SAN FRANCISCO DE ASIS Y SU LEGADO EN PELIGRO, A 800 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO

El pacifista en las Cruzadas

La audacia del santo, que fue al encuentro del sultán de Egipto para convertirlo o alcanzar el martirio, hoy es reinterpretada en clave dialoguista y fraternal. Mientras su lección se deforma, la presencia de los franciscanos en Tierra Santa también está en riesgo.

La figura de San Francisco de Asís (1182-1226) ha sido objeto de todo tipo de desfiguraciones a lo largo del tiempo. A Francisco, decía ya Chesterton en su notable biografía sobre el santo, se lo podría presentar como un "modelo de virtudes sociales" o incluso como la encarnación anticipada de "lo más liberal y simpático del hombre moderno", sobre todo por sus demostraciones de amor a la Naturaleza, su sentido de la compasión social o su advertencia de los peligros espirituales de la prosperidad". Se lo podría ver como un hombre más, sin interesarse por su teología ascética, o como un "héroe del humanitarismo". Pero hay todavía otra deformación más reciente que consiste en presentarlo como un precursor de ese tipo de diálogo interreligioso moderno que esconde un sincretismo.

Esta última es una desfiguración del histórico encuentro que mantuvo san Francisco en 1219 con el sultán de Egipto, presentada hoy en clave fraternal. La desfiguración se ve facilitada porque muchos ni siquiera saben que Francisco participó en un Cruzada. Y menos todavía que, si fue a Tierra Santa en una de esas campañas militares, y atravesó las líneas enemigas, fue para verter la propia sangre con tal de convertir a los sarracenos. No es esa, precisamente, la inspiración del diálogo interreligioso actual, por mucho que invoque la figura del santo.

Por todo esto, al cumplirse 800 años del fallecimiento de san Francisco, ocurrido el 3 de octubre de 1226, tiene sentido revisar los contornos reales de aquella expedición a Egipto y los contornos reales del propio santo. Porque se insiste mucho en su pacifismo y en el hecho de que se embarcó en las Cruzadas para acabar con ellas, sin decir que se proponía alcanzar ese propósito por conversión.

EPOCA VIOLENTA

Hay que tener en cuenta la época que le tocó vivir a Francisco, que era, en esencia, una época violenta. La guerra enfrentaba en ese momento al papa con el emperador; a la Cristiandad de Occidente contra el Islam, en el intento por reconquistar el reino latino de Jerusalén; a la nobleza contra la burguesía; e incluso a las jóvenes ciudades rivales de Italia.

En un contexto semejante, no resulta tan extraño que Francisco abrigase de joven la idea de ser soldado. De hecho, no le faltó oportunidad para probarse con las armas.

Contra la idea de un Francisco pacifista, el sacerdote francés Michel Hubaut (OFM) recuerda que en los escritos del santo no se encuentra alusión alguna a un compromiso concreto para construir la paz entre los hombres, los pueblos y las culturas. "Por temperamento era un combatiente", afirma.

Fue ese ardor el que lo llevó, ya fundada su orden, a intentar tres veces marchar a tierra de infieles para propagar, con la efusión de su sangre, la fe en la Trinidad. La primera de ellas en la primavera de 1212, cuando se embarcó rumbo a Jerusalén y naufragó en medio de una tormenta frente a la costa de Dalmacia, lo que obligó al santo a regresar a Italia. La segunda, en 1215, cuando su viaje a pie hacia Marruecos se frustró por una enfermedad en momentos en que ya había cruzado Francia y se encontraba en España. Y la tercera cuatro años después, durante la quinta Cruzada.

En esa ocasión se embarcó en julio de 1219 en Ancona rumbo al oriente, pasando por Chipre, San Juan de Acre y Damieta, en el delta del Nilo.

Los cruzados habían empezado esa quinta Cruzada combatiendo en Galilea, pero su fracaso los había llevado a dirigirse en 1218 a El Cairo en busca de conseguir allí "las llaves de Jerusalén". La explicación de esto es que, en Damieta, a orillas del mar que domina el delta y protege a El Cairo, se encontraba la plaza fuerte del líder de los musulmanes, el sultán de Egipto y de Siria, Al-Kamil al-Malik, sobrino del gran Saladino, que controlaba gran parte de los territorios de Tierra Santa.

Francisco aprovechó una tregua entre ambos bandos para cumplir su propósito martirial cruzando desarmado las líneas enemigas para ir a predicar ante el sultán al-Malik y lograr así su conversión y la de sus hombres, como señalan ya sus dos primeros biógrafos, el fraile Tomás de Celano y san Buenaventura.

Que hubo un encuentro entre Francisco y el sultán es un hecho histórico hoy incontrovertible.

Se sabe que el santo avanzó acompañado solo de fray Illuminato di Rieti. San Buenaventura cuenta que, en medio de su avance, se cruzaron con los guardias sarracenos, que se precipitaron sobre ellos "como lobos sobre ovejas" y los trataron con crueldad. Tomás de Celano añade que fueron “molidos a azotes” y amenazados con suplicios. Pero fueron llevados en presencia del sultán.

El relato de san Buenaventura señala que, una vez allí, fue interrogado por el jefe sobre quién los había enviado y cuál era su propósito, a lo que “el siervo de Cristo, Francisco, le respondió con intrepidez que había sido enviado no por hombre alguno, sino por el mismo Dios altísimo, para mostrar a él y a su pueblo el camino de la salvación y anunciarles el Evangelio de la verdad. Y predicó ante dicho sultán sobre Dios trino y uno y sobre Jesucristo salvador de todos los hombres...”.

PRUEBA DE FUEGO

Los biógrafos coinciden en que el sultán, estupefacto por el desprendimiento que mostraba Francisco ante las riquezas ofrecidas, y conmovido por sus palabras, lo miraba como a un hombre distinto y lo escuchaba con gusto.

