El país será siempre hincha de esta Selección
“Soy hincha de la Selección / La aliento con el corazón…”.
No había argentino que resistiera la tentación de cantar La Cuarta Estrella, la reversión que Palmito hizo de No me arrepiento de este amor, el clásico de Gilda. Se la entonaba antes, durante y después de cada partido de Argentina en el Mundial, en el colectivo, el tren o el auto cuando se viajaba pensando en el encuentro que se venía o en el que pasó y hasta se la repetía en la ducha en la más absoluta de las soledades... Se la cantaba siempre. Era inevitable porque el equipo de Lionel Scaloni logró algo único: todo el país es hincha de la Selección. Y lo será para siempre, aun en la derrota.
En una tierra en la que siempre es posible encolumnarse en un bando o en el otro y entregarse a cualquier división con el más ciego de los fanatismos, hoy el conjunto albiceleste se convirtió en un símbolo de unión. Sí, los argentinos son hinchas de la Selección. Y, por supuesto, todos cantaban…
“Ganamos la tercera con Lionel / Queremos ser campeones otra vez…”.
Lionel Messi es el referente este Seleccionado. Simpatizantes de todas las edades se encomendaron a él para recuperar la alegría que el público futbolero había perdido. Y no solo no defraudó a quienes confiaron en él, sino que los convenció de que estaba prohibido negarse a la posibilidad de soñar en grande. ¿Cómo no rendirse ante su fútbol irresistible? ¿Cómo no asombrarse de que a los 39 años haya hecho más, muchísimo más de lo que se esperaba de él? ¿Cómo no pensar que el fútbol no le debía un título, sino dos? ¿Cómo resignarse a que sea solo uno?

El final fue con lágrimas de pena para Lionel Messi, el símbolo máximo de este equipo inolvidable.
“Y treinta y dos años después / La Scaloneta va a vengar / La copa que le robaron al Diez / La que no nos dejaron levantar…”.
Se antojaba tan fuerte el vínculo que la Selección edificó con su gente que hasta se ganó un nombre propio. No es Argentina, no es el Seleccionado nacional, es La Scaloneta, un fenómeno de pasión popular como pocas veces se vio. Por eso se le encomendó la misión de sanar una herida que jamás cicatrizó: la frustración del Mundial 94, cuando a Diego Maradona le cortaron las piernas.
¿Y cómo no se le iba pedir que reparara esa injusticia si su dimensión de equipo invitaba a soñar con un futuro mejor? Si tenía a Dibu Martínez -sí, claro su nombre es Emiliano-, un arquero ciento por ciento ganador. Si en el fondo emergía como un bastión insuperable El Cuti Cristian Romero. Si Lisandro Martínez mostraba la firmeza que en Qatar exhibió Nicolás Otamendi. Si Nahuel Molina -de flojo Mundial-, Gonzalo Montiel y Nicolás Tagliafico daban la cara …
Si en el medio dejaba la vida Rodrigo de Paul. Si Leandro Paredes ordenaba y clarificaba con su exacta combinación de sacrificio y calidad. Si, aun un nivel inferior al de hace cuatro años, Alexis Mac Allister y Enzo Fernández hacían lo que podían y si Giovanni Simeone, Thiago Almada y Nicolás González ayudaban cuando les tocaba entrar. Y si tanto Julián Álvarez como Lautaro Martínez eran un peligro constante. ¡Qué equipazo formó Scaloni!

Por si fuera poco, La Scaloneta le hizo un aporte a la historia del fútbol argentino: puso en valor las estrellas de 1978 y 1986.
“Quiero ver la cuarta estrella / Brillar en la camiseta…”.
El título en Qatar consiguió algo todavía más importante: les devolvió su lugar en la historia a los campeones mundiales de 1978 y 1982. Nadie se acordaba de ellos. Injustamente, los habían dejado a un lado. Volvieron al pedestal del que nunca debieron haberse bajado El Matador Mario Alberto Kempes, Daniel Passarella, El Pato Ubaldo Matildo Fillol, El Tata José Luis Brown, el cordobés José Luis Cuciuffo, El Cabezón Oscar Ruggeri, Jorge Burruchaga, Jorge Valdano… ¡Cuántos héroes olvidados por la oscura fascinación de dividirse durante tanto tiempo en menottistas y bilardistas! Absurdo… Si el fulgor de esas dos estrellas hoy se aprecia tan intenso como el de la 2022.
“Soy argento de la cuna / Hasta el cajón…”.
Sí, claro. Esta Selección exaltó el orgullo de salir a la calle con el celeste y blanco de la cabeza a los pies. Reinstaló la noción de identidad de un pueblo que saca pecho cuando viste la camiseta argentina. No puede ser de otro modo si este equipo de Scaloni defendió esos colores con una pasión, un corazón y una entrega tan grandes que disimularon la falta de juego en varios de los partidos de esta Copa del Mundo. La Scaloneta no se rindió jamás. Dejó la vida en cada partido.

Estos jugadores hasta tuvieron la grandeza de dejar sentada su posición sobre Malvinas.
“Por Malvinas, por el Diego / Por la última de Leo / Argentina quiero verte bicampeón”.
Por más que la lógica aconseje no mezclar la patria con el fútbol, este equipo no dudó en reivindicar la soberanía sobre las Islas. Tuvo ese gesto para sepultar cualquier motivo de división. Porque Malvinas une a todos y cada uno de los argentinos. Y nunca perdió de vista el legado de Maradona, ese jugador perfecto en la cancha que lejos de ella fue un hombre que cometió todos los errores posibles…
Ya no está Diego y el paso del tiempo también obliga a pensar que se aproxima el fin de los días de Messi con la camiseta número 10 y la cinta de capitán. Estos futbolistas veneran a Leo. Lo aman. Lo ayudaron a ser el mejor. Se jugaron a todo o nada por él. Con esa entrega no había otra alternativa que desear que la Copa del Mundo estuviera nuevamente en manos argentinas. Y aunque ese deseo no se cumplió, no hay dudas de que para siempre el país será hincha de esta Selección.

Sin dudas, la Selección se ganó un lugar en el corazón del pueblo futbolero.
