El célebre festival de cine checo puede ser un modelo para Mar del Plata
El gran ejemplo de Karlovy Vary
Sufrió tantos o más peligros y problemas que el máximo evento cinematográfico de nuestro país, y sin embargo sigue brillando. ¿La clave? Una industria que no le suelta la mano
Por Pablo De Vita*
Desde Karlovy Vary - Especial para La Prensa
Días atrás, con la presencia de estrellas de relieve mundial como Jeffrey Wright y Juliette Binoche, dio por finalizada la 60ª edición del Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary; ciudad de fuentes termales y arquitectura imperial, distante a dos horas de Praga y que tiene desde hace 80 años a uno de los festivales de mayor jerarquía global.
Aunque su historia haya estado atravesada por las desgracias de un siglo convulsionado, el festival consiguió a lo largo de los años convertirse en un sitial de referencia internacional. A las figuras de la noche de clausura deben añadírsele este año las presencias de Dustin Hoffman, Maggie Gyllenhaal, Harvey Keitel, Jesse Eisenberg, Kevin Bacon y familia; y la del prestigioso director de fotografía Robert Richardson, ganador de tres premios Oscar, nada menos que por JFK; El aviador y Hugo, y que tiene en su haber tras las cámaras títulos tan poderosos como Pelotón, Wall Street o Kill Bill.
Un festival que, fundado en 1946, debió sortear demasiados peligros y notorios problemas, pero que hoy ante la necesidad de preservar al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata dentro de la categoría “A” - que también detenta el certamen checo- resulta una indudable lección de la Historia.
¿Que debió sortear Karlovy Vary a través del tiempo? Primero, la mudanza de ciudad porque el festival nació hace ocho décadas en una ciudad cercana llamada Marianske Lazne, y que convirtiera famosa Alain Resnais por rodar allí Hiroshima mon Amour (película, precisamente, que tuvo a su protagonista, la bella Emmanuelle Riva, acompañando el film en la primera etapa del festival marplatense), y dos años más tarde se trasladó a su cónclave definitivo.
En 1956, el Festival consiguió la categoría “A” pero, en 1959, ante la relevancia que tenía por sobre Moscú, las autoridades soviéticas de entonces decidieron que se alternara con aquél, realizándose solo en los años pares. Además de los sucesivos períodos de censura ideológica, alternancia numérica y crisis financiera, el festival tuvo que lidiar con el desinterés gubernamental con la caída del bloque soviético. Tras la Revolución de Terciopelo, parecía que al festival de cine más importante de Europa Central sólo le quedaba la extinción.
¿Cómo se resolvió esta encrucijada? Primero, más allá de los conflictos y las notorias diferencias ideológicas entre los representantes del cine, la industria cinematográfica checa -aún de manera crítica- fue en respaldo de su festival; las autoridades nacionales y municipales acompañaron la organización de la muestra añadiendo a la gestión financiera del festival al empresariado privado con voz propia; decidieron que la muestra para que tuviera continuidad debía realizarse anualmente y, fundamental, lograron un equipo de producción estable a lo largo del tiempo.
El festival sobrevivió al bloque soviético, a la guerra fría, al fin de Checoslovaquia, y hoy es un vigoroso ejemplo de un encuentro que se volvió fundamental para el cine del corazón de Europa.
La edición de este año da testimonio de ello, con el público brindando localidades agotadas, una enorme programación internacional que incluyó al cine argentino y eventos que no escapan a la escena joven con recitales de rock, pero también a la alfombra roja que por décadas fue sinónimo de glamour en los festivales de cine.
Fruit Gathering, la pelicula del debutante Aung Phyoe se quedó con el Globo de Cristal a la mejor película en una coproducción entre Republica Checa, Francia y Myanmar. En cifras, 11.014 acreditados, 179 peliculas programadas, 472 funciones, 132.553 entradas vendidas y 42 estrenos mundiales para un país con poco más de 10 millones de habitantes y presentado en una ciudad que no llega a los 50 mil.
Mar del Plata, al igual que Karlovy Vary, son marcas legendarias en el universo de los festivales de cine y los checos supieron que perdían mucho más sin un festival que peleandose sobre cómo debería ser él.
* El autor es crítico cinematográfico, titular de la cátedra Crítica del Diseño Audiovisual de la UBA y Académico de número de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación, asiste desde hace 15 años al Festival de Cine de Karlovy Vary en la República Checa.
