El regreso de la novela misteriosa
Luz era su nombre
Por Silvia Moyano del Barco
Fondo de Cultura Económica. 125 páginas
Parasitada por la leyenda que creció en torno suyo, la novela perdió su peso específico en términos artísticos hasta culminar sepultada por las arenas del tiempo. Tuvo que esperar 64 años para ser reeditada.
Luz era su nombre es una historia que vale por sí misma. Su calibre literario le hubiera permitido, en su breve pero contundente carácter de nouvelle, imponerse entre los lectores. Sin embargo, su existencia fue apenas un chispazo.
En 1961 fue elegida ganadora del Premio Literario organizado por el diario La Nación, en el cual Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, entre otros, oficiaban de jurado. La autora, Silvia Moyano del Barco, recibió como premio la suma de 100.000 pesos. Su obra había sido considerada la “mejor novela inédita” del certamen. Era sólo el comienzo de una historia signada por el misterio.
Un año más tarde, en 1962, el original fue publicado por la editorial Guillermo Kraft. Pero lo extraño ocurrió después: Alicia Jurado reveló a Borges y Bioy Casares que la verdadera autora del texto era Estela Canto, antigua novia del autor de El Aleph.
Según esta versión, que la propia Canto le habría confesado a Jurado, fueron ella y su hermano Patricio los verdaderos autores. Le pidieron entonces a Moyano del Barco que pusiera la firma para evitar suspicacias. Había nacido el mito, había muerto la novela.
LA TRAMA
Y más allá de todo esto hay una novela corta con ritmo propio que, tal vez injustamente, quedó para siempre a la sombra de la leyenda. Su reedición, tantos años después, es sin dudas un acierto.
La trama es sencilla pero por esto no menos atrapante. Humberto es un joven que decide dejar su pueblo, Dolores, para jugarse un pleno en Buenos Aires: ser actor. La buena fortuna, sin embargo, le resulta esquiva.

Sin rumbo y con poco dinero, busca una solución extrema: casarse para resolver su situación económica. Una revista de citas lo llevará hasta una agencia, y ésta hasta Adelina, la mujer que él prefigura será su salvadora.
Ese es el inicio de una relación repleta de vaivenes, de intentos desesperados y rechazos contundentes. ¿Puede leerse en clave política este libro editado en la caliente década del ‘60? ¿Es Adelina, rica y terrateniente, la expresión de la oligarquía nacional? ¿Es Humberto el pueblo en lucha? ¿Es la de ellos una tensión natural de presumible dramático desenlace?
Lo cierto es que Adelina se erige como una figura resbaladiza e incierta. Un halo de misterio envuelve su vida y ella, pertinaz, se encarga de alimentar este perfil fantasmagórico. Ella es etérea; él, en cambio, encarna la más cruda desesperación terrenal: le urge tener dinero.
Un abismo los separa pero late la posibilidad de que los sentimientos, por encima de la posición social, hagan las veces de argamasa. Sólo tenemos que recorrer sus páginas para averiguarlo.
Gustavo García