San Buenaventura menciona también el reto que propuso san Francisco al sultán para convencerlo de la fe mediante la prueba del fuego, inmortalizada en los frescos de Asís. Ofreció, y algunos dicen que llegó a realizarlo, echarse a las llamas para probar la divinidad de su religión, retando a los doctores musulmanes a que hiciesen lo mismo, aunque estos permanecieron callados y uno de ellos incluso se retiró con sigilo durante la discusión.

El sultán, finalmente, rehusó aceptar la propuesta de Francisco porque temía una sublevación del pueblo, pero le ofreció muchos y valiosos regalos, que Francisco rechazó.

“Viendo el sultán en este santo varón un despreciador tan perfecto de los bienes de la tierra, se admiró mucho de ello y se sintió atraído hacia él con mayor devoción y afecto”, dice san Buenaventura.

“Y, aunque no quiso, o quizás no se atrevió a convertirse a la fe cristiana, sin embargo, rogó devotamente al siervo de Cristo que se dignara aceptar aquellos presentes y distribuirlos -por su salvación- entre los cristianos pobres o las iglesias...”, añade, en lo que Chesterton interpreta como la sugerencia del narrador de que hubo una conversión secreta.

Si la hubo no fue visible ni se produjo el martirio que el santo había contemplado, por lo que Francisco volvió a su tierra frustrado. Pero el encuentro sirvió para que el sultán garantizara la seguridad del poverello de Asis y le otorgara un salvoconducto para visitar los lugares santos de Jerusalén. En la práctica, sirvió para facilitar que los franciscanos fueran tolerados en la región.

Los franciscanos ya habían comenzado a llegar a la zona un par de años antes, en 1217. Pero la expedición de san Francisco allanó el camino para su presencia segura.

Lo paradójico del caso es que la lección que nos dejó el santo, su celo por lograr la conversión del sultán a Cristo, hoy no solo es desautorizado por la Iglesia, sino que es desautorizado incluso en nombre del propio santo.

En efecto, desde las aperturas del Concilio Vaticano II, y en particular, desde la declaración conciliar Nostra aetate, se ha ido operando un cambio profundo en las relaciones interreligiosas para orientarlas en un sentido fraternal, y se ha invocado para eso el ejemplo del santo que salió al encuentro del sultán.

Así lo admite una reciente nota vaticana titulada Un camino de esperanza, que se complace al ver cómo aquel “breve pero audaz” documento que fue Nostra aetate “ha transformado radicalmente el rostro de las relaciones interreligiosas”.

La nota firmada por León XIV repasa la evolución del diálogo entre las religiones -incluidos los equívocos encuentros de oración ecuménica realizados en Asís por Juan Pablo II y Benedicto XVI- para mostrar la supuesta inconveniencia de hacer hoy "proselitismo" de la propia fe.

En particular, llama a “abandonar las lógicas de defensa, hostilidad o conquista, para adoptar una actitud abierta, benévola y valiente”. Y añade en su numeral 54: “La defensa intransigente de la propia posición y el proselitismo como única forma de encuentro con “el otro”, ya no tienen sentido en un mundo que se asemeja cada vez más a una aldea global interconectada y en continuo fermento”.

Es posible preguntarse, entonces, como hizo el cardenal Gerhard Müller hace pocos días, si la lección de san Francisco al querer convertir a Cristo a los infieles, sigue siendo válida. El cardenal respondía, por supuesto, que sí, aunque lamentaba que “cierta deriva sentimentalista y relativista ha pintado a san Francisco como un precursor del sincretismo moderno, un profeta del diálogo pacifista como fin en sí mismo, donde todas las religiones se equivalen y nadie posee la verdad. Esto es una falsificación histórica y teológica”.

“Francisco -recordaba- no fue a Egipto para abrir una tertulia diplomática, ni para confirmar al sultán en su fe. Francisco fue al sultán impulsado por el amor a las almas y por la certeza inquebrantable de que Jesucristo es el único salvador de todos los hombres. El verdadero amor al otro no consiste en dejarlo en el error, sino en anunciarle la verdad que libera”.

TIERRA SANTA

Por desgracia, no es el único legado de san Francisco que está en riesgo. La presencia de los franciscanos en la región también está amenazada.

Esa presencia en los santos lugares fue conseguida a lo largo de un proceso lento que llevó más de un siglo desde el histórico encuentro con el sultán. El punto de inflexión definitivo ocurrió en el año 1342 cuando el papa Clemente VI promulgó en simultáneo dos bulas papales, Nuper Carissime y Gratias agimus, que definieron la misión de los Frailes Menores en Tierra Santa.

Esos documentos fueron el acto jurídico fundacional de la Custodia de Tierra Santa, con los que el papa confió a los franciscanos la protección de los lugares relacionados con la vida de Jesucristo, como el Santo Sepulcro, Belén o Nazaret, y la organización del culto litúrgico en esos sitios.

Desde entonces la Custodia de Tierra Santa ejerció esa función hasta nuestros días sin interrupción.

Eso podría cambiar. En medio de la guerra iniciada por Israel y Estados Unidos contra Irán y de la devastación de Gaza, la Custodia lanzó en marzo una alerta por los intentos que se producían para alterar los acuerdos históricos que regulan el acceso y la propiedad de los lugares santos en Jerusalén y alrededores. Aunque luego se lograron acuerdos temporales para permitir las celebraciones litúrgicas y se levantaron restricciones, las cosas no mejoraron en lo sustancial sino empeoran por la inestabilidad en Cisjordania.

Según el padre Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa, la situación sigue siendo dramática para las comunidades cristianas asfixiadas económicamente, que empiezan seriamente a pensar en dejar la tierra.