El gen infiel: I Pagliacci y Cavalleria Rusticana
Estas dos óperas están actualmente en cartelera del Teatro Colón.
Desde 1890 se representan en una misma función, cuando ambas se convirtieron en éxitos mundiales. Junto a Carmen y La Traviata comparten, además de su prestigio, un tema en común: la infidelidad.
Cavalleria Rusticana trata sobre la rústica defensa del honor entre sicilianos y fue la primera en cosechar aplausos y consagrar a su autor, Pietro Mascagni. Está basada en una novela de Giovanni Verga que, curiosamente, inspiró tres óperas, dos de ellas homónimas. Una fue compuesta por Domenico Monleone, hoy olvidada, y la otra, la que subsiste, por Mascagni.
La tercera, que versa sobre esta Semana Santa sangrienta, se ha perdido.
El tema de los celos, la infidelidad y la atroz venganza inspiró en Leoncavallo la ópera del payaso burlado, I Pagliacci, basada también en una historia real que el compositor había conocido en su juventud, de boca de su padre, un magistrado.
Obviamente, el tema de la infidelidad no es exclusivo de las óperas, donde abundan estos desencuentros pasionales, que también se dan en el teatro, el cine, la literatura, las artes plásticas y, obviamente, la vida misma.
No es de extrañar: la monogamia entre los mamíferos es muy rara (menos del 5 % de las especies), aunque es más frecuente entre las aves y los hipocampos.
Entre los monos, la monogamia es más frecuente, casi el 30 %, aunque hay variedades como los bonobos (Pan paniscus), de vida sexual promiscua y bisexual. Curiosamente (o no tanto), los bonobos son los parientes más cercanos del ser humano y sus actividades sexuales, incluyendo besos de lengua y sexo oral, son también muy parecidas a las del Homo sapiens.
El doctor César Velasco sostiene que el 55 % de las personas han sido infieles por lo menos una vez en la vida. La incidencia entre los hombres oscila entre el 20 y el 60 %, y en las mujeres entre el 13 y el 45 %. Estos números se refieren a infidelidad confesa, lo que implica que habrá otro porcentaje oculto.
Los hombres incurren y además admiten más infidelidades: su instinto de macho alfa estimula su autoestima cuando logra diseminar su esperma en forma más extendida.
Sin embargo, en estos tiempos las mujeres están cambiando los guarismos; la infidelidad ha dejado de ser un estigma social que en una época no tan lejana merecía la lapidación.
Obviamente, los porcentajes de infieles cambian de lugar a lugar.
¿Cómo estamos en Argentina? Algo menos del 30 % “admite” haber sido infiel. Es el puesto más alto de América Latina, pero empalidece ante los guarismos de Tailandia, que llega al 51 % (¿mentirán menos los tailandeses, que no juegan al truco?).
¿A qué nos referimos cuando hablamos de infidelidad?
La infidelidad es la ruptura de acuerdos de pareja y se puede dar a tres niveles: emocional, sexual y ocasional.
La infidelidad emocional es cuando se profundiza un vínculo afectivo intenso con otra persona ajena a la pareja. Puede ser solo romántica y evolucionar o no al plano sexual.
La infidelidad sexual implica un contacto íntimo que establece un vínculo más o menos prolongado en forma paralela. O puede ser ocasional: un flirteo de una noche, un coqueteo o ese conocido “fue solo sexo”.
¿Cuáles son los motivos para ser infiel? Hay factores psicológicos y biológicos.
Entre los primeros están las necesidades emocionales, el desgaste de la pareja, sentirse descuidado, la monotonía de la relación, la autoafirmación (sentirse joven y deseado) y también la venganza.
Mientras los hombres son más proclives a la infidelidad sexual (tienen más espermatozoides para esparcir por el mundo), las mujeres son más proclives al engaño emocional, ya que son las que más les cuesta llegar a encuentros íntimos y están más condicionadas por la sociedad, que ve la maternidad de un hijo ajeno a la pareja como un acto no solo de infidelidad, sino de deslealtad.
EL GEN INFIEL
¿Cualquiera puede ser infiel? Suponemos que, dadas las circunstancias, sí. Pero hay un gen al que “acusan” de culpable de favorecer la infidelidad: el DRD4, ubicado en el cromosoma II, que codifica una proteína que regula la transmisión de dopamina en el cerebro, influyendo en la búsqueda de novedades, la impulsividad y la toma de riesgos.
Es más, una variante del alelo 7R se asocia específicamente con la infidelidad, pero también se relaciona con déficit de atención, trastornos bipolares, anorexia y adicciones, y está asociada a comportamientos promiscuos.
Así que hoy les ofrecemos una nueva excusa: “No he sido yo, fue el maldito DRD4”. ¿Usted sabe si su pareja tiene este maldito gen? ¿Deberemos incluirlo en los votos nupciales: “hasta que la muerte y el DRD4 nos separe”?
“Porca miseria” habría exclamado Tonio en I Pagliacci o Turiddu en Cavalleria. Ambos fueron traicionados por sus genes.
La dopamina nos empuja a la búsqueda del placer, las emociones intensas y la búsqueda de nuevos estímulos, entre ellos la infidelidad.
Aunque para darse necesita el apoyo de otras hormonas como la testosterona, cuyo aumento en sangre está asociado con conductas sexuales que buscan una gratificación inmediata (McTier et al., 2006).
También las mujeres con niveles más altos de estrógenos durante la ovulación son más proclives al engaño.
El tema de la infidelidad no se agota ni en la psicología, ni en el aburrimiento, ni en las hormonas. Será un tema eterno, tratado por escritores y poetas, una característica humana, muy humana, que heredamos de nuestros ancestros, un atavismo que condiciona nuestra vida y nuestros afectos, una conducta que moviliza a la justicia (en CABA hay 6.000 divorcios al año y en AMBA hasta 24.000, lo que hace sospechar que al año en el país hay más de 40.000 separaciones). La edad promedio de los separados es de 47 años y la duración media del matrimonio es de 20 años.
No sé si los economistas han calculado el impacto monetario de los divorcios, pero es enorme, complejo y de consecuencias impensadas.
Solo el 15 % de las parejas que han reconocido la infidelidad de su pareja decide continuar junta, aunque casi la mitad no tiene éxito en el intento, porque cambia la relación entre ellos, no solo en forma emocional, sino bioquímica. Ya no hay el consabido “hasta que la muerte los separe”; la vida es más larga y no siempre se puede ser igual o creer en lo mismo a los veinte que a los cincuenta.
El estrés de la separación lleva a conductas violentas o retaliatorias, porque cambia la bioquímica de la dopamina y la oxitocina, esa hormona engañosa que nos aseguraba el apego y la promesa de marchar hacia el crepúsculo de nuestra existencia junto a la pareja amada.
Aunque no siempre sea así.
