LOS CUENTOS COMPLETOS DE UN AUTOR ESENCIAL DE LA LITERATURA ARGENTINA
El ojo del artista en la sortija
Reunieron en un solo volumen todos los relatos de Juan José Saer. Una obra que hizo de la percepción un método y del Litoral un mundo extraordinario, y que la crítica tardó demasiado en consagrar.
Cuentos completos... qué cosa maravillosa. Entre los productos insoslayables de la industria editorial figura, sin duda, la compilación de los relatos breves de un escritor de fuste. Esa especie nos permite descubrir los pliegues de una vida consagrada a la Alta Literatura: el nacimiento de una voz, la evolución temática y estilística, el acierto y el error; incluso, la decadencia. El sello Seix Barral acaba de publicar Cuentos Completos de Juan José Saer (1937-2005), un reconocimiento tardío pero justísimo a uno de los escritores esenciales en la era postborgeana.
En seiscientas diez páginas se atesoran seis libros: Lugar (2000), La mayor (1969-1975), Unidad de lugar (1966), Esquina de febrero (1964-1965), Palo y hueso (1961) y En la zona (1957-1960), dispuestos en orden cronológico inverso. Para el neófito sería preferible avanzar de atrás hacia adelante, propone Fabián Casas en un prólogo que, ¡ay!, no está a la altura de la extraordinaria recopilación. "Me parece que en los últimos cuentos de Saer, los de Lugar que abren el volumen, hay cierta pérdida de la potencia creadora", añade el poeta. Afirmación muy discutible, por cierto, como toda la que descansa en el gusto. Casas sostiene además que el proyecto saeriano de "borrar las fronteras de los géneros desde la poesía" es "una decisión anticapitalista". Otro disparate.
Entre otras gemas, Lugar incluye "Traoré (un vulgar asesino y violador)", que enlaza con elegancia una mitología africana con dos barrenderos musulmanes en la Place Vendôme. Allí se nos previene contra el "despotismo irracional de los juglares", empeñados en suplantar el mundo con su canto, y se nos advierte que "los que únicamente se valen de la palabra (como Saer, como el que esto escribe) integran una casta formada por lo más bajo de la sociedad".
METAFISICA Y PAISAJE
Se disfrutan también, a lo largo del volumen, los relatos tributarios del corpus mayor. Los personajes, como el entrañable Carlitos Tomatis, a veces un alter ego, transitan del cuento a la novela y viceversa, un procedimiento que el santafesino, tan devoto de la escuela francesa, pudo haber tomado de Balzac. La pandilla litoraleña le permite expresar, mediante el llamado “relato enmarcado”, alguna ocurrencia largamente rumiada. Verbigracia: en “El hombre no cultural” se postula que habría en nuestras cavernas interiores una región informulada, virgen de todo contacto humano, en los límites entre la vida y la materia inanimada.
Esa densidad metafísica, especialidad de la casa, se extiende al paisaje y a los fenómenos naturales, otra gloria de la escritura saeriana: un atardecer en la llanura, el sol implacable, el río que corre indiferente a nuestra desesperación, la ciudad calcinada por veranos impiadosos, la inundación o la sequía que amenazan con aniquilarnos. Todo ello aparece registrado con una prosa impresionista (otra herencia francesa), es decir, atenta al efecto que el objeto produce en la mirada de quien lo observa. "Los cinco sentidos son más inexplicables que la totalidad de la materia ígnea, pétrea o gaseosa", concluye el astronauta de “Ligustros en flor”.
Fragmentos de pura experiencia presente, ha definido la academia al procedimiento impresionista de Saer, presente del primero al último libro. Hay aquí un estilo en juego, señores. Un proyecto estético, quítese el sombrero. Una nueva narración hecha a puras impresiones o recuerdos. En La mayor, el autor se explica: "...la posición del narrador sería semejante a la del niño que, sobre el caballo de la calesita, trata de agarrar a cada vuelta los aros de acero de la sortija". De ahí la proliferación de redundancias, el capricho del relato sin punto y aparte, la variante neobarroca, la desaceleración radical de la escritura, el desdén por la Gran Anécdota, el impulso lírico exacerbado. Exagerar es un arte, sostiene Saer.
LAS TRES HADAS
En algún lugar, Saer estableció que los tres elementos fundamentales del cuento son la conciencia, el estilo y el lenguaje. Aquí están presentes los tres, con una singularidad sin par en las letras argentinas.
El único momento en que la narración quizá decae (decir "fracasa" sería excesivo) llega cuando el autor juega a ser Borges, el inimitable. En los primeros textos, muy desparejos, pasamos así del compadrito porteño al "compadrón" litoraleño, como Atilio, el de gatillo fácil. Se advierte que el género policial seduce a Saer, quien hasta nos regala, en boca de Tomatis, un argumento para Sherlock Holmes.
La otra tríada fastuosa de sus cuentos, como se dijo, es santafesinidad, metafísica e impresionismo. En ese caldero se cocieron piezas excelentes como el tremendo "Barro cocido", que reescribe la parábola del hijo pródigo con un desenlace diametralmente opuesto al que inspiró a Lucas, el médico evangelista.
Queda claro que Saer fue un cuentista notable en la juventud, en la adultez y en la senectud. Pero la consagración le llegó tarde, como a tantos otros autores argentinos. Fue un secreto para entendidos hasta que críticos de la talla de Beatriz Sarlo proclamaron en la década del ochenta que había otra estrella brillante en la constelación del boom latinoamericano.
En El concepto de ficción (Ariel, 1997), Saer cita a Goethe: “...en su epopeya subjetiva el autor pide permiso para tratar al Universo a su manera; el único problema consiste si tiene o no una manera; el resto viene por añadidura…”.
Vaya si existe una “manera saeriana”, una forma y una simbología propias. Usando sus propias palabras “consiste en darle mayor vividez a lo que nos rodea”.
