Por Andrés Caviglia y Hernán Marty
Según la Real Academia Española, un fenómeno es un suceso que puede explicarse desde la ciencia, como algo estudiable y comprobable, o desde la filosofía, como aquello que se percibe a través de una experiencia sensible.
Un club de fútbol no suele ser eso. Pero Estudiantes… el corajudo Club Estudiantes de La Plata tiene algo más.
Un plus que muchos otros no.
A los pinchas nos gusta esa ambivalencia en la que la historia del club nos envuelve: amor, deseo, creencias, voluntades y una profunda lealtad a la tradición de no sentirse menos que nadie cuando llegan los momentos decisivos.
Sería deshonesto afirmar que Estudiantes jamás pierde la injuria, la prepotencia deportiva. Por supuesto que lo hace, lo hizo y lo seguirá haciendo.
Las estadísticas lo señalan como el equipo profesional con más partidos perdidos desde que el fútbol es fútbol.
Ese dato, irrefutable y contundente, no hace más que iluminar una teoría sobre la no siempre bien ponderada Escuela: Estudiantes no se achica en las malas.
Cuanto más grande es el rival, más grande se vuelve Estudiantes.
Lo supo Manchester en 1968. Lo supo Barcelona en 2009.
El Manchester United de 1968 era el campeón de Europa. Tenía a Bobby Charlton, George Best y Denis Law. Pero Estudiantes fue a Old Trafford y, con un cabezazo de Juan Ramón Verón, se convirtió en el único club argentino que conquistó el título mundial en suelo inglés.
La hazaña fue tan grande que hasta el museo del gigante derrotado conserva una camiseta de aquel Estudiantes y un banderín con la imagen de la Bruja. Hay victorias que ni siquiera los vencidos pueden olvidar.
Aquel Barcelona de Guardiola, Xavi, Iniesta y Messi, considerado por muchos el mejor equipo de todos los tiempos, estuvo contra las cuerdas durante casi 88 minutos. Estudiantes le ganaba una final del mundo con un cabezazo de Mauro Boselli y una obstinación que no figuraba en ningún pronóstico.
Hasta que apareció Pedro. Y después Messi, en el suplementario, para terminar con el sueño de otra hazaña.
Estudiantes perdió aquella final. Pero durante casi todo el partido obligó al mejor equipo del planeta a preguntarse cómo demonios podía derrotarlo.
El León dejó a ambos con la mirada fija, la mandíbula vencida y la marca de sus ambiciosas garras.
No importa en qué momento de la historia ocurran los hechos: ante situaciones así, algo sucede.
Algo que se inculcó desde que se formalizó su separación de Gimnasia. Estudiantes nació para ser un club de fútbol.
Su himno declara principios. No solo invita a levantarse cuantas veces sea necesario; también llama a avanzar “con ánimo tenso, alta la frente y tajado el pecho”.
Lo hicieron los Profesores. Lo hicieron los muchachos de Ignomiriello y, después, los hombres de Zubeldía, Bilardo, Manera, Simeone, Sabella y Domínguez. Ahora buscan continuar esa huella épica los bravos muchachitos de Medina.
Estudiantes es el chico que creció demasiado.
Una vez que entró en la conversación, descubrió que le gustaba ser el centro de atención. Allí se siente cómodo y se hace fuerte.
Cuanto más le apuntan, más se agranda.
La soberbia le queda pintada porque sabe que nació en la humildad. A este club no van a explicarle lo que significa venir de abajo y, mucho menos, lo que se siente ser David frente a los Goliats de turno.
La lista de gigantes caídos tiene sedes en todo el continente.
Por donde pasó el León, corrió sangre.
Pero no todas las batallas se libraron dentro de una cancha ni todas terminaron con una vuelta olímpica.
En 1953, Estudiantes conoció el descenso después de enfrentarse al poder político del gobierno de Juan Domingo Perón. La intervención del club, el desmantelamiento de su plantel y las consecuencias deportivas de aquella disputa dejaron una herida que todavía forma parte de su memoria.
