El futuro Papa Pío XII, en la Argentina
El cardenal Eugenio Pacelli encabezó, en 1934, el Congreso Eucarístico Internacional.
La Argentina todavía no estaba acostumbrada a eventos multitudinarios, ni políticos, ni sociales y aún menos religiosos. La realización del Congreso Eucarístico no solo fue para el ámbito cristiano un hecho singular, sino que para el poder político representó la toma de conciencia de la importancia de las raíces cristianas del pueblo argentino.
Un día antes de la inauguración del XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, por primera vez en América Latina, el martes 9 de octubre de 1934, pasadas las 15, arribó a la Plataforma de Dársena Norte el trasatlántico italiano ‘‘Conte Grande’’. Abordo estaba el cardenal legado del Sumo Pontífice Pío XI, representante de la Santa Sede, Eugenio Pacelli, quien en marzo de 1939 se convertiría en el Papa Pío XII.
El entusiasmo que acompañó las diferentes celebraciones, según decribió el cronista del diario La Prensa, “por momentos adquiría los contornos de una apoteosis, de algo indescriptible’’.
El miércoles 10 fue la inauguración oficial del Congreso Eucarístico. El Poder Ejecutivo decretó feriado. Desde muy temprano comenzó a llegar gente a los jardines de Palermo para presenciar la ceremonia principal en el gran altar custodiado por una imponente cruz en la intersección de la Avenida Alvear y Sarmiento. En la ocasión, Pacelli pronunció aquellas célebres palabras que se convirtieron en el estandarte del catolicismo de aquellas jornadas: ‘‘La hora presente es como un amanecer de primavera (...) Una primavera terrenal hecha símbolo de otra primavera espiritual’’. El jueves estuvo marcado por dos eventos históricos: Por la mañana tomaron la comunión en Palermo más de 100.000 niños, y por la noche se realizó una sorprendente concentración de hombres en Plaza Congreso. Ese mismo día hubo un banquete de gala en la Casa Rosada ofrecido por el presidente Agustín P. Justo. ‘‘Una nación de población tan sana -elogió Pacelli- inteligente y laboriosa, de situación geográfica tan ventajosa y sobre todo de tradiciones tan auténticamente espirituales y católicas, como la vuestra, está llamada a grandes empresas en la cooperación de los pueblos del continente iberoamericano’’.
Después de cuatro días de constante algarabía y espiritualidad llegó el final. El domingo 14 se clausuró el Congreso con una misa pontifical celebrada en el altar de Palermo. En su última alocución, antes de partir, Pacelli sostuvo: ‘‘Vuestro Congreso ha superado las previsiones más optimistas. Ha sido un himno tan sublime a Jesucristo que ha henchido al mundo entero con acentos eucarísticos. Este Congreso debe ser para cada uno de vosotros el comienzo de una nueva vida’’.
