El pan fue una de las preocupaciones del Cabildo, por la calidad, para que no se hiciera trampa con el peso, para lo que estaba el Fiel Ejecutor que controlaba las medidas. Se vendía en algunas panaderías y en la Recova. Lucio V. Mansilla en sus Memorias recordaba que en Buenos Aires abundaban las panaderías, decía: "Buen negocio ha sido quien coma pan, lo mismo el horno de ladrillo, que si no edifican, habrá que componer; y nada digo de las gallinas que son huevos frescos, y de los chanchos, que tanto se reproducen, que no requieren cuidado".
EL FRANCES
En la panadería de Musiú Adel, un francés de pelo en pecho, con numerosa familia y lindas hijas, a los hijos del general Lucio Norberto Mansilla camino a la escuela les obsequiaban un bizcocho caliente. Ese bizcocho debía ser muy esperado porque en su casa la vida cotidiana comenzaba con el desayuno de los niños: un vaso de leche con espuma, y nada de pan, para estudiar enseguida.
El propietario Musiú Adel solía estar en la puerta de traje, con "mucha harina en la cara y en las manos, como Pierrot, y hasta en el busto".
Por la calle Potosí se encontraba la panadería de Martincho, petiso y con chaleco colorado, que con todas las personas de respeto se trataba y se tuteaba. Describía Mansilla—: "Un trabajador sin pretensiones, que quería hacer su dinero honradamente, que lo hizo y fundó una familia considerable".
Se barruntaba que era Iraola de apellido, lo que hemos podido confirmar, con local en esa calle al número 97.
Además, algo que ha sido común en las panaderías de barrio en aquel Buenos Aires y que sucede ahora, los Mansilla, cuando tenían que asar un pavo grande, lo llevaban al horno de la panadería.
Por esa misma calle, siguiendo el paredón de la capilla de San Roque, se encontraba la panadería de Tobal, "medio bisojo, de talla ordinaria, blanco, relación de mi padre y medio unitario", cuyos fondos daban al primitivo Congreso.
La casa de Mansilla era provista por vendedores ambulantes, recuerda que: "El aguatero o aguador, era esperado con tanta paciencia como el panadero con sus árganas, el lechero con sus tarros, el pescador con sus ristras y el moreno o la morena con sus canastos y tableros gritando. Duraznos y pelones, pasteles y empanadas calientes, haciéndoles coros los vendedores morenos casi siempre, de chicha algarroba, de tripas y mondongo, y otro grito popular: “Llora niño, que el que no llora no mama, ¡Alfajores dulces, leche! ¡Llora niño! ¡Mazamorra! ¡Leche gorda!".
A LOMA DE MULA
José Antonio Wilde en sus recuerdos de Buenos Aires, también trae el recuerdo del panadero, o repartidor de pan de la época de la colonia, aunque a fines del siglo XIX critica a los de ese momento que "se instalan en su carro o jardinera, llevándose por delante cuanto encuentra al paso, como una de las tantas manifestaciones de la vida activa en el día".
En su tiempo "todo era calma, y había tiempo para todo", el panadero "llevaba sus enormes árganas", con pan crujiente, "sobre el lomo de una paciente mula, que no salía del tranco y, cuando más, de un trote corto. Los repartidores eran, puede decirse, en su totalidad, hijos del país".
Llegaban muy temprano y "a las diez de la mañana ya habían terminado su reparto en las casas particulares y en las pulperías".
Las horas que seguían las mataba, y jugando a las cartas en alguna de las pulperías, comiendo o durmiendo en su casa, ya que el oficio lo obligaba a levantarse mucho antes de la madrugada.
Algo que los distinguía era hacerse de un caballo trotador y de un apero más o menos lujoso, con algunas prenditas de plata; cosa que pronto adquiría, pues eran una especie de símbolo del gremio. Ello provenía de sus ganancias cuando era cuentapropista o, en caso de ser simplemente un repartidor, "de algún pesito que demoraba en rendirle al patrón, alcanzaba para eso y para darse otros pequeños gustos".
Arthur Onslow fue un dibujante y litógrafo francés que llegó a Buenos Aires en 1829 y se asoció a su compatriota César Hipólito Bacle en su establecimiento litográfico. En 1830 dibujó la lámina que ilustra este artículo.
En la exposición que realizara en 1933 Amigos del Arte, Alejo B. González Garaño señalaba que la que se exhibía en ese momento era el único ejemplar conocido, lo que le otorga un valor aún mayor, ya que además fue la portada del catálogo de la muestra.
La imagen está tomada en el frente de la Litografía del Estado, propiedad de Bacle, ubicada en la calle Victoria (Hipólito Yrigoyen) 148 de la antigua numeración. En el frente se observa el letrero y, en una de sus caras, un escudo nacional, rodeado de banderas y la indicación oficial del establecimiento. La ventana, protegida por una reja sencilla, sirve de escaparate de la litografía. Junto al vendedor, una mulata cocinera, envuelta en su rebozo, compra el pan que aquel saca de sus árganas de cuero crudo. Detrás, una negrilla, y sobre la vereda, resguardada por unos postes, dos niños observan las imágenes de la vidriera, mientras que otro está sentado en el umbral del local, probablemente un hijo de Bacle.
Volveremos con otros personajes de aquella ciudad en otras notas.
