El legado de Henry Dunant: historia y dilemas de la Cruz Roja

Henry Dunant (1828-1910) era un poderoso comerciante nacido en Suiza, que se dedicaba a los negocios agropecuarios en Argelia. Sin embargo, desde muy joven se dedicó a tareas humanitarias y religiosas. Asistía a la rehabilitación de los reclusos, se reunía con un grupo de jóvenes para estudiar la Biblia -era calvinista- y, en 1852, fundó la sede suiza de la YMCA.
Como empleado de un banco, fue enviado a Argelia; con el tiempo, fundó su propia compañía, Moulins des Monts de Djémila. Por una serie de desencuentros con las autoridades francesas, decidió viajar a entrevistarse con Napoleón III, quien entonces estaba en Lombardía batiéndose con los austríacos que ocupaban el norte de Italia.
Dunant llegó a Solferino el 24 de junio de 1859, el día que los franceses e italianos se enfrentaron con los austríacos. Francisco José I, bien conocido por ser marido de la célebre Sissi y hermano del malogrado Maximiliano de México, estaba al frente de 100.000 hombres que enfrentaron a 120.000 soldados comandados por Napoleón y Víctor Manuel II, quien sería el primer rey de Italia.
Dunant observó el desarrollo del combate y fue testigo de la desatención de los 40.000 heridos, literalmente librados a su suerte. Dunant se dedicó a atenderlos y organizó a los lugareños para socorrer a los heridos, tanto franceses como italianos y austríacos, bajo el lema: “Tutti fratelli”.
Este filántropo, emprendedor y escritor consignó su descripción de la batalla y las conclusiones de lo que vio en un texto llamado Recuerdo de Solferino, donde proponía la formación de una sociedad que, en tiempos de guerra, asistiera a los soldados y civiles heridos durante los enfrentamientos sin distinción de raza o religión.
En 1863 constituyó el Comité Internacional de la Cruz Roja que, con el apoyo del Gobierno suizo, redactó el Primer Convenio de Ginebra, donde proclamaba la neutralidad de la Cruz Roja, que se inspiraba en la bandera de su país, aunque dicho estandarte se conocía desde hacía 250 años como el emblema de los hijos de San Camilo, orden que también trabajó en los campos de batalla para asistir a los heridos.
Durante la guerra entre Rusia y Turquía de 1876, por primera vez se pusieron en práctica estas normas y la Cruz Roja asistió a los heridos. Sin embargo, una institución supranacional que pretendía no caer en discriminaciones sociales o religiosas fue objetada por los turcos, quienes veían en el símbolo de la cruz una “herida en la susceptibilidad” de los soldados musulmanes.
Entonces surgió la Media Luna Roja para no herir los sentimientos religiosos de los musulmanes.
Después de la Primera Guerra Mundial, se convocó a una nueva conferencia en Ginebra para revisar los principios rectores a la luz de lo vivido en el conflicto armado. Una vez más se planteó el tema no solo de la Media Luna Roja de Turquía, sino de la propuesta del León y Sol Rojos por parte de Persia -Irán-. La conferencia aceptó reconocerlos como emblemas distintivos adicionales a la cruz, ya que estos símbolos estaban en uso, pero, para evitar la proliferación, los limitó a estos tres. Con los años veremos que resultó muy difícil aunar criterios, aunque todos perseguían un mismo fin.
 

SOMBRAS DE LA CRUZ ROJA
Durante la Guerra Civil Española, la Cruz Roja fue acusada de falta de neutralidad y, durante la Segunda Guerra Mundial, en Alemania, una cruz roja precedía los transportes de prisioneros hacia los campos de concentración. Su presidente, el Dr. Ernst-Robert Grawitz, utilizó el emblema de la institución para apoyar estos programas de exterminio. Temiendo las sanciones, cuando el ejército soviético tomó Berlín, Grawitz se suicidó junto a su familia.
En la Segunda Guerra Mundial, la Cruz Roja de EE. UU. no permitió que los soldados blancos recibieran sangre de donantes negros. El director de los bancos de sangre, el médico afroamericano Charles Drew, renunció a su puesto.
En el rescate de Íngrid Betancourt, la llamada Operación Jaque, en Colombia, en 2008, los militares que rescataron a la cautiva usaron una cruz roja para distraer a los guerrilleros. La misma institución ginebrina repudió su uso con la finalidad de engañar al enemigo.
Entre 1980 y 1990, la Cruz Roja fue acusada de suministrar sangre sabiendo que podía estar infectada por el virus del VIH. También la Cruz Roja rusa ha sido acusada de parcialidad durante el conflicto en Ucrania y durante la toma de 250 rehenes judíos por Hamás.
UN NUEVO SIMBOLO
En 1949 hubo una propuesta israelí para usar el Escudo Rojo de David para tratar a los heridos de origen israelita, pero fue rechazada porque se quería evitar la proliferación de signos que hacían más confuso el reconocimiento y atentaban contra la neutralidad de la consigna fundacional.
En 1992 se convocó a la creación de un nuevo símbolo desprovisto de cualquier connotación nacional, política o religiosa. Desde entonces se buscó una posible solución a tal fin, pero llegaron a la conclusión de que los emblemas de la Cruz Roja y la Media Luna tenían un profundo valor simbólico para la mayoría de los países. De hecho, Irán retiró la propuesta del León y Sol Rojos.
En 2005 se reconoció al llamado Cristal Rojo como el nuevo símbolo de la Conferencia Diplomática de Ginebra, con un valor supranacional.
 

PRINCIPIOS
Son siete los principios que guían a esta institución fundada por Dunant, quien fue una de las primeras personas en recibir el Premio Nobel, en 1901: humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia, voluntariado, unidad y universalidad.
Sin embargo, las críticas y cuestionamientos se repiten.
Como vemos, esta institución es profundamente humana, no solo en sus aciertos, sino también en sus desaciertos. Manipulada por hombres, estos, a pesar de sus ansias de neutralidad, caen en parcialidades porque hay momentos de tensión, como en los intercambios de rehenes y prisioneros. Sobrepasados por la envergadura de los acontecimientos, pueden caer en imprecisiones o medidas apresuradas, políticamente difíciles por el contexto que los rodea.
Vale la pena recordar la opinión que diera sobre esta institución Nelson Mandela en 2003:
“Para mí, personalmente, y para quienes fueron presos políticos, la Cruz Roja fue un faro de humanidad dentro del oscuro e inhumano mundo del encarcelamiento político”.
Lo dicho: una institución profundamente humana, en sus aciertos y también en sus desaciertos.