El incomprensible odio a Estados Unidos
Hay que estimar el contenido de las políticas que pretenden ser autónomas y las consecuencias de su aplicación. Están bien para manejar la autonomía política respecto de otros países, pero es también cierto que el sistema de relaciones mundiales nos obliga a estar comunicados y a saber qué necesitamos y qué necesitan de nosotros las otras naciones del mundo civilizado. Éste es interdependiente, nos hallamos todos en el mismo barco.
Como bien lo explica el gran sociólogo argentino Ruben Zorrilla en Origen y significado del imperialismo, si estudiamos la historia de nuestro país veremos que no hemos carecido de autonomía ni fuimos dominados por ningún imperio. Hemos tenido una política de lo más autónoma desde que nos independizamos de España.
Incluso el gobierno militar que gobernó hasta el fin de la Segunda Guerra se dio el lujo de simpatizar con los enemigos de los aliados, quienes defendían el orden institucional nacionalista y totalitario. Recordemos también las conexiones con Berlín y la amistad de Franco con el gobierno argentino.
El presidente Perón tuvo relaciones con Mussolini, Hitler, y Franco: recordemos lo barcos cargados de trigo que le envió a este último para mitigar la situación económica de España, y la visita de Evita, quien fue recibida con toda clase de halagos y fiestas.
Nuestro país nunca fue dependiente de Estados Unidos. Lo prueba, por ejemplo, la actitud del gobierno de Farrell y Perón: tuvieron una concepción institucional de tipo fascista la que tenía el grupo de coroneles y oficiales que integraban el GOU, gestores del golpe de Estado de 1943 y que siguió dominando la política argentina.
Recién se declaró la guerra a Alemania dos días antes de su capitulación incondicional, con el único propósito de heredar las propiedades de las empresas alemanas en el país. Se continuó gobernando con total autonomía constituyendo España gobernada por Franco, y Argentina por Perón, las naciones más aisladas del escenario occidental. Se les dio, además, refugio seguro a funcionarios del régimen nacional socialista.
No queda duda que al final de la Segunda Guerra el gobierno argentino simpatizaba con los vencidos en la contienda y desafió con su animosidad a las potencias militares más grandes de la Historia, las que quedaron dominantes en el orden mundial. Siguió rechazando el modelo político estructurado por las grandes potencias vencedoras.
RETRASO
Las decisiones políticas del gobierno fueron completamente autónomas, posibles solamente por un medio, en el que tanto Gran Bretaña como Estados Unidos trataban de imponer la democracia.
Como otros países que intentaron escapar del mercado mundial lo hicieron al precio de un inmenso atraso, miseria y mala calidad de vida para su población. La autonomía durante el gobierno de Perón y sus infames consecuencias nos muestran que no siempre la autonomía sirve para los mejores fines, no promueve la acción electiva, ni el desarrollo, ni la modernización.
La prédica contra el país más democrático del mundo fue siempre constante, siendo que Estados Unidos fue el país que más rápido se desprendió de sus conquistas imperiales: definió dos guerras mundiales y participó de otras guerras menores sin espíritu imperialista, en ningún caso solicitó conquistas territoriales permanentes.
Como bien lo expresa Rubén Zorrilla, es un hecho que no ha sido consignado en casi ningún texto histórico. La conquista de las islas Filipinas fue la última del imperio norteamericano. Accedió a la independencia en 1946.
Las guerras de Corea, Vietnam, Irak y Afganistán no tuvieron contenido imperialista, fueron contiendas entabladas para dirimir cómo sería un ordenamiento consensuado de la globalización.
Estados Unidos se retiró de la puja imperialista desde la Gran Guerra: no solamente decidió la Guerra Mundial sino que salió de ella sin compensación alguna en un contexto en el que se desmembraron por completo los tres grandes imperios derrotados: el otomano, el alemán, y el austro-húngaro.
