Por Christian Marcelo Dominique
En el inicio del tiempo Pascual, la espiritualidad nos invita a un ejercicio que la política suele esquivar con destreza: la introspección sobre la propia fragilidad. No se trata de un retiro místico, sino de una oportunidad para interpelar nuestra realidad colectiva y, fundamentalmente, el comportamiento ético de quienes ejercen el poder. En este escenario, la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18, 9-14) emerge con una actualidad punzante.
El relato es demoledor. Jesús describe a dos hombres en el templo: el fariseo, erguido, jactancioso de su cumplimiento legal y despectivo hacia el prójimo; y el publicano, que desde el fondo del recinto no se atreve siquiera a levantar los ojos, reconociendo su falta. La sentencia final es una advertencia contra la desmesura: “Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.
La enseñanza es clara: la verdadera justicia no reside en la autoproclamada perfección, sino en la humildad del que reconoce su necesidad de mejora.
HISTORIA RECIENTE
Esta tensión parece atravesar la historia reciente de nuestro país. No se trata de un fenómeno exclusivo de la actual administración; lamentablemente, la soberbia y la falta de transparencia han sido rasgos recurrentes en diferentes ciclos políticos. Los hechos que hoy ganan visibilidad son, en muchos aspectos, la continuación de una cultura del poder que ha priorizado la arrogancia sobre el servicio.
En la gestión actual, la jactancia asoma con frecuencia en el discurso oficial. El riesgo de concentrarse obsesivamente en los aciertos propios -o en la demonización de los errores ajenos- es sucumbir a la "ceguera del fariseo": la incapacidad de descubrir la propia llaga. Cuando el gobernante se convence de su pureza absoluta, deja de ver la realidad para empezar a contemplar su propio mito.
Si bien la condición humana alberga rastros de ambos personajes de la parábola, la responsabilidad del servidor público es de otra escala. Como señalaba Aristóteles
, la prudencia es la "recta razón en el obrar"; es la virtud por excelencia del gobernante que discierne, con humildad, lo que es justo en la contingencia, lejos de las ínfulas de superioridad moral.
ANTIDOTO URGENTE
La política argentina necesita un antídoto urgente contra este "orgullo espiritual" que suele enmascarar vicios de difícil cura. Gobernar con discreción, austeridad y con la conciencia de que nadie posee el monopolio de la rectitud, representaría un cambio de paradigma más profundo que cualquier reforma técnica.
Mientras la justicia legal queda en manos de los tribunales y la justicia trascendental en las de "las fuerzas del cielo", a la sociedad le corresponde la tarea de exigir liderazgos que no busquen enaltecerse a costa de la humillación del otro. La historia es implacable en su lección: aquel que se cree justo por encima de los demás, termina inexorablemente perdiendo el rumbo del bien común.