Pero sería un error confundir aquella resistencia con una declaración de antiperonismo. Estudiantes no se rebeló contra una identidad política, sino contra un poder que pretendía doblegarlo. No fue una cuestión de ideología, sino de autonomía. Porque su rebeldía nunca necesitó preguntar quién gobernaba para decidir cuándo debía plantarse.
En 1994 volvió a caer. Esta vez no hubo un gobierno al que enfrentar ni una intervención que explicara el desastre. Hubo dirigentes que administraron mal y jugadores que no pudieron evitarlo.
Dos descensos. Dos historias distintas. Una misma obligación: levantarse.
Tampoco se caracterizó por ser el mejor de los perdedores. Pero de perder, ya lo dijimos, sabe como pocos.
Carlos Bilardo lo recordaba en su programa de radio cuando enumeraba la lista de subcampeonatos que acumuló como jugador y entrenador.
Solo preparaba el terreno para explicar los logros que vendrían después.
Los cíclicos: los que nos contaron ayer y vimos más tarde; los que contamos nosotros y ahora ven los más chicos.
Entre quienes crecieron escuchando esas historias hubo uno que decidió no conformarse con repetirlas.
Juan Sebastián Verón no inventó la rebeldía de Estudiantes: la heredó.
De su padre, Juan Ramón, recibió mucho más que un apellido. También una manera de jugar al fútbol que lo llevó a estar a la altura de quien muchos consideraron el mejor jugador de la historia del club.
Pero hubo otra herencia, sin parentesco ni sangre: la de Mariano Mangano, el presidente que se atrevió a soñar con un Estudiantes campeón de América cuando semejante pretensión parecía una insolencia. Mangano dejó la vida por el club. No se conformó con ganar tres Libertadores consecutivas: también construyó el Country Club.
Verón recogió ambas banderas: la gloria deportiva y la construcción institucional. Volvió para ganar, ganó y luego se propuso dejar algo que sobreviviera a sus triunfos.
Mangano construyó el Country. Verón reconstruyó UNO.
Dos hombres, dos épocas y una misma convicción: para desafiar a los gigantes no basta con tener buenos jugadores. También hay que construir un club a la altura de los sueños.
Y aquella vieja costumbre de plantarse frente al poder volvió a encontrar un escenario.
Esta vez no fue la Casa Rosada. Fue la AFA.
El enfrentamiento con Claudio Tapia tuvo su imagen más elocuente en Rosario, cuando los jugadores de Estudiantes formaron el pasillo para recibir a Central, proclamado campeón por una decisión de la conducción del fútbol argentino.
Cumplieron con el pasillo. Pero le dieron la espalda.
Once jugadores, un gesto y una institución que decidió expresar su desacuerdo sin pronunciar una sola palabra.
Después vino el partido. Estudiantes ganó. Pero esa victoria no bastó para respaldar la afrenta: el Pincha siguió adelante y levantó la copa en la casa de quien lo tenía en la mira.
Hay algo profundamente pincha en esa escena. La rebeldía no alcanzaba con declararla. Había que salir a jugar.
Porque el “solo contra todos” no es una pose ensayada para las fotografías. Es una forma de entender la competencia. A veces termina en gloria; otras, en derrota. Y en ocasiones obliga a pagar un precio.
Verón no es el comienzo de esa historia y, con suerte, tampoco será su final. Es uno de sus capítulos más recientes: el de un hombre que recibió una tradición y entendió que no bastaba con conservarla. Había que darle futuro.
Eso también es Estudiantes: una enorme familia convencida de que puede alcanzar aquello que a otros les entumece el cuerpo con solo imaginarlo.
Una familia en la que los abuelos cuentan las hazañas que los padres escucharon de chicos y los hijos empiezan a contar las propias.
Porque si algo consiguió Estudiantes a lo largo de su historia fue que ninguna generación tuviera que conformarse con vivir de los recuerdos de otra.
