El gatopardismo kirchnerista
Como siempre en el peronismo, sólo se trata de la lucha por el poder. Y de una buena dosis de amnesia histórica para abrazar al rival de otrora. Estamos en presencia de una trampa que de tener éxito sí cabría decir que fue magia.
Por Alejandro Poli Gonzalvo *
El gatopardismo es la estrategia política que consiste en cambiar algo para que nada cambie. Por definición, quienes practican gatopardismo intentan reformas cosméticas cuyo fin es engañar a la sociedad para que todo permanezca igual. Entre nosotros, un buen ejemplo es la consuetudinaria habilidad de los peronistas para embaucar a sus seguidores mientras los mantienen en la pobreza y sus dirigentes conservan sus posiciones de privilegio y riqueza. Los peronistas son capaces de todas las mutaciones políticas con tal de aferrarse al poder.
El peronismo es un movimiento gatopardista donde todos se pueden pelear y más tarde amigar, en el que todos pueden defender lo que antes criticaron, y viceversa, sin el menor remordimiento, en la medida que el olvido histórico sea útil para conquistar el poder. En este sentido, y mal que le pese a los orcos camporistas de Cristina, el kirchnerismo es una derivación autoritaria del más rancio populismo peronista. Y como tal, siempre estará listo para ensayar ejercicios de gatopardismo en estado puro. La candidatura presidencial de Alberto Fernández, el hombre sin rostro de nuestro peculiar juego de tronos, es una muestra acabada de gatopardismo esencial.
Se suele considerar que en la Argentina la política no tiene límites y, por eso, nos va como nos va, pero que Cristina Fernández de Kirchner piense que puede crear una nueva ciencia, la alquimia política, supera todo lo imaginable.
SIN PIES NI CABEZA
No se puede hacer cualquier cosa en política sin consecuencias. Y la designación a dedo de Alberto Fernández es cualquier cosa. Sin pies ni cabeza. Excepto para el kirchnerismo y seguramente para muchos peronistas "moderados", que tienen el suficiente estómago para tragarse ese sapo y poner buena cara al sol con la camisa nueva. Pero claro, me olvido que estamos analizando el peronismo y su país de las maravillas.
La fórmula Fernández-Fernández es un auténtico delirio y, por tanto, en un país serio debería estar condenada al fracaso. Pero aún suponiendo que supere la barrera del ridículo por colocar al frente del binomio presidencial a un político que tiene menos carisma que Alsogaray, no romperá la grieta.
Este es el intento gatopardista de la hora: convencer a los argentinos de que Alberto Fernández a la sombra de Cristina es creíble para una etapa de diálogo y consenso. Es tan burda la pretensión que los propios candidatos la desmienten, un gesto que debemos agradecerles. Fernández, el monarca deseado, el nuevo macho alfa de la colmena peronista, no se cuida de amenazar a jueces y de anticipar que habrá que revisar sentencias judiciales, una delicia republicana. Pero repito, me olvido que estoy hablando del peronismo.
Cristina, por su parte, como no le alcanzó con los agravios que sinceramente esculpió en el libro que firma, nos promete un "nuevo contrato social", o con mayor precisión, un "nuevo orden", cuyo sentido afortunadamente ignoramos, so pena de un éxodo masivo de nuestros hijos.
CONTINUARA LA GRIETA
Nadie en sus sanos cabales creerá en la autonomía de Alberto Fernández y, por tanto, la grieta continuará como si Cristina fuera la candidata a presidente. No se puede ser presidente en la Argentina sin ser quien tiene los votos. Lo peor es que sabemos que está en la naturaleza del escorpión picar a la rana y morir juntos en medio del río.
Con buen criterio, muchos politólogos consideran que es prematuro para sacar conclusiones y que hay más interrogantes que respuestas. Además, hoy por hoy, la mayoría de las encuestas pertenecen más al reino de la fantasía que a la ciencia política. Hay quienes opinan que Cristina lo empodera a Alberto Fernández para atraer y perdonar a gobernadores y sindicalistas peronistas, sus descarriados hijos pródigos. Es un cálculo político arriesgado.
Durante ocho años se dedicó a ningunearlos cuando no a atacarlos. Y por más que me vuelvo a olvidar que estamos hablando de peronismo, algo de memoria les debe quedar. Por izquierda, el kichnerismo seguramente perderá varios puntos del núcleo duro ultra K. Mientras que no existe ninguna garantía de que Alberto, el moderado de la última hora, sea atractivo para los indecisos. Siempre es preferible el original a las malas copias.
SOCIEDAD ATONITA
Frente a la asombrosa propuesta presidencial de Cristina, la sociedad argentina está atónita. Creía que había visto todo lo posible. El pacto de Frondizi con Perón, el acercamiento de Emilio Eduardo Massera con los montoneros, la fórmula Perón-Perón, el cajón de Herminio Iglesias, los carapintadas y el MTP, la renuncia de Chacho Alvarez, la elección del ignoto Néstor Kirchner por Duhalde, el intento frustrado de la sucesión perpetua del matrimonio K y la lista podría continuar.
Como siempre en el peronismo, sólo se trata de la lucha por el poder. Y de una buena dosis de amnesia histórica para abrazar al rival de otrora. Estamos en presencia de una trampa que de tener éxito sí cabría decir que fue magia. Con su varita de Circe, Cristina nos quiere convertir en animales políticos inofensivos. Imitando la hidra populista, inventó una fórmula con el deseo de contener todas las cabezas del peronismo. El único fin de Cristina es ganar las elecciones a cualquier precio y protegerse de los juicios en su contra. Un dejˆ vu del "síganme" en clave setentista.
Parafraseando un poema famoso, el kirchnerismo no es más que una rama vergonzante del gatopardismo peronista, porque después de todo hemos comprendido que lo que tiene de florido vive de lo que tiene sepultado.
* Miembro del Club Político Argentino.
