El rincón del historiador
El monumento que pudo cambiar la postal de La Plata
Casi treinta metros de altura, cinco niveles, mármol de Carrara y una historia argentina tallada en sus paredes. El Arco de la Unidad Nacional debía levantarse en Plaza Olazábal, pero el golpe de 1955 lo dejó para siempre en los planos.
Miles de autos atraviesan todos los días la zona de 7 y 38 del centro de La Plata. Algunos bordean Plaza Olazábal, otros esperan el semáforo y continúan viaje sin imaginar que, si la historia argentina hubiera tomado otro rumbo en septiembre de 1955, sobre ese espacio podría levantarse hoy una mole de casi treinta metros de altura.
No sería una construcción menor. Probablemente se habría convertido en una de las postales más reconocibles de la ciudad de las diagonales.
Allí estaba proyectado el “Arco de la Unidad Nacional”, una obra monumental concebida durante el gobierno bonaerense del peronista Carlos Aloé y pensada para integrarse a la transformación simbólica que atravesaba por entonces la capital provincial.
La ciudad tenía incluso otro nombre. Desde 1952, después de la muerte de Eva Perón, La Plata había sido rebautizada como “Ciudad Eva Perón”. Algunas de sus principales avenidas también habían cambiado de denominación y la impronta política del segundo peronismo aparecía cada vez con mayor fuerza en el espacio público. Dentro de aquel escenario nació la idea del arco.
UN SIMBOLO
No se trataba simplemente de levantar una estructura ornamental. El proyecto buscaba construir un símbolo. Y los símbolos, sobre todo cuando están hechos de piedra, suelen sobrevivir mucho más que los gobiernos que los levantan.
El proyecto preveía una estructura de dimensiones difíciles de ignorar. El arco tendría alrededor de treinta metros de altura y estaría distribuido en varios niveles. Contaría con subsuelo, planta baja, tres pisos y una terraza que funcionaría como mirador.
También se había previsto la instalación de un ascensor.
La construcción demandaría miles de toneladas de mármol de Carrara y estaría cubierta por relieves escultóricos destinados a narrar distintos momentos de la historia argentina.
No era un arco pensado solamente para ser atravesado.
Era un edificio. Un monumento. Y, al mismo tiempo, una declaración política.
La elección de Plaza Olazábal tampoco era casual. Ubicada sobre uno de los ejes centrales de la ciudad, la obra habría quedado integrada a la trama geométrica diseñada desde la fundación de La Plata. El impacto visual habría sido enorme.
Hoy cuesta imaginarlo porque en ese lugar no quedó siquiera una estructura inconclusa que permita dimensionarlo. No hay cimientos expuestos ni bloques abandonados. Solo existen los planos, las imágenes del proyecto y la reconstrucción de una obra que nunca llegó a incorporarse al paisaje.
CUANDO LA PLATA SE LLAMO EVA PERON
Para comprender el arco también es necesario regresar al clima político de aquellos años.
Después de la muerte de Eva Perón, en julio de 1952, la Legislatura bonaerense decidió reemplazar el nombre de La Plata por el de “Ciudad Eva Perón”. No fue el único cambio.
La avenida 7 pasó a llevar el nombre de Juan Domingo Perón y la 13 quedó asociada a Eva Perón. La simbología oficial fue ocupando espacios dentro de una ciudad que, desde su origen, había estado cargada de significados políticos. Carlos Aloé gobernaba entonces la provincia de Buenos Aires.
El “Arco de la Unidad Nacional” encajaba dentro de esa lógica de monumentalización que atravesaba al segundo peronismo y que encontraba en la arquitectura una herramienta para representar ideas como la justicia social, la independencia económica y la soberanía política.
El monumento debía ser terminado hacia 1957. Nunca llegó a esa fecha. Pero antes de desaparecer, el proyecto alcanzó un grado de desarrollo suficiente como para conocer buena parte de lo que habría mostrado.
UNA HISTORIA ARGENTINA TALLADA EN MARMOL
Los relieves previstos para el arco permiten entender que la intención iba mucho más allá de levantar un homenaje personal. La obra estaba pensada como una suerte de relato histórico construido en piedra. Allí aparecerían escenas vinculadas con la fundación de Buenos Aires, la Revolución de Mayo, la salida de los ejércitos libertadores, la Conquista del Desierto y la llegada de los inmigrantes.
Pero esa narración desembocaría inevitablemente en el presente político de quienes habían encargado la obra. También estaban previstos el 17 de octubre, Perón rodeado de trabajadores y distintas representaciones de los principios centrales del movimiento justicialista.
En ese sentido, el “Arco de la Unidad Nacional” habría funcionado como una especie de libro abierto sobre la historia argentina. Solo que ese libro no estaría escrito con tinta. Estaría tallado en mármol. Y su última página llevaría la marca del peronismo.
