El papel de tornasol de la multitud
La política suele creer que toda expresión social relevante termina manifestándose en las instituciones, en los partidos o en las elecciones. Sin embargo, de tanto en tanto aparecen fenómenos que parecen desmentir esa convicción. En los últimos meses la Argentina ha conocido dos de ellos. Ninguno nació en el ámbito político, pero ambos movilizaron a cientos de miles de personas y dejaron una impresión semejante: debajo de la superficie institucional existen corrientes profundas cuya intensidad apenas alcanzamos a percibir.
La muerte de Carlos Alberto "El Indio" Solari produjo una de esas conmociones. Durante días, centenares de miles de personas atravesaron ciudades enteras para despedirlo. Las interminables filas frente al velatorio reunían jóvenes y adultos, trabajadores y profesionales, habitantes del conurbano y del interior, militantes peronistas, radicales, libertarios y personas completamente alejadas de la política. La diversidad era tan grande como el orden con que aquella multitud se desenvolvía. No había organización visible, consignas partidarias ni dirección centralizada.
Sin embargo, existía una cohesión difícil de explicar. Muchos dirigentes se preguntaron entonces qué significaba aquel fenómeno. Buscaban un mensaje político donde acaso existía algo más profundo. Solari no era el conductor de un movimiento ni el representante de una organización. Su autoridad provenía de otro lugar. Cada persona interpretaba de manera distinta sus canciones, encontraba en ellas resonancias propias y, sin embargo, todos reconocían una autenticidad que los convocaba. Uno de quienes aguardaban durante horas para despedirlo sintetizó ese sentimiento con una frase tan sencilla como reveladora: "Ahora tenemos que aprender a cuidarnos entre nosotros".
LAS PLACAS GEOLÓGICAS
Pocos meses después otro acontecimiento volvió a poner en movimiento esas placas profundas.
La Selección Argentina regresó del Campeonato Mundial sin el título, pero fue recibida por una multitud inmensa. Ya existía un antecedente extraordinario: cuatro años antes, tras la consagración en Qatar, cerca de seis millones de personas habían colmado autopistas, avenidas y calles de Buenos Aires en la movilización espontánea más numerosa de la historia argentina. Esta vez la convocatoria fue menor, aunque igualmente impresionante. No se celebraba un campeonato sino algo quizá más perdurable: el esfuerzo colectivo, la calidad deportiva, la capacidad para resistir en inferioridad numérica hasta el minuto 107 de la final y el triunfo memorable frente a Inglaterra en la semifinal, conseguido con una remontada épica en los últimos minutos del encuentro.
Pero, además, aquella multitud homenajeaba otro gesto: el cartel improvisado que los jugadores levantaron después del partido proclamando que "Las Malvinas son argentinas", desafiando una reglamentación tan absurda de la FIFA como cierta tendencia doméstica a considerar que toda reivindicación nacional constituye una incomodidad diplomática.
MULTITUD NO ES MASA
¿Qué une acontecimientos tan distintos? La pregunta remite a una vieja discusión de la filosofía política. A fines del siglo XIX, Gustave Le Bon veía en las multitudes una realidad esencialmente irracional, fácilmente manipulable por las emociones y los líderes carismáticos. Su célebre Psicología de las multitudes influyó durante décadas sobre la manera de comprender las movilizaciones colectivas.
Sin embargo, los episodios argentinos parecen desmentir esa descripción. No fueron explosiones caóticas ni masas violentas. Fueron reuniones espontáneas de una sociedad que, lejos de perder el control, mostró una notable capacidad de autorregulación.
Tal vez resulte más fecunda la mirada de Elias Canetti. En Masa y Poder
sostuvo que la multitud nace cuando desaparece el miedo que normalmente separa a los individuos. Por un instante, las diferencias sociales se suspenden. El empresario y el obrero, el joven y el anciano, el peronista y el libertario dejan de percibirse como extraños y participan de una experiencia compartida. No desaparecen las diferencias; simplemente dejan de organizar el vínculo entre las personas.
También Émile Durkheim ayuda a comprender estos fenómenos mediante su idea de la "efervescencia colectiva". Existen momentos excepcionales en que una sociedad parece tomar conciencia de sí misma. Las ceremonias religiosas cumplían antiguamente esa función. Las naciones modernas encuentran esos momentos en otros rituales: funerales, celebraciones deportivas, conmemoraciones patrióticas. Lo que allí se celebra no es solamente una persona o una victoria. Es la propia comunidad descubriéndose a sí misma.
José Ortega y Gasset observó el ascenso histórico de las masas con una mezcla de fascinación y preocupación. Temía que la expansión del hombre-masa terminara erosionando las jerarquías culturales y sustituyendo la excelencia por la mediocridad. Pero un siglo después quizá debamos invertir parcialmente esa perspectiva. El problema ya no parece ser el exceso de masas sino el déficit de comunidades. Las instituciones políticas, los partidos y muchas organizaciones tradicionales encuentran crecientes dificultades para producir pertenencia. Cuando aparecen figuras capaces de despertar identificaciones compartidas, la sociedad parece reencontrarse fugazmente consigo misma.
Desde otra tradición intelectual, Ernesto Laclau propuso distinguir entre la representación política y aquellos símbolos capaces de condensar demandas muy diversas. Los llamó "significantes vacíos": emblemas suficientemente abiertos como para que grupos diferentes proyecten sobre ellos expectativas distintas sin perder un sentimiento de pertenencia común. Acaso el Indio Solari o la Selección funcionen de ese modo. No representan una identidad política determinada. La hacen visible. Cada participante encuentra allí algo diferente, pero todos reconocen simultáneamente un mismo espacio simbólico.
ELLOS NO REPRESENTAN, REVELAN
Por eso ni Solari ni Lionel Messi -ni siquiera la propia Selección- pueden entenderse como representantes de una multitud. Actúan más bien como el papel de tornasol de un laboratorio: no producen la reacción, simplemente revelan una composición que permanecía invisible. ¿Y qué revela esa composición?
Tal vez un ideal social que la política todavía no consigue expresar de manera estable. Un ideal donde conviven el orgullo nacional con la solidaridad horizontal; el reconocimiento del mérito con la valoración del esfuerzo colectivo; el patriotismo y la convicción de que la comunidad constituye un bien tan necesario como la libertad individual. En el velatorio del Indio esa intuición apareció condensada en una frase anónima: "Ahora tenemos que aprender a cuidarnos entre nosotros". En las calles que recibieron a la Selección se manifestó como celebración del coraje, del sacrificio compartido y de una pertenencia nacional que parecía trascender todas las divisiones partidarias.
La política continúa buscando mayorías electorales, liderazgos y representaciones. Mientras tanto, debajo de ese escenario, la multitud aparece y desaparece como un movimiento geológico. No formula programas ni organiza partidos. Pero cuando emerge señala, con una precisión que ninguna encuesta consigue alcanzar, cuáles siguen siendo los afectos, las lealtades y las aspiraciones profundas de una sociedad. Quizá la tarea más urgente de la política no consista en conducir esa multitud, sino en aprender primero a escucharla.
