El final de Hermann Göring o la trivialidad del mal

El 23 de abril de 1945, a pesar de que Hitler lo había nombrado su sucesor años antes, Göring cometió la torpeza de pedirle al Führer asumir el mando de lo que quedaba del Reich. Aunque los rusos estaban a las puertas de Berlín, Adolf Hitler aún creía en un milagro. Por eso, las palabras de Göring de iniciar tratativas de paz con las fuerzas aliadas desataron en el Führer uno de esos ataques de furia que le habían ganado el apodo de “mordedor de alfombras”. Göring fue degradado y se emitió una orden de captura y ejecución, pero el régimen colapsó y, junto a Eva Braun, Hitler se suicidó tomando una cápsula de cianuro, aunque también le pidió a Eva que le disparara.
Años más tarde se pudieron analizar las manchas de sangre en el sofá del búnker y se demostró que Hitler padecía un síndrome de Kallmann, una enfermedad genética que reduce la producción de hormonas sexuales, con bajos niveles de testosterona, criptorquidia (no bajan los testículos al escroto) y anosmia (falta de olfato).
La criptorquidia fue diagnosticada durante su detención en 1923 y su médico personal, el siniestro Dr. Morell, le administró a lo largo de la guerra generosas dosis de hormonas masculinas y anfetaminas.
El mismo síndrome puede acompañarse de autismo y/o trastornos bipolares.
Si bien estas características deben tomarse con precaución, se ajustan a la realidad histórica del Führer y explicarían, en parte, los trastornos que lo empujaron a su carrera política y los desastres que desencadenó, pero no atenúan ni su culpa ni la de sus colaboradores.
Volvamos a Göring, quien una vez conocida la muerte de Hitler encabezó un séquito de 20 vehículos y 75 personas que lo acompañaron a entrevistarse con Eisenhower, tal como había solicitado por carta dos días antes.
Göring fue interceptado por fuerzas del Séptimo Ejército Americano al mando del general Stark. Al descender del vehículo se disculpó por su aspecto: había perdido en un bombardeo gran parte de sus uniformes. Göring era conocido por sus extravagantes indumentarias, que incluían sus antiguos uniformes de piloto de la Primera Guerra, cuando oficiaba como segundo del barón von Richthofen, más conocido como el Barón Rojo, togas romanas, trajes de caza bávaros y, obviamente, sus uniformes de mariscal.
No le pasó inadvertido al general Stark las uñas de las manos de Göring pintadas de un rojo furioso. Entonces pensaron que se debía a su adicción a la hidroxicodina.
El mariscal tomaba a diario cien pastillas de este opiáceo y, cuando lo capturaron, en su maleta llevaba veinte mil dosis de su droga preferida, más un esmalte rojo con el que el mariscal se pintaba las uñas.
Mientras Hitler y miles de sus seguidores se quitaban la vida, como Himmler, Goebbels, Bouhler y otros jerarcas nazis, Göring confiaba en que con su personalidad cautivante y su pasado como as del aire durante la Primera Guerra podrían otorgarle algún beneficio a los ojos de sus captores. Pero éstos se percataron de su megalomanía, una mezcla patológica de egolatría y presunción.
Göring era un hombre inteligente: según los exámenes de los psiquiatras que lo examinaron tenía 135 de coeficiente intelectual, pero su vocación hedonista y arrogancia enseguida lo delataron ante la mirada experta del Dr. Douglas Kelley, un psiquiatra formado en el Presbyterian Medical Center de New York y profesor de la Universidad de California.
“Espero causar una impresión tan inolvidable como mis hazañas”, le dijo a boca de jarro en la primera entrevista con el psiquiatra. En ningún momento se mostró abatido, por más que le sacaron sus dosis de hidroxicodina y perdió 35 kilos de peso (al entregarse pesaba 120 kilos).
A los ojos de Kelley, lo inquietante de Göring era su adaptabilidad, dominio emocional y fortaleza de convicciones, en un marco de narcisismo político irreductible.
Cuando Kelley le preguntó sobre los muertos en los campos de concentración y los horrores de la guerra, Göring contestó: “¿No fue monstruosa Hiroshima? ¿No fue una monstruosidad Dresde (donde en una noche murieron 25.000 personas)?”.
“Los vencedores rebautizan la historia. Nosotros simplemente tomamos decisiones difíciles”, dijo con vehemencia.
Cada día que pasaba a su lado, Kelley confirmaba que para concretar los crímenes de guerra no se necesitan mentes delirantes o graves desórdenes mentales, solo convicción, método y perseverancia. Göring era una persona culta y refinada, amante del arte; también era una persona divertida y era el centro de toda reunión social, donde se desempeñaba como un magnífico anfitrión que tenía un pasado de héroe nacional. Sin embargo, no fue una excepción a la regla de Lord Acton: el poder corrompe.
Su inteligencia y su formación no habían evitado participar del régimen más perverso de la historia.
Como diría Hannah Arendt: “La banalidad del mal nos muestra que los peores crímenes pueden ser cometidos por personas normales”.
A lo largo de los días del juicio, Göring acaparó la atención con sus largos testimonios plenos de una retórica propia del nazismo. Todo podía justificarse, desde la creación de la Gestapo hasta los campos de concentración —que al principio negó—. Las películas exhibidas durante el Juicio de Núremberg fueron devastadoras y aun así, Göring dijo que no sabía nada sobre lo que pasaba en los campos de exterminio.
Testimonios posteriores demostraron que era una mentira, él sabía exactamente lo que ocurría…
Llegado el momento del veredicto fue declarado culpable de todos los cargos. Entonces solicitó ser fusilado como un soldado y no ahorcado como un criminal. Cuando supo que no le habían concedido este último deseo, prefirió suicidarse con cianuro de potasio, la droga preferida de los jerarcas nazis.
El 2 de abril de 1945, cuando los soviéticos aún no habían llegado a Berlín pero se percibía que el final del régimen se acercaba, después de la función de la Filarmónica organizada por el ministro Albert Speer, se distribuyeron entre los concurrentes, lo más granado del partido nacionalsocialista, ampollas de cianuro.
Por más que todos sabían de la eficiencia del cianuro -conocido en Alemania como ‘Blausäure’ (ácido azul)- algunos jerarcas desconfiaban de que esa cápsula llevase la dosis correcta. Por eso el mismo Hitler decidió probarla en su perra Blondi y aun así pidió que Eva Braun le disparase.
Se desconoce a ciencia cierta cómo el cianuro llegó a manos de Göring la noche antes de su ejecución. Él escribió en sus cartas finales que había escondido la ampolla entre sus ropas, algo a todas luces improbable.
Otras versiones afirman que un soldado americano se la proveyó.
Lo cierto es que Göring se suicidó ingiriendo esa ampolla de cianuro. No sabemos si llegó a percibir ese gusto a almendras entre dulce y amargo, porque el cuarenta por ciento de la población no tiene el gen que permite oler el cianuro.
Leal hasta el final, en un momento del juicio afirmó: “Yo no tengo conciencia. Mi conciencia se llama Adolf Hitler”.
 

“El mal proviene de la incapacidad de pensar”.
Hannah Arendt.