad política puede vivir indefinidamente alimentándose de sus divisiones.
Hay dos palabras que resumen buena parte de la conducción sanmartiniana: lucidez y coraje. Lucidez para comprender la realidad tal como es y no como quisiéramos que fuera; coraje para actuar en consecuencia. San Martín poseyó ambas. Comprendió que la independencia no podía asegurarse defendiendo indefinidamente la frontera norte. Sin dejar de mirar el Alto Perú, las circunstancias posteriores a la Batalla de Rancagua en 1814 lo impulsó a mirar hacia Chile. Mientras otros pensaban en campañas, él concibió un sistema: cruzar los Andes, liberar Chile, dominar el Pacífico y alcanzar Lima.
Aquello no fue una improvisación heroica. Fue pensamiento estratégico convertido en acción. Preparó durante años los instrumentos necesarios. Organizó fuerzas, formó cuadros, obtuvo recursos donde casi no los había, movilizó a una sociedad, construyó inteligencia, engañó al adversario, distribuyó columnas y coordinó tiempos y espacios. Transformó Mendoza en la retaguardia de una operación continental. Pero detrás de toda aquella formidable maquinaria existía algo que ninguna logística podía proporcionar: confianza. Sus hombres creían en él porque San Martín compartía sus sacrificios. Ésa es probablemente una de las diferencias fundamentales entre mandar y conducir. El mando puede provenir del grado; la conducción solamente nace de la autoridad moral.
San Martín alcanzó suficiente gloria militar como para intentar convertirse en dueño de medio continente. No lo hizo. Fue gobernador de Cuyo, general en jefe, vencedor de campañas decisivas y Protector del Perú. Conoció el poder, pero no quedó prisionero de él. Cuando entendió que su presencia podía contribuir a una guerra entre americanos, prefirió retirarse. Podemos discutir todavía las circunstancias de Guayaquil, los desacuerdos políticos, las intrigas porteñas, las dificultades peruanas o la relación con Bolívar. Pero existe un hecho difícil de negar: San Martín no utilizó el ejército que había construido para satisfacer una ambición personal. Eso también es conducción. El verdadero conductor no pregunta cuánto poder puede conservar; pregunta qué exige el bien común.
VARIAS MUERTES
San Martín murió físicamente una sola vez. Políticamente, en cambio, pareció morir varias. Murió cuando comprendió que las luchas internas hacían imposible su permanencia y partió hacia Europa en 1824. Volvió a morir en 1829. Había intentado regresar a Buenos Aires, pero encontró nuevamente la guerra civil y decidió no desembarcar. El vencedor de los Andes regresaba a su Patria y encontraba una Argentina demasiado dividida para recibirlo. Hay algo profundamente doloroso en esa escena: el hombre que había atravesado la cordillera más formidable de América no pudo atravesar las pasiones políticas de sus propios compatriotas. Y regresó a Europa.
Pero todavía quedaba otra prueba. En 1838 Francia bloqueó el Río de la Plata. En 1845 Francia y Gran Bretaña volvieron a intervenir militarmente. San Martín estaba lejos. No tenía mando, ejército ni poder político. Pero sabía perfectamente dónde estaba su Patria. Por eso respaldó la defensa de la soberanía argentina frente a las potencias extranjeras. Las diferencias internas podían ser enormes; la Patria estaba por encima de ellas. He aquí otra lección para nosotros: se puede discutir dentro de la Nación. Lo que no se puede hacer es olvidar la Nación.
Quizá exista todavía una dimensión más profunda. San Martín sabía que el hombre no domina completamente la historia. Preparó minuciosamente sus campañas, estudió al enemigo y organizó recursos. Pero también supo arrodillarse. Antes del Cruce de los Andes puso su ejército bajo la protección de Nuestra Señora del Carmen. No resulta necesario convertir este hecho en una leyenda piadosa. Basta comprender lo que significa. El conductor que había preparado racionalmente hasta el último detalle de una operación extraordinariamente compleja reconocía, al mismo tiempo, que existe algo por encima de la voluntad humana.
