El llamado a volver al centro de la fe
El padre fray José Domingo Galvis, párroco de la Iglesia San Agustín, dialogó con La Prensa. Instó a mirar las nuevas formas de pobreza y soledad que atraviesan a la sociedad actual más allá de lo material.
“El Papa nos recuerda que los que el mundo descarta pueden ser piedras angulares de la Iglesia. Quisiera poner bajo su bendición a todas esas personas, y también a quienes en nuestras comunidades las acompañan cada día con paciencia y sin hacer ruido”, señaló a La Prensa el padre fray José Domingo Galvis, OSA, que actualmente es el párroco de la Iglesia de San Agustín, representante legal del Colegio San Martín de Tours y director de la Biblioteca Agustiniana de Buenos Aires.
A lo largo de su labor, el sacerdote compartió diversos encuentros con Robert Francis Prevost antes de su elección como León XIV, tanto en las visitas de este a la circunscripción argentina en su carácter de prior general de la orden como en sus funciones episcopales en Perú, cuando visitó el país junto al entonces cardenal Jorge Bergoglio.
El padre fray José Domingo Galvis dialogó con este medio sobre el sentido espiritual, social y formativo del papado de León.
- ¿De qué manera la elección de Prevost fortaleció el espíritu y la identidad comunitaria de la Orden?
Es un momento histórico y lo vivimos con gratitud, pero sabemos que el Papa obra para todos, no solo para los agustinos. Lo que sí nos regala es una oportunidad para volver a nuestras raíces y preguntarnos cómo estamos viviendo lo que profesamos. Su lema, “En Aquel que es uno, somos uno”, nos recuerda lo más profundo del carisma, que es justamente la comunidad, la cual no se sostiene por afinidades humanas, sino por Cristo, que nos reúne. Ver a un hermano de hábito al servicio de toda la Iglesia nos anima a vivir con más fidelidad y alegría. Y nos acerca también como familia agustiniana.
EDUCACIÓN Y TECNOLOGÍA
- ¿Qué puntos de encuentro observa entre el mensaje del Papa y la espiritualidad agustiniana?
Muchos, y muy naturales. Nuestro Padre San Agustín buscó la verdad durante años, hasta descubrir que la Verdad tiene rostro, que es el mismo Cristo. El Papa nos invita a lo mismo: a poner a Jesús en el centro de la vida y no a nosotros mismos. El lema de la visita a la Argentina, “Bienvenidos todos. Vayan y anuncien”, se parece mucho a la comunidad que soñaba San Agustín: una casa abierta, donde se comparte todo, y desde la cual se sale a servir. Y su primer saludo como Papa, “La paz esté con todos ustedes”, resuena con la ciudad de Dios que Agustín describía: un pueblo reconciliado en el amor. La búsqueda de la verdad, la vida en común y la paz forman, en ambos, un mismo camino hacia Dios.

- ¿Cómo interpela el mensaje del Papa la labor evangelizadora y educativa?
Lo que el Papa nos viene mostrando en su pontificado nos interpela a no educar solo para el éxito, sino para la vida y para el encuentro con los demás. En nuestros colegios, la pregunta es cómo formar personas que sepan pensar, convivir y servir, con un corazón abierto a Dios. Agustín fue maestro antes que obispo, y sabía que nadie enseña de verdad si no ama a quien tiene delante.
Hoy ese desafío tiene un rostro nuevo: la inteligencia artificial. El Papa lo expresa con profundidad en la encíclica Magnifica humanitas, sobre la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial, con especial atención a sus efectos en la educación y en el desarrollo de los jóvenes. No es una mirada de miedo: el Papa sostiene que la IA no resuelve por sí sola los problemas de la humanidad, pero tampoco es un mal en sí misma. A los adolescentes les pidió usarla de tal modo que, si mañana desapareciera, siguieran sabiendo pensar. Eso es muy agustiniano, porque la tecnología puede ayudar, pero la verdad se busca desde adentro, y lo que nos salva, dice el Papa, no es la autosuficiencia sino una comunión que transforma. En la escuela, eso significa enseñar a usar bien estas herramientas, sin dejar de formar el juicio, la conciencia y la capacidad de vincularse con otros.
La insistencia del Papa en la acogida significa, además, mirar a cada alumno con nombre propio y con su historia; ninguna máquina reemplaza esa mirada. En la parroquia nos pide salir más, no esperar a que la gente venga, sino ir con la alegría del Evangelio. En tiempos de cambio, la tentación es encerrarse; el camino es el contrario.
EL CORAZÓN
- ¿Cómo invitan a vivir esta experiencia desde la profundidad del corazón?
Agustín decía: “No salgas fuera, vuelve a ti mismo; en el interior del hombre habita la verdad”. Esa es nuestra invitación. Una visita así trae mucho movimiento, y está bien que haya fiesta, porque la fe también se celebra. Pero lo importante es lo que pasa adentro. Por eso proponemos espacios de silencio, de adoración y de escucha de la Palabra, y animamos a cada uno a preguntarse qué le está diciendo Dios en este momento de su vida. No se trata solo de ver al Papa, sino de dejarse mirar por Cristo. El Papa pasa unos días; Jesús se queda.
- ¿Qué proyectos o periferias considera prioritario poner bajo la mirada del Santo Padre?
