El ciudadano domado
Por Jorge Giorno *
La derrota más perfecta de una sociedad no ocurre cuando pierde una guerra, una elección o una riqueza. Ocurre cuando pierde la capacidad de imaginar que podría vivir de otra manera, cuando acepta como natural aquello que alguna vez hubiera considerado intolerable y confunde prudencia con miedo, estabilidad con resignación y realismo con renuncia.
Entonces aparece el ciudadano domado. No hace falta encerrarlo, perseguirlo ni prohibirle hablar. Puede votar, protestar y repetir diariamente su indignación, pero ha incorporado un límite mucho más eficaz que cualquier censura: está convencido de que nada verdaderamente diferente puede ocurrir. Esa es una de las formas contemporáneas de colonización cultural.
Colonizar no consiste solamente en ocupar un territorio. También puede significar ocupar el horizonte de posibilidades de una comunidad, determinar qué puede pensar, qué puede desear y, sobre todo, qué debe considerar imposible. Se acostumbra al ciudadano a elegir dentro de un menú previamente establecido, se construyen falsas dicotomías y se le dice que existen solamente dos caminos, dos modelos o dos relatos. Se lo obliga así a decidir entre aquello que rechaza y aquello que teme. La operación consiste en transformar la pluralidad de la política en una elección binaria, cuando la realidad humana nunca lo es. Entre dos extremos existe siempre un universo de posibilidades, ideas, talentos y proyectos capaces de construir caminos diferentes.
COLONIZACION CULTURAL
La colonización cultural necesita desacreditar todo aquello que todavía no controla. Lo nuevo será presentado como ingenuo; lo audaz, como irresponsable; lo diferente, como imposible. El ciudadano termina entonces defendiendo aquello que critica porque teme aquello que desconoce.
La Argentina conoce demasiado bien este mecanismo. Durante décadas naturalizamos crisis recurrentes, degradación institucional, privilegios políticos, pobreza persistente, deterioro educativo y pérdida de ejemplaridad pública. Nos indignamos, pero volvemos; protestamos, pero repetimos; reclamamos cambios, pero muchas veces elegimos dentro de las mismas fronteras mentales que produjeron aquello que queremos modificar. Tal vez nuestra crisis más profunda sea haber aceptado que no existen alternativas.
TENER CORAJE
Recuperarlas exige algo que la política contemporánea parece haber olvidado: coraje. Los comportamientos colonizados se vencen con comportamientos heroicos porque el heroísmo introduce aquello que ningún sistema puede administrar fácilmente: lo imprevisible. Pero heroísmo no significa violencia, mesianismo ni irresponsabilidad. Significa decidir cuándo resulta más cómodo permanecer inmóvil, sostener una convicción cuando conviene callar y abandonar certezas agotadas para construir posibilidades nuevas. Belgrano, San Martín, Moreno, Güemes o Monteagudo no administraron simplemente lo posible: ampliaron lo posible.
Nuestra crisis tampoco encontrará respuesta únicamente en una fórmula económica. El deterioro argentino es también moral, institucional y cultural. No alcanza con ordenar cuentas si continuamos reproduciendo ciudadanos resignados, dirigentes previsibles y una política incapaz de imaginar algo distinto. Necesitamos dejar de preguntarnos cuál de las opciones disponibles debemos elegir y comenzar a preguntarnos qué opción todavía inexistente somos capaces de construir.
Tal vez allí comience la verdadera revolución pendiente: en un ciudadano que deja de obedecer culturalmente, abandona el miedo, recupera su capacidad de decidir y comprende que ninguna decadencia es irreversible mientras exista voluntad de desafiarla. Porque el poder puede administrar la resignación, negociar intereses y anticipar conductas. Lo que no puede administrar fácilmente es el coraje.
Y cuando una sociedad deja de comportarse como esperan quienes aprendieron a dominarla, deja también de ser una sociedad domada: vuelve a ser peligrosa para la decadencia y libre para construir su futuro.
* Exdiputado en la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, diputado en el Parlamento Mundial y presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).