No hay contradicción. La prudencia manda preparar todo cuanto depende de nosotros. La humildad recuerda que no todo depende de nosotros. San Martín reunió ambas virtudes: planificación y Providencia, razón y fe, espada y oración. Tal vez allí se encuentre parte de su grandeza.
El querido y recordado Mayor José Antonioni repetía una frase que debería convertirse casi en un programa nacional: “Hay que traer a San Martín al siglo XXI”.
¿Qué diría San Martín de aquella dirigencia que antepone permanentemente los intereses particulares al bien común? ¿Qué pensaría de una sociedad donde tantas veces el éxito parece medirse por la riqueza, la notoriedad o la capacidad de imponerse sobre los demás? ¿Qué nos enseñaría sobre la austeridad, sobre la palabra empeñada, sobre servir cuando nadie aplaude, mandar sin servirse del mando, vencer sin humillar o retirarse cuando la propia presencia perjudica a la causa que se dice defender? Ésas son las preguntas sanmartinianas del siglo XXI.
RECUPERAR A SAN MARTIN
Hace ciento setenta y seis años murió San Martín. Pero quizá nuestro problema no sea que San Martín haya muerto. Quizá nuestro problema sea que todavía no hemos terminado de hacerlo regresar. Hay que devolverlo desde el monumento a la vida, desde el bronce al ejemplo, desde la efeméride al pensamiento, desde el nombre de las calles al corazón de la Nación.
Debemos recuperar al San Martín completo: al soldado formado durante más de veinte años en la tradición militar española; al general que puso su ejército bajo la protección de la Virgen del Carmen; al patriota que desde Europa defendió la soberanía argentina cuando las grandes potencias pretendieron doblegarla. No necesitamos inventarlo. Es suficientemente grande tal como fue. Tampoco necesitamos convertirlo en una estatua inalcanzable. Necesitamos imitarlo.
Antonioni decía que había llegado la hora de conocer y reconocer la grandeza sanmartiniana para después vivirla, practicarla y transmitirla. Y añadía algo todavía más exigente: debemos hacer lo que corresponde sin esperar condiciones ideales. Tal vez ésa sea la palabra final de esta serie. No esperar. San Martín tampoco tuvo condiciones ideales. No tuvo recursos suficientes, unanimidades, tranquilidad política ni garantías de victoria. Tuvo dificultades, enfermedades, enemigos, incomprensiones y traiciones. Y sin embargo hizo lo que debía hacer. Allí comienza la verdadera conducción.
Hace ciento setenta y seis años, en una habitación de Boulogne-sur-Mer, se apagaba la vida del Libertador. Pero los grandes hombres poseen una extraña forma de permanecer. Vuelven cada vez que un joven descubre que el deber vale más que la comodidad. Vuelven cuando un soldado comprende que mandar significa primero servir. Vuelven cuando un gobernante coloca el bien común por encima de su destino personal. Vuelven cuando una Nación decide no entregar su soberanía. Vuelven cuando un argentino comprende que la Patria no es simplemente el territorio que hemos recibido, sino una herencia que debemos merecer y transmitir.
“LO ESTAMOS ESPERANDO”
Por eso este 17 de agosto no quisiera terminar estas líneas diciendo solamente que recordamos a San Martín. Quisiera decir algo más: lo estamos esperando. Esperando que vuelva a nuestras escuelas, a nuestros cuarteles, a nuestras universidades, a nuestra dirigencia y a nuestras familias. Que vuelva, sobre todo, a nuestra manera de entender el deber, el poder, la autoridad, el sacrificio y la Patria.
José de San Martín regresó una vez a América para ponerse al servicio de su tierra. Doscientos años después, somos nosotros quienes debemos emprender el camino inverso. Debemos ir a buscarlo. No al San Martín de la estatua, ni al San Martín de la consigna, ni al San Martín utilizado por una facción contra otra. Al verdadero. Al hombre de lucidez y coraje. Al conductor. Al Gran Capitán. Y traerlo nuevamente entre nosotros.
Porque la Patria todavía espera. Y los Andes todavía están delante de nosotros.