- Muchas veces pensamos las periferias solo como lugares lejanos o con carencias materiales, pero la pobreza tiene muchos rostros y está en todas partes. Hay soledad, personas mayores que viven solas, familias heridas, jóvenes que lo tienen todo y, sin embargo, buscan sentido. Hay sed de Dios, necesidades interiores que no se ven a simple vista. Agustín lo sabía bien: el corazón puede estar lleno de cosas y, aun así, inquieto. En el fondo, todos somos pobres en algo y nos necesitamos unos a otros. Por eso queremos ser puentes, para que realidades distintas se encuentren a la luz de Cristo.
- ¿Cuál es el principal llamado que el Papa deja a la vida religiosa y al ministerio agustino?
Por lo que ya nos viene mostrando, creo que es un llamado a la coherencia y a la comunión. Ser religiosos hoy no se juega en grandes discursos, sino en vivir de verdad como hermanos, cerca de la gente. En una sociedad fragmentada, una comunidad que se quiere, que se perdona y que reza unida ya es un anuncio. El Papa encarna un modo de ser pastor que camina con su pueblo y escucha antes de hablar. Para nosotros, agustinos, es volver a lo esencial, de modo que nuestra vida en común sea un signo visible de que el amor de Cristo es posible, y de que nuestro servicio no busque reconocimiento, sino que otros encuentren a Dios.
VOCACIONES Y LEGADO
- ¿Qué fruto espera que deje para las vocaciones?
Espero que muchos jóvenes descubran que Dios no está lejos de sus búsquedas. Hoy muchos viven rodeados de estímulos, de pantallas, de exigencias, y aun así sienten que algo les falta. A veces cargan con miedos, con heridas, con la presión de tener que ser alguien. Quisiera decirles que esa sed no es un error: es Dios que los está buscando.
Agustín recorrió muchos caminos antes de encontrarse con Cristo. Buscó en el éxito, en los afectos, en las ideas, y nada lo llenaba del todo. Cuando por fin lo encontró, escribió: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva”. Esa historia sigue hablando hoy, porque muchos jóvenes se reconocen en ella. Nadie llega tarde para Dios, y ninguna historia es demasiado complicada para Él.
Y lo estamos viendo: hay un despertar vocacional. Este año, en nuestras comunidades de distintas partes del país, celebramos jornadas vocacionales y cada vez más jóvenes se acercan, preguntan, rezan y se animan a mirar su vida desde Dios. Del 9 al 11 de octubre tuvimos un retiro vocacional en Buenos Aires, un espacio para hacer silencio y escuchar lo que el Señor dice. Ver a un Papa agustino es un impulso más para ese camino que ya empezó. El encuentro de jóvenes del 8 de noviembre lo continúa: queremos que vivan la alegría de una comunidad que reza, comparte y sirve, y que se sientan parte, no espectadores.
Una vocación nace casi siempre de ver a alguien feliz siguiendo a Jesús. Y la vocación no es solo la vida religiosa o el sacerdocio: es la pregunta de cada uno por cómo quiere entregar su vida, en el matrimonio, en la familia, en el trabajo, en el servicio a los demás. A los jóvenes les diría: no se conformen con poco. Jesús dice: “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí”. No olvidemos que Él nos eligió para más, para una vida que da fruto y que vale la pena entregar. No tengan miedo de preguntarle qué sueña para ustedes; Él no viene a quitarles nada, viene a darles una vida plena. Nuestro desafío como comunidad es acompañar con paciencia y alegría a quienes empiezan a hacerse esa pregunta.
- ¿Qué compromiso o huella concreta desearía que quede en la parroquia?
Que no se apague la oración que comenzamos en estos meses, y que la acogida que vamos a vivir con peregrinos y jóvenes se vuelva un estilo permanente. Me gustaría que nuestras parroquias sean cada vez más un hogar donde nadie se sienta extraño.
Deseo, sobre todo, que esta visita reavive nuestro corazón. Que no la vivamos como un recuerdo lindo que se guarda, sino como una experiencia que nos cambia por dentro. Agustín le decía al Señor: “Heriste mi corazón con tu palabra”. Ojalá podamos sentir lo mismo: que Jesús nos sigue tocando el corazón, que no se cansa de buscarnos y que todavía tiene mucho para decirnos. La bendición del Papa no es un gesto más; es una gracia que puede despertar corazones dormidos, encender una fe que se había apagado y animar a muchos a volver a casa.
Quisiera también que crezca nuestra esperanza. Pero no hay que confundirla con la ilusión. La ilusión depende de que las cosas salgan como queremos, y cuando no salen, se desvanece. La esperanza cristiana, en cambio, no se apoya en nuestras fuerzas ni en las circunstancias, sino en Dios, que es fiel y no abandona a su pueblo. Por eso no defrauda. Después de la visita seguirán los problemas de cada día, pero podemos enfrentarlos de otra manera, sabiendo que no caminamos solos.
Y de ese corazón renovado tiene que nacer el compromiso de ser puentes. Puentes entre generaciones, entre los que están cerca y los que se alejaron, entre los que tienen mucho y los que pasan necesidad, entre quienes piensan distinto. En una sociedad que muchas veces se divide, la parroquia puede ser un lugar de encuentro, donde cada uno sea recibido y escuchado, y donde todos nos reconozcamos hermanos a la luz de Cristo.
Las grandes celebraciones pasan, pero la fe se sostiene en lo cotidiano: en la misa, en la visita a un enfermo, en el saludo al que llega por primera vez. Ponemos todo en manos de María, la Virgen de Luján, a cuyos pies peregrinará el Papa. Si después de la visita somos un poco más hermanos, más atentos a los que sufren y más enamorados de Cristo, la semilla habrá dado fruto.