UN ESCULTOR ITALIANO Y TONELADAS DE CARRARA
En esa búsqueda de monumentalidad aparece también la figura del escultor italiano Leone Tommasi.
Tommasi había desarrollado parte de su carrera trabajando con mármol y estaba vinculado con otros grandes proyectos impulsados por el peronismo.
Su nombre quedó asociado especialmente al gigantesco monumento al “Descamisado”, luego reconvertido como homenaje a Eva Perón, que debía levantarse en Buenos Aires y que tampoco llegó a completarse.
El método de trabajo tenía una escala acorde con aquellas ambiciones. Los modelos podían realizarse en la Argentina y posteriormente trasladarse a Italia para ser ejecutados en mármol de Carrara antes de regresar al país.
El “Arco de la Unidad Nacional” participaba de esa misma concepción. No debía parecer una obra provisoria.
Estaba pensado para durar. La paradoja es evidente: se proyectó como una construcción destinada a atravesar generaciones y terminó sin alcanzar siquiera el momento de ser inaugurada.
EL ARCO QUE SI EXISTIO
La historia tiene además un detalle menos conocido.
Antes de que el gran proyecto de Plaza Olazábal pudiera concretarse, La Plata ya había tenido otro arco vinculado al peronismo. Era mucho más modesto y estaba ubicado en la zona de 7 y 32. A diferencia del monumental edificio imaginado para Plaza Olazábal, aquel sí llegó a existir. Y también desapareció.
Tras el golpe de Estado de septiembre de 1955, buena parte de la simbología asociada al gobierno derrocado comenzó a ser eliminada. El arco de 7 y 32 fue demolido.
El de Plaza Olazábal nunca llegaría a construirse.
La ciudad terminó así con dos historias opuestas y, al mismo tiempo, complementarias: “un arco que nació y fue borrado y otro que estaba destinado a permanecer durante décadas pero nunca consiguió salir de los planos”.
GOLPE DE SEPTIEMBRE DE 1955
El golpe que derrocó a Juan Domingo Perón modificó por completo el escenario. La ciudad recuperó rápidamente su nombre original. Ciudad Eva Perón volvió a ser La Plata. Las avenidas recuperaron sus antiguas denominaciones y los símbolos vinculados con el gobierno depuesto fueron retirados del espacio público.
El “Arco de la Unidad Nacional” perdió entonces cualquier posibilidad de continuar. No había sido pensado como una obra políticamente neutra. Su sentido estaba ligado al gobierno que acababa de caer. Y con él cayó también el proyecto.
La enorme estructura que debía dominar el paisaje de Plaza Olazábal quedó reducida a dibujos, maquetas y documentos. No hubo demolición porque no había nada terminado para demoler. Simplemente dejó de existir antes de existir.
¿QUE HABRIA PASADO CON EL ARCO?
La pregunta inevitable aparece siete décadas después.
¿Qué habría ocurrido si se hubiese terminado? Es posible que el paso del tiempo hubiera modificado por completo su significado. La Plata está llena de edificios y monumentos que sobrevivieron a los gobiernos, las ideas y las circunstancias que explicaron su construcción.
El arco probablemente habría atravesado el mismo proceso. Quizás durante años habría sido un territorio de disputa política. Tal vez sus relieves hubieran sido modificados después de 1955. O tal vez el monumento entero hubiera sobrevivido y hoy los platenses lo observarían con la naturalidad con que se mira aquello que siempre estuvo allí. Podría haberse convertido en un punto de encuentro: “Nos vemos en el Arco”.
Podría aparecer en postales, guías turísticas y fotografías de casamientos. Los visitantes quizá buscarían su mirador. Y generaciones enteras podrían haber crecido sin preguntarse demasiado por qué semejante construcción estaba ubicada precisamente en Plaza Olazábal.
Porque las ciudades también hacen eso. Convierten en paisaje lo que alguna vez fue una decisión política.
LA OBRA QUE QUEDO EN EL AIRE
La Plata tiene una particularidad que la distingue de muchas otras ciudades argentinas: nació primero sobre un plano. Antes de sus edificios estuvieron sus diagonales.
Antes de sus plazas estuvo el dibujo. Antes de que la ciudad existiera, alguien ya había decidido cómo debía ser. Quizás por eso también resulte posible recorrerla buscando aquello que fue dibujado y nunca llegó a construirse.
El “Arco de la Unidad Nacional” forma parte de esa otra ciudad. La que quedó sobre el papel. En Plaza Olazábal no queda una ruina ni una piedra que permita recordarlo.
No hay nada que fotografiar. Y, sin embargo, basta mirar durante unos segundos el espacio vacío sobre la avenida 7 para imaginar “el monumento que buscó convertirse en una de las grandes postales de La Plata y nunca salió de los planos”.
