Los casi trece trillones de inflación que sufrieron los argentinos desde la creación del Banco Central en 1935 hasta hoy, hablan por sí solos del poder destructivo del peso. Sin embargo, con ser un costo colosal, no ha sido el único.
La existencia del peso permitió a Duhalde pesificar en 2002 y robar a millones de ahorristas. La existencia del peso implica que hay un tipo de cambio, cuya volatilidad sigue siendo una fuente de incertidumbre, que debilita el crédito, el ahorro y la inversión. La existencia del peso fue una herramienta que convirtió a los argentinos, en muchos momentos de la historia reciente, en rehenes en lugar de ciudadanos, con sus libertades amputadas.
La pregunta surge como una obviedad: si ha causado tanto daño, ¿por qué no lo eliminamos de nuestras vidas para siempre? ¿Para qué queremos mantener algo que nos hizo vivir una vida peor de la que podríamos haber tenido con una moneda estable? Si ahorramos, pensamos y calculamos en dólares, si ya los tenemos en el colchón, ¿por qué no usarlos abiertamente?
Más allá de cuestiones técnicas, el debate entre “dolarizadores” (entre los cuales me incluyo) y “no dolarizadores” se resume en un punto: estos últimos creen que, dado el prontuario de la Argentina, sus débiles instituciones y la falta de apego que históricamente se ha tenido por el cumplimiento de la ley, un socialista (no entiendo qué significa “populista”) podría venir y revertirla. Entonces, dado que se podría borrar el peso y luego volver a imponerlo (“repesificar”), piensan que no vale la pena intentarlo.
Creo que se equivocan. Porque, aunque sabemos que en Argentina puede pasar cualquier cosa, la dolarización es lo más irreversible que se puede imaginar en una democracia. Mucho más si se implementara con un Tratado monetario con Estados Unidos, ratificado por el Congreso, que fijara una cláusula de vigencia mínima.
EXPERIENCIA INTERNACIONAL
No es solo una hipótesis; la experiencia internacional nos avala. Ecuador dolarizó en 2000 en medio de una profunda crisis. El socialista “del Siglo XXI”, Rafael Correa, que gobernó el país entre 2007 y 2017, intentó revertirla. Pero no pudo ni siquiera con un altísimo nivel de popularidad y capital político.
La dolarización, una vez puesta en marcha, tendría en cada argentino a un defensor: una vez que la gente cobre su salario en dólares, se olvide de preguntar cuánto vale el dólar y vea que la inflación y las tasas de interés de los préstamos se desploman, no aceptará pasivamente que un “nuevo Duhalde” le diga que volvemos a un peso de nueva creación.
No haría falta una rebelión popular: ese nuevo Duhalde sería un político que no se atrevería a arriesgar su capital político. Eduardo Duhalde, en cambio, pesificó impunemente porque los depósitos dolarizados pertenecían a una franja de la población que muy probablemente no lo iba a votar nunca.
En todo caso, el debate enfrenta una hipótesis (la dolarización es reversible) con una realidad constatable (el colapso de la inflación, entre otras). ¿Y si la hipótesis fuera incorrecta?
Así como hay diversas recetas para las empanadas (con carne picada o cortada a cuchillo, con o sin pasas de uva, con o sin huevo, con o sin papas, etc.), hay muchas formas de dolarizar. Todas las objeciones (falta de dólares para canjear toda la base monetaria el primer día, falta de prestamista de última instancia, pérdida de señoreaje, etc.) son debatibles y rebatibles.
Lo único que es imprescindible es la decisión política del presidente. Una decisión (¿archivada para siempre, postergada hasta tener más fuerza en el Congreso?) que ahora encuentra un contexto geopolítico inmejorable, tanto por las excelentes relaciones con Estados Unidos como por su necesidad de fortalecer su presencia en la región.
