La ciudad de General Belgrano en la provincia de Buenos Aires, no sólo honra al ilustre prócer con su nombre sino que en su tiempo un grupo de vecinos decidió poco antes del centenario de la Revolución de 1810, rendirle homenaje con un monumento.
La Argentina vivía un momento excepcional ubicada entre los primeros países del mundo, era una de las economías más prósperas del planeta, gracias al empuje y el esforzado trabajo que millones de inmigrantes europeos dieron a su agricultura y a su manufactura y que convirtieron al país en lo que se denominó “el granero del mundo”. Años antes con un inmenso intendentes de la talla de Torcuato de Alvear transformaron la vieja Buenos Aires en una ciudad de anchas avenidas, las familias ricas levantaban ostentosos edificios, con parques diseñados por el maestro de los paisajistas Carlos Thays y lujosos salones eran decorados por los mejores artistas europeos. Buenos Aires era la París de América.
Claro que el político francés George Clemanceau que nos visitó para entonces deslizó que éramos nuevos ricos y que lo que los franceses desechaban por mal gusto nosotros lo comprábamos a un precio superior al valor. Al mismo tiempo que deslizó esta frase que ha perdurado hasta el presente:
“Argentina crece gracias a que sus políticos y gobernantes dejan de robar cuando duermen”. A pesar de estos comentarios afirmó elogiosamente: “Mientas que el aspecto de las calles de Buenos Aires es verdaderamente europeo, tanto por la disposición y la fisonomía de todas las cosas cuanto por la dominación de nuestras modas y la expresión de las caras, todo este mundo es argentino hasta la médula de los huesos, exclusivamente argentino”.
Su visita con la de la Infanta Isabel, Anatole France, Vicente Blasco Ibáñez y Guillermo Marconi, junto a los festejos del 25 de mayo hicieron de Buenos Aires el centro de la atención mundial. Le Figaró de París informaba: “llegan muchos invitados especiales, se dan recepciones y bailes en la Casa de Gobierno, en los salones de los círculos militares, en las embajadas. En las calles, decoradas con banderas, se nota un ambiente de fiesta”.
Es cierto también que los sectores más bajos de la población y los movimientos anarquistas batían el parche de otro modo en las zonas urbanas. En el interior con el esfuerzo y trabajo muchos inmigrantes se habían hecho dueños de unas pocas hectáreas, otros de comercios y tenían un buen pasar; y los empleados en los campos no vivían en general en pésimas condiciones, aunque siempre había excepciones.
Esas familias cuyos hijos se educaban en la escuela pública, participaban de algún modo de los prolegómenos de esas fiestas que llegaban por el comentario de los niños a las casas. Belgrano era un prócer que indudablemente llamaba la atención por sus ancestros italianos, y fue uno de los que concitó mayores homenajes, entre ella las 27 las medallas acuñadas y notas en los periódicos merecen especialmente las últimas un detenido estudio.
En el pueblo
En el pueblo de General Belgrano hubo especial interés en rendirle homenaje levantando un monumento en 1909, cuando el fervor popular era mucho. Tuvo la iniciativa la docente María R. Mallol, directora de la escuela Nro. 2 de esa localidad. Sin embargo por alguna circunstancia la idea quedó olvidada hasta que en 1920 se reorganizó la comisión de Homenaje y el 20 de junio de ese año, acaba de cumplirse un siglo, se colocó la piedra fundamental del monumento.
La comisión no apuntaba bajo y llamó para ejecutar la obra al escultor Arturo Dresco, un porteño de 45 años, que a los 20 años, había que tenido un éxito resonante con un desnudo en yeso que exhibió en el Bon Marché, nombre de las actuales Galerías Pacífico, que fue considerado una de las mejores obras en su tipo de esos años.
A esos logros se agregaba que se perfeccionó en Europa donde entró en contacto con Eduardo Schiaffino director del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. Fue él quien lo impulsó y le dio a una escultura el nombre de La Pena que hoy se exhibe en dicho Museo. Es una mujer desnuda, agobiada por el sufrimiento, que fue enviada a participar a instancias de Shiaffino a la Exposición Internacional de Saint Louis de 1904 y que mereció la medalla de oro. Su obra muchas veces olvidada como me lo ha recordado el coleccionista Tomás Hess, merece un singular reconocimiento. A ello contribuyó el bajo perfil que Dresco cultivó a lo largo de su vida.
El trabajo realizado como lo muestra la fotografía que ilustra esta nota fue menor, no olvidemos que el monumento ubicado en la Plaza de Mayo e inaugurado en 1873 fue realizado por dos artistas el cuerpo por el francés Albert Ernest Carrier Belleusse y el caballo por el argentino Manuel de Santa Coloma.
La inauguración de la obra de Dresco se realizó el 22 de diciembre de 1929, así como para la colocación de la piedra fundamental se acuñó una medalla para recordar esa celebración.
Dresco dejó otras obras interesantes como el monumento ecuestre al general Martín Rodríguez en Tandil, localidad que fundara con el nombre de Fuerte Independencia y que desde lo alto del cerro en el parque local domina la ciudad o la Puerta Historiada inaugurada en 1933 en la calle Entre Ríos, donde funciona la Biblioteca del Docente. Sin embargo una obra suya que le encargara la Comisión del Centenario en 1910 y que luego de largos trámites recién se inauguró en 1936 titulada el Monumento a España es sin duda otra de sus grandes realizaciones. En un paraje apartado y bastante descuidado de la ciudad se encuentra ubicada, en el llamado Paseo de la Costanera Sur y es una pena que no tenga un lugar más destacado en algún otro sitio.
Gentileza de Ricardo Buiraz
Las fotografías del emplazamiento del monumento y las de la inauguración que ilustran la nota publicada hoy en la edición de papel de La Prensa se la debemos a la gentileza de Ricardo Buiraz, un estudioso del pasado local, coleccionista que ha rescatado su vida cotidiana en varios miles de objetos. La imagen en la página 9 que muestra el palco, se ve una persona abajo que está con la mano cubriéndose los ojos del sol, se es Arturo Dresco.
La pequeña historia local también da un tinte de colorido humor, por el testimonio oral de muchos actores de la época que le comentaron a Buriaz el enojo del párroco al disponerse el monumento dándole el caballo el anca y el prócer a la espalda a la iglesia. A pesar de las protestas que hubo y que de seguro siempre habrán seguido, así sigue Belgrano que justamente que uno de los más católicos de nuestros próceres.
Otra obra La Anunciación de Dresco donada por su hijo al municipio belgranense que se encuentra frente al Museo Histórico Municipal.nos hace pensar que el autor recordaba con satisfacción el monumento.
Este año la pandemia ha impedido me informaba Buriaz (quien me ha proporcionado los datos locales), hacer homenajes a la figura de Belgrano que pensaba realizar el Taller de Historia local, pero un buen recuerdo sería inmortalizar como homenaje al prócer darle a una calle de la ciudad el nombre de Arturo Dresco, un artista de tanto renombre, que sólo es recordado en la nomenclatura urbana en Temperley donde residiera. Seguramente el Instituto Belgraniano local, y otras entidades adherirán a quien con su arte honró al patrono en esa localidad.
