El colapso del diagnóstico del TEA: cuando el modelo pierde precisión

En los últimos años, el aumento de diagnósticos dentro del espectro autista ha generado un debate que ya no puede ser evitado. No se trata de negar la existencia del autismo ni de minimizar la importancia de una detección temprana, sino de preguntarnos si el modelo diagnóstico actual está empezando a perder precisión.
El crecimiento de la prevalencia es innegable. Parte de este aumento se explica por una mayor conciencia, mejores herramientas de detección y una ampliación de los criterios diagnósticos. Sin embargo, también han comenzado a aparecer señales de alerta dentro de la propia comunidad científica. Investigadoras históricas en el campo, como Uta Frith, han señalado que el concepto de espectro se ha expandido hasta incluir perfiles muy heterogéneos. Esta ampliación, si bien permitió visibilizar muchos casos antes ignorados, también plantea el riesgo de diluir la especificidad del diagnóstico.
El problema no es el diagnóstico en sí, sino cómo se construye. En la práctica clínica cotidiana, cada vez es más frecuente encontrar niños que reciben una etiqueta diagnóstica basada principalmente en la observación conductual, sin una evaluación integral del desarrollo y, especialmente, sin un enfoque orgánico adecuado. Aquí aparece uno de los puntos más críticos del modelo actual: la desconexión entre la conducta y la biología.
Conductas como dificultades en la atención, alteraciones del lenguaje, irritabilidad, trastornos del sueño, selectividad alimentaria o dificultades sociales pueden tener múltiples causas. Sin embargo, en un sistema saturado, estas manifestaciones tienden a agruparse rápidamente bajo un mismo rótulo, sin explorar qué las está generando.
Este fenómeno genera lo que podría denominarse un “colapso diagnóstico”: cuando un modelo deja de discriminar con precisión y comienza a absorber perfiles diversos bajo una misma categoría. Pero el problema no termina ahí. Cuando el diagnóstico se construye sin una base orgánica, también lo hacen las intervenciones. Se diseñan tratamientos centrados exclusivamente en la conducta, mientras se omiten variables fundamentales como el estado nutricional, la salud gastrointestinal, los déficits de micronutrientes, los trastornos del sueño, las alteraciones metabólicas o incluso condiciones neurológicas de base.
Un niño que duerme mal, que presenta deficiencias nutricionales o que tiene un proceso inflamatorio crónico no va a responder de la misma manera a una intervención conductual. Pretender modificar la conducta sin intervenir sobre estas variables es, en muchos casos, clínicamente insuficiente. Este punto es central: el enfoque orgánico no es un complemento, es parte del diagnóstico.
Sin embargo, en la práctica, suele ser lo primero que se omite. A esto se suma un factor contemporáneo que no puede ser ignorado: el impacto de las redes sociales. Plataformas como TikTok e Instagram han instalado una narrativa simplificada del autismo, donde listas de conductas cotidianas se presentan como criterios diagnósticos. Esto genera confusión en las familias y presión sobre los profesionales, favoreciendo diagnósticos rápidos y poco profundos.
El resultado es una sobrecarga del sistema terapéutico y una frustración creciente en las familias. Padres que invierten tiempo, dinero y energía en múltiples intervenciones sin ver los resultados esperados. No porque las terapias no sirvan, sino porque el diagnóstico de base puede estar incompleto.
Recuperar la precisión diagnóstica implica volver a un modelo verdaderamente integral. Esto incluye evaluar el desarrollo en profundidad, realizar diagnósticos diferenciales rigurosos y, fundamentalmente, incorporar el enfoque orgánico como eje central del proceso clínico. Implica preguntar qué está pasando en ese cuerpo, no solo qué conducta se observa.
Implica entender que el cerebro no funciona aislado, sino en interacción constante con el estado biológico general del niño. No todo es autismo. Y decir esto no es retroceder, sino avanzar hacia una medicina más precisa.
El desafío actual no es diagnosticar más, sino diagnosticar mejor. Porque cuando el diagnóstico pierde precisión, también la pierde el tratamiento.
Y en ese punto, el riesgo ya no es solo teórico. Es clínico.

Dra. Florencia Sanabria.
Médica especialista en Neuro Desarrollo para Niños y Adolescentes