El día que el amor fue canonizado como mártir

Por Jaime Selser *

Cada 14 de febrero el mundo se llena de flores, promesas y mensajes que intentan decir lo que a veces cuesta pronunciar en voz alta: amor. Pero detrás de las cenas románticas y los corazones rojos late una historia antigua, áspera y profundamente humana. La del hombre que, según la tradición, murió por defender el derecho de las parejas a unirse.
La conmemoración de San Valentín se remonta al siglo III, en la Roma imperial. El emperador Claudio II había prohibido el matrimonio entre jóvenes soldados convencido de que los hombres sin familia combatían mejor. En ese contexto apareció Valentín, un sacerdote que decidió desobedecer. En secreto, casaba enamorados. No por rebeldía política, sino por una convicción íntima: el amor no debía ser prohibido.
Fue descubierto, encarcelado y finalmente ejecutado un 14 de febrero. Con el tiempo, la Iglesia lo canonizó y la fecha quedó asociada para siempre al amor de pareja. Así, paradójicamente, el día más romántico del calendario nació de un acto de persecución y muerte. El amor, antes de ser celebrado con rosas, fue perseguido… y luego canonizado como mártir.

AMORES QUE DESAFIARON SU TIEMPO
La historia, sin embargo, no se escribe solo con martirios sino también con resistencias del corazón.
Uno de los casos más conmovedores es el de Elizabeth Barrett y Robert Browning. Ella, poeta brillante, vivía recluida por enfermedad y bajo la férrea autoridad de un padre que le prohibía casarse. Se enamoraron por cartas -esas primeras redes sociales del alma- y terminaron huyendo juntos a Italia en 1846. Vivieron quince años de matrimonio intenso y creativo. Cuando Elizabeth murió, Browning escribió: “La amé hasta el final de la vida”. A veces, el amor también es una fuga hacia la libertad.
Décadas más tarde, otra historia conmovió al mundo: la de Marie y Pierre Curie. No solo compartieron la vida, sino también el laboratorio, los descubrimientos y el riesgo. Juntos aislaron el radio y cambiaron la historia de la ciencia. Cuando Pierre murió trágicamente en 1906, Marie continuó el trabajo de ambos, como si el amor pudiera transformarse en energía persistente. Porque hay vínculos que ni la muerte logra disolver.
Y en tiempos más cercanos, la historia del expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica y Lucía Topolansky ofrece otra forma de amor: la de la compañía en la lucha y en la sencillez. Se conocieron en la militancia, atravesaron años de cárcel y persecución durante la dictadura y, ya en democracia, construyeron una vida austera en su chacra. No hubo lujos ni gestos grandilocuentes. Solo una coherencia compartida durante décadas. A veces el amor no hace ruido: resiste.

POR QUE SEGUIMOS CELEBRANDO
El 14 de febrero sobrevivió a los siglos porque toca una fibra universal. Más allá del marketing, de las modas y de los algoritmos, la humanidad sigue necesitando un día que recuerde que vincularse con otro desde el afecto es uno de los actos más profundamente humanos.
San Valentín no inventó el amor. Pero su historia simboliza algo poderoso: incluso frente al poder, la guerra o la prohibición, siempre hubo personas dispuestas a apostar por el encuentro.
Hoy, cuando el mundo vive entre la hiperconexión digital y la soledad emocional, la figura de aquel sacerdote romano vuelve a interpelarnos con una pregunta silenciosa: ¿qué estamos haciendo con nuestra capacidad de amar?
Porque el amor verdadero no es posesión ni dominio. No encadena, no vigila, no asfixia. El amor sano cuida, respeta, acompaña y libera. No absorbe ni controla. No desconfía ni hiere. El amor genuino expande la vida del otro, nunca la reduce.
Y si alguna vez el amor fue canonizado como mártir, que nunca vuelva a serlo por culpa de quienes olvidan que amar -de verdad- es siempre un acto de libertad.
* Creador de contenidos digitales y analista de medios.