El fenómeno del Niño y la paradoja del exceso de agua

Por Gonzalo Meschengieser *

Después de varios años en los que la sequía dominó la agenda agropecuaria argentina, un viejo conocido vuelve a encender las alarmas. Los principales centros climáticos internacionales coinciden en que el fenómeno El Niño está en formación y que tiene altas probabilidades de consolidarse durante la segunda mitad de 2026.

Para un país cuya economía depende en gran medida de la producción agroindustrial, la noticia merece atención. Aunque para muchos productores el recuerdo más reciente es el de las pérdidas provocadas por La Niña y la histórica sequía de 2022-2023, El Niño también puede generar impactos significativos.

En algunos casos trae alivio hídrico y mejores rendimientos; en otros, lluvias excesivas, inundaciones, problemas sanitarios y pérdidas millonarias. La clave estará en la capacidad de anticipación.

El Niño es un fenómeno climático natural que ocurre cuando las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial se calientan más de lo normal. Ese cambio altera la circulación atmosférica global y modifica los patrones de lluvia y temperatura en distintas regiones del planeta.

En Argentina los eventos de El Niño suelen asociarse con precipitaciones superiores a lo normal en gran parte de la región pampeana, el Litoral y la cuenca del Paraná. Sin embargo, sus efectos no son uniformes y pueden variar según la intensidad del evento y las características de cada región productiva.

Los especialistas estiman que el fenómeno comenzará a consolidarse durante el invierno y alcanzará su mayor intensidad entre la primavera y el verano, precisamente durante etapas críticas para los principales cultivos argentinos.

A diferencia de La Niña, que suele traducirse en déficit hídricos, El Niño puede generar una mejora en la disponibilidad de agua para los cultivos. Esto podría favorecer la implantación de trigo, maíz y soja, especialmente en zonas que vienen recuperándose de varios ciclos secos.

Algunos análisis incluso proyectan mejoras productivas y mayores exportaciones agrícolas si las lluvias se distribuyen adecuadamente. Pero el exceso de agua también tiene costos.

Los riesgos incluyen anegamientos, inundaciones rurales, pérdida de caminos, erosión de suelos, dificultades logísticas para la cosecha, aumento de enfermedades fúngicas y mayores gastos en control sanitario. Las cuencas más vulnerables pueden sufrir impactos severos cuando las precipitaciones superan la capacidad de drenaje de los sistemas existentes.

La ganadería tampoco queda exenta. Los excesos hídricos afectan pasturas, generan problemas sanitarios y dificultan el movimiento de hacienda, especialmente en regiones bajas y humedales.

ANTECEDENTES

Las consecuencias económicas de El Niño no son una hipótesis. Estudios internacionales estiman que los grandes eventos de 1982-1983 y 1997-1998 provocaron pérdidas económicas globales superiores a los 4 y 5 billones de dólares respectivamente, con efectos que persistieron durante años sobre el crecimiento económico de numerosos países.

En Perú, por ejemplo, el fenómeno de 2017 produjo lluvias extraordinarias e inundaciones que afectaron infraestructura, transporte, comercio y producción agropecuaria en amplias regiones del país.

En Asia, donde actualmente también se monitorea la evolución de un posible evento fuerte, ya se reportan demoras en las siembras, reducción de rendimientos y preocupación por la seguridad alimentaria. Las expectativas de menores cosechas impulsaron aumentos en los

precios internacionales del trigo y del arroz.

La pregunta no es solamente qué hará el clima, sino qué harán los gobiernos. La experiencia internacional demuestra que los daños asociados a El Niño dependen tanto de la intensidad del fenómeno como de la preparación institucional.

Las pérdidas pueden reducirse significativamente cuando existen sistemas de alerta temprana, infraestructura

adecuada y planes de contingencia. A nivel nacional, la prioridad debería ser impulsar una verdadera estrategia de gestión del agua.

Esto incluye obras multipropósito, seguros agropecuarios más robustos, financiamiento para infraestructura de adaptación, sistemas de información climática accesibles para los productores y una política activa de manejo de cuencas.

Paradójicamente, parte del agua que hoy puede representar una amenaza podría convertirse en una reserva estratégica para los futuros períodos secos. Especialistas del INTA destacan la importancia de desarrollar reservorios, almacenamiento en perfiles de suelo, manejo de microcuencas y sistemas de cosecha de agua que permitan transformar un exceso temporal en una ventaja futura.

El Niño no es solamente un fenómeno meteorológico. Es también una prueba de la capacidad de adaptación de los territorios. Argentina posee una de las agriculturas más competitivas del mundo, pero continúa siendo extremadamente vulnerable a los extremos climáticos. Sequías, inundaciones y olas de calor ya no son excepciones sino parte de una nueva normalidad.

La verdadera pregunta es si estaremos preparados para convivir con un clima cada vez más variable. Porque cuando llega El Niño, la diferencia entre una oportunidad productiva y una catástrofe económica suele depender menos de la naturaleza que de las decisiones que se toman antes de que caiga la primera gota.

 

* Médico Sanitarista MN 117.793. CEO de la Cámara Argentina del Agua.