No obtuvo ninguna porción de sus territorios, ni reclamó compensaciones por su gastos de guerra, otorgó préstamos a la castigada Alemania para que pudiera pagar parte de la deuda por reparaciones a Francia, como estipulaba el Tratado de Versalles. No fue porque sus políticos no fueran imperialistas sino porque en dicha situación histórica el comportamiento imperialista no era redituable, ni política, ni económicamente.
Desde hace varias décadas el espacio político para la operatividad del imperialismo ha desaparecido en el marco de una expansión capitalista sin precedentes. El proceso que en Occidente llevó desde el desarrollo de la economía dineraria, en la etapa final del Medioevo, al Capitalismo, hacia 1850, es independiente del Imperialismo.
Si bien en un periodo relativamente corto, menos de un siglo, recibió los recursos que aquel creó para expandir el poder político de algunas naciones. También para difundir algunos elementos fundamentales de su cultura, aunque limitadamente, entre ellos: el ferrocarril, ciertas industrias, la economía dineraria, las ciencias naturales, el cristianismo y otros rasgos de la institucionalidad liberal: los inicios de la democracia, los partidos políticos y la opinión pública institucionalizada, la mayor parte de las veces rechazados o resistidos desde las fuertes estructuras de la sociedad tradicional.
PROGRESISMO
Los mal llamados “progresistas” se abstienen de comparar a Estados Unidos con la Unión Soviética, sociedad ésta en la que no existía la propiedad privada sobre los medios de producción, ni una economía de mercado, ni un sistema de partidos, ni opinión pública institucionalizada, entre otros aspectos fundamentales de un país moderno y donde por lo tanto tampoco existía el capitalismo. Fue, sin duda, un vasto imperio, el último de la historia humana.
Los marxistas o filo marxistas jamás hicieron estudios ni comentarios interpretativos de este imperialismo ni de sus relaciones con los otros. Pero hoy los escuchamos, desde sus cómodos sofás, dando cátedra sobre cómo se debe actuar en Venezuela. Los venezolanos, como también los iraníes, y quienes han sufrido en carne propia el totalitarismo y sus crueldades, piden a gritos ayuda, que se los libere de sus horrores.
Los que no tienen la mente consumida por tanto adoctrinamiento nacionalista saben que es mucho mejor la ayuda estadounidense que la rusa o la china, como lo experimentaron los prisioneros y países vencidos durante las guerras.
La cuestión es, observando la realidad de estos días, si la autonomía es productiva para Venezuela, Cuba y otros países que se mantienen apartados del mercado mundial y sus interdependencias. Quienes son anticapitalistas sostienen la teoría de la dependencia, la cual alimenta la teoría de la autonomía, la prefirieren los socialistas. Pero, como la del imperialismo, fueron probadas, ambas no funcionaron.
Todo lo que no da ganancia, no necesariamente dineraria, está condenado a desaparecer. Nos queda, ojalá sean muchos más los que lo entiendan, mejorar la democracia y el capitalismo allí donde falla, sin destruirlos. La realidad demuestra que el capitalismo y su expansión son indispensables para la supervivencia humana.
Se equivocan quienes critican la decisión del gobierno argentino después de tantos años de colocarnos del lado equivocado, de apoyar las acciones de Estados Unidos destinadas a ayudar a liberar a pueblos oprimidos desde hace años.
Existen intereses, por supuesto, siempre los hay, pero seguramente la ayuda mejorará la situación y luego de un tiempo los países que logren desterrar a dictadores, una vez que se ordenen, abrirán los brazos como lo han hecho tantos países que estuvieron detrás de la cortina de hierro, a las instituciones liberales, fuente de libertad, progreso y democracia.
* Miembro de Número de la Academia Argentina de la Historia. Miembro del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Premio a la Libertad 2013 (Fundación Atlas). Autora de “El Crepúsculo Argentino” (Ed. Lumiere, 2006).
