El rincón del historiador

El coraje del pueblo español y la vileza de Fernando VII

Por Julio C. Borda *

El gran objetivo de Napoleón, luego de haber conquistado gran parte de Europa  era el de apoderarse de España; su prestigio, su poder y sus campañas militares así se lo exigían. No iba a permitir que un cuarteto  tan ineficaz y poco apegado al suelo español como Carlos IV, María Luisa, Fernando VII y Manuel Godoy, quienes eran los que en ese momento estaban al mando de la Península,  arruinaran sus planes de ocupación. Por lo tanto decidió arrastrarlos a una emboscada  con el fin de tomarlos prisioneros.

La cuestión es que Napoleón cita a los cuatro funcionarios para reunirse en la localidad francesa de Bayona. Allí, mediante engaños y todo tipo de presiones conminó al rey Fernando VII a que abdicara en favor de

Carlos, su padre, y éste a su vez a que renunciara al trono español y a su dominio en los territorios del Nuevo Mundo; Carlos aceptó pero con dos condiciones: que se respetara la religión católica como así también la unidad de España, lo que fue aceptado por Napoleón ya que  le ofrecían la monarquía española en bandeja de plata. El reino  le fue otorgado al hermano del Emperador, José Bonaparte -también conocido como Pepe Botella por su afición a las bebidas alcohólicas-  quien recibió la Corona española, bajo el nombre de José I.

 

DOLORES DE CABEZA

A partir de ese acontecimiento, Napoleón iba a sufrir grandes dolores de cabeza, pues no tenía en cuenta la reacción que podría tener el pueblo de Madrid ante su prepotente conducta. Creía que el nuevo rey iba a ser aceptado sin resistencia alguna… ¡pero cuánto se equivocaba!

Es que al decir de Vicente Massot: “el Emperador confundió las miserias de la monarquía con el pueblo y se echó encima un enemigo infinitamente más temible que el conjunto de testas coronadas a las que había enfrentado con éxito. Cuando parecía que el Corso, a un precio ínfimo se había salido con la suya, se levantó Madrid y tras suyo buena parte de la península por distintos motivos: en general la reacción fue en defensa de Fernando, cuyo apodo ´el Deseado´ daba cuenta de las preferencias de miles de súbditos, ignorantes del servilismo y cobardía que ha demostrado en Bayona”.

Los soldados franceses, confiados en la indiferencia y poco apego de los madrileños para defender sus derechos, se paseaban por las calles de la ciudad haciendo alarde de su poder y de la posibilidad  de desfilar sin problema alguno. Pero esas actitudes fueron tomadas por la población madrileña como una gran ofensa y humillación que no la podían dejar pasar.

Al respecto, el investigador De la Cierva sostuvo: “Madrid estaba cargado de rencores contenidos; solo se necesitaba una chispa para la explosión… y ese día estaba próximo a llegar, pues el pueblo español no soportaría ya más abusos por parte de los franceses, por lo que todo estaba presto para que Madrid se rebelara al poder  de Napoleón quien se sorprendió del espíritu guerrero y valeroso de sus pobladores”.

Esta subestimación le costó caro al gran corso, que enseguida se dio  cuenta que el pueblo -la nobleza, el clero, como así también las  clases media y baja- nada tenía que ver con las defecciones  y cobardía de la clase dirigente.

Por tal razón, el 2 de mayo de 1808, se dará curso a una de las etapas más trascendentes de la historia de España, pues  esa fecha será el comienzo de la llamada guerra de la Independencia -a pesar de que algunos autores estiman que no es el nombre correcto pues España ya era independiente- que durará seis años, es decir de 1808 hasta 1814.

 

EL DIA SEÑALADO

El día señalado, ante la situación que se estaba produciendo en donde las tropas francesas que estaban a cargo del mariscal Murat se instalaban en Madrid para trasladar forzosamente a Bayona a los infantes de la Casa real que se encontraban en la capital española, el  pueblo se sublevó,  por lo que la guerra era inminente.

Los jefes de dicho levantamiento fueron algunos de los militares que habían organizado el motín de Aranjuez, tales como los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde que murieron durante la contienda, y quienes se encargaron de entregar  al pueblo armas del Parque de Artillería y sacar además tres cañones para resistir los embates galos y evitar  así, que los infantes fueran llevados por los soldados franceses  quienes comenzaron a bombardear a la multitud. La gente, furiosa, empezó a atacar a los franceses con todos los elementos  con que contaban tales como palos, cuchillos, navajas y hasta agujas.

Un hombre que se convirtió en líder, Pedro Malasaña, fue el que incitaba a los madrileños a pelear hasta la muerte. La lucha no tuvo tregua alguna; Malasaña luego de una brutal resistencia se refugió en su casa defendiéndose con un enorme valor, hasta que fue muerto junto con su mujer y su hijo. La represión francesa fue salvaje, pues los soldados que respondían a Murat procedían sin piedad alguna al asesinar españoles en calles y esquinas, ya fueran combatientes o gente sin ánimo de lucha. Los prisioneros, sin ser oídos, eran llevados al Paseo del Prado o del Retiro y sin ningún motivo se los ataba de dos en dos de los codos, para su posterior fusilamiento.

Murat había violado todo principio que se debe resguardar aun en la guerra. Murat fue insensible, cruel, perverso. Hasta daba la impresión de gozar con el sufrimiento de los españoles; esa conducta abusiva, de ninguna manera amilanó a los españoles sino que por el contrario, los alentó a proseguir con esa guerra que para ellos era a todo o nada; el destino de España estaba en juego. Nadie, ni siquiera Napoleón, iba a doblegar a esos hijos de España, que no iban a permitir que la unidad hispana y la fe en Cristo se esfumaran de ese territorio tan apegado a las costumbres y  tradiciones heredadas de sus ancestros.

Señala De la Cierva: “el pueblo se convierte, por primera vez para la historia de España, en protagonista; y ante la invasión se alza unido en todos los confines de la Patria, con sentido nacional inequívoco, décadas antes de que la Europa romántica inventara los nacionalismos”.

Las muertes padecidas por los ciudadanos de Madrid, eran muchas; hasta parecía que la resistencia había sido vencida. Sin embargo, el 23 de mayo empezaron a organizarse en varias ciudades españolas las Juntas patrióticas, creándose en septiembre de 1808 la Junta Central Soberana, y el 30 de ese mes la sublevación que había nacido en Madrid, se extendió a La Coruña en donde se tomó el depósito de armas y se constituyó la Junta Suprema de Galicia.

A pesar de que la rebelión fue producida porque los españoles pensaban que Napoleón tenía secuestrado a Fernando VII, tal pensamiento fue un error pues la familia real se encontraba como invitada del Emperador. La bajeza moral de Fernando fue tal, que incluso felicitó por escrito a Napoleón por sus triunfos en España y le solicitó que lo adoptase como hijo, y así se lo hace saber en una carta dirigida al emperador, como veremos: “Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S.M. el emperador nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S.M. como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos”.

La conducta de Fernando VII fue de una repugnancia atroz; la traición hacia ese pueblo corajudo y aguerrido, fue despreciable.

* Historiador.