En la literatura argentina contemporánea, pocos escritores han construido una obra tan diversa, rigurosa y personal como Betina González. Novelista, cuentista, ensayista, docente e investigadora, su trayectoria la consolidó como una de las voces más audaces y prestigiosas de la narrativa nacional. Una escritura que combina reflexión intelectual y potencia con búsqueda constante, siempre desde una mirada singular que rehúye los lugares comunes.
Su irrupción en el rubro fue determinante. En 2006 obtuvo el Premio Clarín de Novela por Arte menor, una obra que además alcanzó una notable repercusión editorial y la convirtió en revelación. Años más tarde, en 2013, reafirmaría ese reconocimiento con Las poseídas al recibir el Premio Tusquets de Novela, ya con una carrera signada por la exploración y el desafío de las convenciones humanas.
Autora de títulos resonantes como El amor es una catástrofe natural, Cómo convertirse en nadie y La obligación de ser genial, ahora sorprende con Un amor sin futuro, donde deja descansar su pluma insurrecta para detenerse en el amor. Ese sentimiento que puede sonar simple, pero que bajo su óptica se vuelve desafiante, irreverente y apasionante.
Doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh, González también despliega una intensa actividad académica. Enseña escritura y comunicación en la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de las Artes y la Universidad Nacional de Tres de Febrero, donde forma nuevas generaciones de escritores y lectores.
OBSESIONES
-’Un amor sin futuro’ pareciera ser una confesión de vida.
-No es autobiográfico. Nació de varias obsesiones que fui acumulando durante años. Siempre pensé que escribir una historia de amor era uno de los desafíos más difíciles porque parece que ya está todo dicho y es muy fácil caer en lo obvio. Sin embargo, también empecé a pensar que cada generación necesita sus propias historias de amor, relatos capaces de expresar las emociones, los conflictos y las limitaciones de su tiempo. A eso se sumó mi interés por las relaciones con diferencia de edad y la sensación de que había un vacío en la literatura latinoamericana respecto de esos vínculos narrados sin prejuicios ni morbosidad.
-Una novela políticamente incorrecta, según una mirada conservadora.
-Sí. Me molestaba ver que muchas historias sobre mujeres mayores vinculadas con hombres más jóvenes terminaban siendo relatos sórdidos, construidos desde la sospecha o el interés oculto. Había leído novelas y visto películas donde parecía imposible imaginar una relación basada simplemente en el amor. Eso me resultaba llamativo porque la literatura está llena de hombres mayores enamorados de mujeres jóvenes, pero el movimiento inverso casi no aparece. Quise explorar ese territorio desde otro lugar y preguntarme por qué ciertas experiencias siguen siendo vistas como excepciones cuando forman parte de la vida cotidiana de muchas personas.
-¿Cuál fue el disparador?
-Una entrevista que le hicieron a Elena Ferrante donde declaraba que la felicidad era imposible de contar literariamente. Esa idea me produjo una mezcla de fascinación y rebeldía. Empecé a pensar que quizás el problema no era la felicidad sino la manera en que solemos narrarla. Muchas novelas de amor cuentan la ruptura, la traición o la rutina, pero muy pocas se concentran en ese instante extraordinario en que alguien aparece y modifica nuestra percepción del mundo. Ahí encontré el corazón de la novela. Narrar el enamoramiento como una experiencia transformadora, sin necesidad de que el foco estuviera puesto en la caída posterior.

IDEAS Y ATRACCION
-La protagonista comparte algunos rasgos suyos. Es profesora, escritora y su mundo gira en torno a la literatura.
-Porque necesitaba personajes para quienes las ideas y el lenguaje fueran tan importantes como la atracción física. Me interesaba que el vínculo se construyera también a través de conversaciones, lecturas y formas de mirar el mundo. Darle a la protagonista una profesión cercana a la mía facilitaba ese trabajo. Además, me permitía incorporar una reflexión sobre las distintas generaciones y sobre una época en la que muchos jóvenes sienten que nacieron para asistir a una especie de fin del mundo. Esa tensión entre experiencias, expectativas y valores también forma parte de la historia.
-Sus libros tienen títulos muy contundentes, como si no hiciera falta leerlos: ‘Cómo convertirse en nadie’, ‘La obligación de ser genial’, ‘El amor es una catástrofe natural’ y ahora ‘Un amor sin futuro’.
-Creo que tengo cierta facilidad para encontrar títulos. Cuando era más joven me resultaban demasiado rotundos y tendía a moderarlos. Con los años entendí que forman parte de mi voz como escritora. No suelo decidirlos al principio ni al final de un proyecto. Aparecen cuando el libro encuentra su tono y empieza a consolidarse. Es como si la misma energía que organiza la narración terminara condensándose en una frase capaz de expresar su núcleo más profundo.
-La estructura de esta novela también es singular, con fragmentos breves y una fuerte presencia ensayística.
-Nunca parto de una estructura prefijada. Cada libro me exige descubrir una forma nueva y eso es parte del placer de escribir. Venía de publicar ensayos y hacía bastante tiempo que no trabajaba en una novela, por lo que la voz fue absorbiendo naturalmente elementos de ambos registros. Me interesa pensar que la literatura es, ante todo, una cuestión formal. Historias de amor existen miles, lo que vuelve singular a una obra es la manera en que esa historia se cuenta. Por eso prefiero explorar antes que repetir fórmulas conocidas. Después se ve si queda una novela, un ensayo o un cuento.
-En una entrevista, ante la pregunta sobre sus premios, dice aceptarlos pero como queriéndose sacar la respuesta de encima. ¿Le incomoda el reconocimiento?
-El Premio Clarín llegó por mi primer libro Arte menor, y fue un acontecimiento enorme. De golpe tuve una exposición pública inesperada, miles de lectores; José Saramago, Premio Nobel, hablando de mí, que nunca había publicado nada. También Rosa Montero halagándome. No estaba preparada para tanta presión. Atravesé momentos de mucha angustia porque sentía que debía demostrar permanentemente que merecía ese reconocimiento. Con el tiempo aprendí a verlo con gratitud. El Premio Tusquets que obtuve por Las poseídas, en cambio, llegó cuando ya tenía más recorrido y pude disfrutarlo de otra manera, con más serenidad.
INCOMODIDAD
-En sus ensayos habla de la incomodidad que le produce la exposición pública. ¿Le sigue incomodando dar entrevistas?
-Sí, aunque aprendí a convivir con ella. Soy una persona que disfruta más de la lectura y la escritura que de la visibilidad. Durante años me costó mucho dar entrevistas porque asociaba esa exposición con experiencias difíciles. Hoy entiendo que forma parte del trabajo y valoro profundamente el periodismo cultural cuando hay lectura y curiosidad genuina detrás de una conversación. Lo que me sigue resultando complicado es la lógica de las redes sociales, donde muchas veces prevalece la reacción inmediata y desaparece el espacio para la reflexión.
-Cuando uno recorre su extensa obra, encuentra un dato que pareciera estar equivocado, pero es así, un cuento para una antología dedicada al club Boca Juniors.
-Sí, es un cuento mío. No es una homónima. Pasó que me convocaron para escribir un relato y acepté porque me gustan los desafíos que me obligan a salir de mis temas habituales. El cuento nació de largas conversaciones con un tío muy hincha de Boca, y gira alrededor de un personaje convencido de que le trae mala suerte a su equipo. Me interesaba explorar la pasión futbolera desde una perspectiva literaria. Aunque no soy una persona que siga el fútbol de manera intensa, tengo simpatía por Boca y me pareció una oportunidad perfecta para contar una historia completamente diferente a las que suelo escribir.
