El economicismo, peligro mortal

POR M.B.

Cuando se habla de desarrrollo es preciso empezar por aclarar qué se entiende por él y para qué se lo quiere. Esto lleva a recordar la diferencia entre bienestar y felicidad: entre satisfacer necesidades básicas y realizar aspiraciones. A su vez, esta distinción recuerda que no todos los bienes están en venta; y que algunos, tales como la seguridad, la protección ambiental, la participación política, los derechos humanos, la sanidad y la educación, son tan importantes o costosos, que sólo un Estado económicamente fuerte puede proveerlos.

La atención exclusiva a bienes de consumo presupone una concepción deficiente de la naturaleza humana (homo oeconomicus), así como una visión sesgada del desarrollo como crecimiento exclusivamente económico, en que los bienes, tales como la paz y la prosperidad, valen tanto como los males, p. ej. la guerra y el endeudamiento.

Hay dos reacciones posibles a los peligros mortales que comporta la visión economicista de la vida y del desarrollo: contracción económica y desarrollo integral. La primera no es socialmente justa ni políticamente viable, ya que ignora que el 80% de la población mundial aún carece de lo necesario para satisfacer sus necesidades básicas. La meta del desarrollo debiera ser el bienestar de los más antes que la riqueza de unos pocos en contados países.

Para alcanzar un alto grado de civilización se necesita un desarrollo equilibrado, en particular un orden social justo y una cultura avanzada, junto con una economía y una política al servicio del bien público: una sociedad sin derroche ni desocupación masivos, sin guerras ni explotación de individuos ni de naciones. Nada de esto se conseguirá repitiendo consignas ideológicas apolilladas. Para lograr el bienestar universal y sostenible hace falta combinar las ciencias y técnicas sociales con una sociedad civil y una gobernanza que aseguren tanto los derechos como los deberes de cada cual.

Sugerimos que el bienestar colectivo B de una región no se mide por sus riquezas naturales, ni por su población, ni por la intensidad de su actividad económica (Producto Interno Neto), ni por su índice bursátil, sino por el producto de su población P (o de la fracción de la población mundial) por su grado C de civilización. O sea:

B = P x C.

Este es un indicador social o colectivo: no mide el bienestar individual o sensación de bienestar. Pero es obvio que un alto grado de bienestar colectivo facilita la obtención de un alto grado de bienestar personal. El indicador más simple de bienestar personal acaso sea la fracción del día empleada en tareas agradables o neutras.
Finalmente, definimos la riqueza de una región por:

R = Recursos naturales + Bienestar colectivo - Seguridad.

Donde por seguridad se entiende la fracción del PBI dedicada a las Fuerzas Armadas y los órganos de seguridad interna y de espionaje y subversión externos. Los recursos naturales aun no han sido cuantificados satisfactoriamente; por ahora sólo sabemos cuánto cuesta importarlo.

Obviamente, no serán políticos de sillón como este autor quienes le pongan el cascabel al gato en cuestión. Pero, como decía el astrofísico Enrique Gaviola, hay que sembrar ideas al voleo con la esperanza de que algunas de ellas germinen alguna vez en algún lado.